Anagrama. Barcelona, 2026. 312 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 11,99 €.
Por Teresa SánchezHay historias familiares que no se cuentan porque duelen, otras porque nadie pregunta por ellas y algunas porque, quienes las vivieron, nunca pudieron convertirlas en relatos. La herida abierta de Brigitte Vasallo es un relato que se adentra en esos silencios heredados a la vez que hace una crítica de una de las narraciones más aplaudidas de la España contemporánea: la del progreso económico visto como una conquista indiscutible.
La obra no pretende hacer una crítica o una descripción aislada de un tiempo y un modo de vivir. Más bien nace de algo más profundo, de una búsqueda mucho más íntima. El intento de la autora de reconstruir la historia de su madre, una mujer gallega que emigró a Paris para trabajar como empleada del hogar. Para recuperar aquella historia, la autora escribe a Gilles Charmat, el niño al que su madre cuidó durante años. Sin embargo, la respuesta nunca llega. Ese silencio, lejos de ser un simple episodio anecdótico, adquiere un significado más profundo: pone de manifiesto la dificultad de reconstruir una vida cuando los recuerdos han quedado en manos de las personas que la vivieron desde posiciones muy diferentes. Lo que para unos pudo ser algo cotidiano, para otros pudo constituir una parte esencial de su existencia.
A partir de ese momento, la reflexión de la autora da un giro que trasciende lo autobiográfico para centrarse en las comunidades campesinas desmanteladas durante las transformaciones económicas del siglo pasado, hacia todas aquellas personas que abandonaron sus territorios y hacia esas generaciones que crecieron en mundos distintos, sin pertenecer, en el fondo, a ninguno de ellos.
Uno de los aspectos más acertados del relato de Vasallo es que nos permite cuestionar las palabras con las que hemos interpretado nuestro pasado. De este modo, cabría preguntarse si podemos llamar «milagro económico» a un proceso que obligó a tantas personas a abandonar sus casas, su tierra y su forma de vivir o quién decide qué pérdidas merecen ser recordadas y cuáles deben aceptarse como peaje inevitable de la modernización.
En ningún sentido la autora propone una idealización del mundo rural. Su objetivo es mucho más complejo: mostrar el campo como un escenario alejado de lo pintoresco y más cercano al conocimiento, la pertenencia y la resistencia. Una manera de recuperar la dignidad de un modo de vivir y una relación de comunidad que fueron despreciadas en nombre de una superioridad urbana.
También resulta, especialmente sugerente, la reivindicación de Vasallo de la identidad txarnega, entendida desde la mezcla y la incapacidad de encajar en categorías estanco. Frente a las identidades construidas sobre raíces inamovibles, la autora reivindica la experiencia de quienes ha heredado una fractura y la pertenencia deja de ser una certeza para convertirse en una pregunta abierta. «La inmigración txarnega, como la terrone en Italia, somos extranjeros a veces, y somos nativos, ciudadanos endógenos otras veces, según la idea que tengamos de la frontera de quien nos nombre. Y esa cacofonía es nuestra existencia» (pág. 256), explica Vasallo.
Vista desde una perspectiva formal, la obra no resiste las convenciones del ensayo académico. Más bien, combina memoria personal, reflexión política, correspondencia y ecos de la tradición oral. Una escritura fragmentaria que exige cierta paciencia por parte del lector pero que responde a una apuesta literaria muy interesante: contar una historia rota sin fingir que sus piezas encajan perfectamente. En tiempos como los que vivimos en los que la memoria suele reducirse a conmemoraciones o discursos oficiales, la autora nos recuerda que existe otra historia que vive en los acentos, los oficios y también en los silencios.
En conclusión, La fosa abierta no busca cerrar heridas mediante una interpretación buenista o simplista de la realidad, sino que, al contrario, intenta mantenerlas visibles. Porque, quizás, recordar no sea tanto un intento de recuperar aquello que desapareció sino una forma de comprender qué vidas, qué lugares y qué maneras de existir quedaron atrás para construir lo que después hemos llamado progreso.