Blink of an Eye (En un abrir y cerrar de ojos), de Medhi Walerski, abrió el segundo programa con una coreografía construida sobre la música de Johann Sebastian Bach, en la que la relación entre luz, movimiento y percepción visual adquirió especial protagonismo, sobre todo en la segunda parte de la pieza, cuando la penumbra inicial dio paso a una iluminación más intensa, bajo la cual las distintas tonalidades de la piel, desde los matices amielados hasta los cobrizos y bronceados, adquirieron una cálida luminosidad en contraste con la sobriedad del vestuario.
Tras esta primera propuesta, Song of the Anchorite (Canto del anacoreta), creación de Jamar Roberts (inspirada en Hermit Songs, de Alvin Ailey), introdujo una atmósfera de recogimiento e introspección sobre una interpretación jazzística del Adagio assai del Concierto para piano en sol mayor de Maurice Ravel. El solo, interpretado por un magnífico Yannick Lebrun, permitió apreciar las extraordinarias facultades técnicas y expresivas de un bailarín de poderosa musculatura y depurada formación clásica, cuyo dominio corporal enriqueció un lenguaje coreográfico que, sin resultar particularmente novedoso, incorporaba las características extensiones y flexiones de brazos y piernas propias del universo de Ailey, en una composición que fue adquiriendo diferentes dimensiones plásticas a lo largo de su desarrollo.
La verdadera joya del segundo programa llegó con Many Angels, creación de Lar Lubovitch sobre el célebre Adagietto de la Quinta sinfonía de Gustav Mahler, una coreografía de deslumbrante belleza plástica en la que cada movimiento parecía dar lugar a un nuevo cuadro pictórico. Sobre un fondo de nubes fastuosas, de volúmenes exuberantes y una exquisita gradación de blancos y grises, que la iluminación teñía alternativamente de matices azulados, ocres y pardos, los cinco bailarines, envueltos en vaporosas gasas transparentes de tonalidades nude, componían una sucesión de imágenes de admirable armonía y elegancia. La alternancia entre los dúos, las intervenciones individuales y las formaciones de conjunto, en las que los cuerpos se entrelazaban en figuras de extraordinario equilibrio, daba lugar a una refinada arquitectura escénica, en estrecha correspondencia con el lirismo de la partitura mahleriana.
Merece especial mención la intervención de Jesse Obremski, un bailarín de considerable altura y de inequívocos rasgos asiáticos, incorporado a la compañía en 2024, cuyo lenguaje corporal, de marcada raíz clásica, se distingue por la limpieza de las líneas, que aporta una perspectiva diferente a la riqueza estilística que caracteriza el universo coreográfico de Alvin Ailey.
Muy distinta fue la atmósfera de A Case of You, creación de Judith Jamison, la gran diva de Alvin Ailey y una de las figuras más emblemáticas de la historia de la compañía, que sucedió al coreógrafo en la dirección artística en 1989. Concebida sobre la canción de Joni Mitchell en la interpretación de Diana Krall, la pieza desarrolló un dúo de marcado carácter romántico e intimista, interpretado por Jacquelin Harris y Yannick Lebrun. Se daba, además, una hermosa coincidencia: Harris, una de las solistas más sobresalientes de la compañía actual, había protagonizado en el primer programa Cry, la célebre coreografía creada por Alvin Ailey en 1971 precisamente para Judith Jamison. Su presencia en ambas obras establecía así un vínculo especialmente significativo entre dos generaciones de intérpretes y creadoras que han contribuido a preservar y enriquecer el legado artístico de la formación.
Tras el segundo descanso, la velada concluyó con la conocidísima Revelations, creada por Alvin Ailey en 1960 y convertida en la obra más emblemática de la compañía, inspirada en la tradición de los espirituales negros y en las experiencias religiosas de la infancia del coreógrafo. Su carácter profundamente ritual y litúrgico volvió a manifestarse en Pilgrim of Sorrow, cuya sobriedad escénica, acentuada por el predominio del claroscuro y la profundidad de las voces masculinas, confería a los movimientos una expresividad próxima a la plegaria.
Take Me to the Water introdujo una atmósfera radicalmente distinta y una expresividad vinculada al simbolismo del bautismo y la purificación. En Wade in the Water, interpretada por Hannah Alissa Richardson, Renaldo Maurice y Constance Stamatiou, el vestuario blanco de los bailarines destacaba, luminoso, sobre un fondo azul turquesa, mientras largas bandas de tela en tonalidades azuladas y blanco grisáceas atravesaban el escenario de un extremo a otro y, agitadas discretamente desde los laterales, reproducían las ondulaciones del agua con un efecto de notable belleza teatral. El posterior I Wanna Be Ready, interpretado por Yannick Lebrun, devolvió a la escena una dimensión más introspectiva, vinculada a la preparación espiritual para la muerte y la salvación.
El carácter festivo alcanzó su máxima expresión en Move, Members, Move, cuya escena final, Rocka My Soul in the Bosom of Abraham, desplegó un espectáculo de vivacidad y colorido extraordinarios, que recreaba el ambiente de una reunión dominical de la comunidad afroamericana bajo el intenso calor estival. Lejos de los grandes alardes acrobáticos y de la sinuosidad de otras composiciones, la coreografía encontraba aquí su principal fuerza expresiva en la precisa coordinación del conjunto y el rigor rítmico de sus intérpretes.
La compañía se despidió así del Teatro Real entre los prolongados aplausos de un público que había manifestado reiteradamente su entusiasmo durante todas las jornadas, poniendo el broche a una visita marcada por el rotundo éxito de sus dos programas.