Opinión

¡Yo lo arreglo!

TRIBUNA

Fernando Maura | Lunes 19 de octubre de 2026

En la vida corriente y moliente de las familias y las empresas los problemas que les acontecen constituyen un reto que se debe enfrentar y solucionar. El “yo lo arreglo” es entonces pan de todos los días en todos los hogares y compañías en una miríada de situaciones, desde las más cotidianas a las más complicadas y engorrosas.

Pero en la manera que se produce la política de hoy las cosas no son generalmente así. Los problemas se convierten -casi siempre- en armas que arrojar hacia el contrario, sin que importe de dónde traigan su causa. La conclusión de esa actitud es que, de manera inevitable, esas que un día fueron contingencias susceptibles de remedio van adquiriendo un efecto de bola de nieve que las convierte en inabordables. Le sigue la acción de la “patada hacia delante”, y que sea otro el que les proporcione solución en tanto que atribuyen a ese otro la autoría del asunto. 

Groucho Marx -el Marx que ha llegado a la historia en mejores condiciones de conservación- aseguraba que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diágnostico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Y en estos tiempos de agotadora polarización, el sarcástico comentario del más eximio miembro de la fraternidad de aquellos cómicos ha dejado de ser una exageración para convertirse en una realidad.

Por eso, el hecho de que aparezca entre nosotros una persona que exclame como proclama esas tres palabras -¡yo lo arreglo!- supone una llamada a la esperanza, de que no necesariamente todo está perdido en la democracia española.

Hemos vivido -padecido, más bien- ocho años de “vista a la izquierda”, en la que se han construido muros y se ha negado el pan y la sal a los contrarios, se ha gobernado sin presupuesto, se han colonizado las instituciones, se ha atacado a los jueces, se ha proclamado sin rubor que se está dispuesto a gobernar sin el parlamento… Y ahora las encuestas nos indican que toca una “vista a la derecha”, según la cual un partido sistémico, vale decir del poder, cuyos perfiles ideológicos sirven lo mismo para un fregado que para un barrido, se verá monitorizado por una formación de extrema derecha. Si eso ocurre, atrincherado Sánchez en la oposición al frente de un grupo parlamentario que haya derrotado previamente a la extrema izquierda, los agentes sociales que éste ha regado previamente de subvenciones y sinecuras incendiarán las calles de forma inmediata -que se despida Feijoó de los cien días de gracia que se les concede a los gobiernos- a la menor oportunidad o sin ella, y el panorama político y social del país -el económico seguramente también- se hará irrespirable. 

Casi todas las gentes bien informadas, siquiera sea por la experiencia, están de acuerdo con esa sensación. Bueno -arguyen-, pero ésa será ya otra pantalla. Yo creo que no, porque se trata de la misma pantalla, de una foto fija en la que sólo cambian los personajes. “La misma vieja historia” que cantaban Simón&Garfunkel en su canción “Keep The Costumer Satisfied” -ten contento al cliente- en un tema de hace más de cincuenta años.

Porque se trata de la misma historia, del mismo cuento con el que han pretendido atrapar nuestras voluntades como ciudadanos desde que se apagaron las luces que se proyectaban sobre el escenario de la transición, y los políticos se empeñaron a desvirtuarla. Empezaron -aunque lo mismo da quién lo hizo, porque los otros no lo enmendaron cuando pudieron- los socialistas politizando el poder judicial, y también unos y otros fueron asentándose en sus sucesivos gobiernos a través del apoyo de los nacionalistas, que nunca fue gratuito, hasta desembocar en la Ley de Amnistía, que además de borrar el delito de una insurrección contra el Estado, contenía una acusación injusta contra los jueces y suponía una enmienda al discurso rigurosamente constitucional del Rey de 3 de octubre de 2017.

No caben en un artículo de alcance las desviaciones y tropelías acometidas en contra de la Constitución del 78 por unos y por otros. Pero sí que resulta necesaria la reflexión de que urge el regreso hacia el espíritu que la hizo posible, y que no fue otra cosa sino el acuerdo entre diferentes, algo así como el ¡yo lo arreglo! que Miriam González Durántez proclamó hace unos días en unos locales situados en la Ciudad Universitaria de Madrid en la presentación del partido Democracia 21.

Se trata de una apuesta arriesgada en unos momentos difíciles. Ya hay quien dice que no es el momento, que la prioridad es “echar a Sánchez”. Pero habrá que decir que nunca es -ni será- el momento, siempre habrá otras prioridades que desemboquen en que los liberales y los reformistas debamos votar con la nariz tapada o refugiarnos en el voto en blanco.

Será difícil remover los obstáculos que los partidos tradicionales y sus correas de transmisión opongan para que sus propuestas lleguen al gran público. Y no queda mucho tiempo para eso hasta el 29 de noviembre, pero es una buena y refrescante noticia en el árido solar de la democracia española que crezca un fruto de estas características.

Difícil, aunque no olvidemos que hubo un partido que en una ocasión obtuvo más de 4 millones de votos y 57 escaños. Y que hay muchos españoles que lo vivimos y aún lo recordamos.