Dolores Redondo regresa a las librerías, pero esta vez de forma distinta. En Todas las noches, todas las ciudades, abandona el Baztán, Elizondo y ese entorno rural vasco que la ha caracterizado desde 'El guardián invisible', para ubicar la novela en Bilbao y en una misteriosa ciudad sin nombre.
Todas las noches, todas las ciudades es una novela independiente que se enmarca dentro del universo literario Los Valles Tranquilos, al que también pertenecen los libros Esperando al diluvio (2022) y Las que no duermen NASH (2024).
En esta ocasión el lector se adentra en la vida de Benedict Newman, un gran escritor de éxito que, cuando es interrogado por la policía después de que se hayan cometido asesinatos con el mismo modus operandi que aparece en su última novela, sufre un colapso y al despertar ya no es el mismo, sino que habla y actúa como el protagonista de sus libros, el detective Colt Star, que lucha contra el crimen en las noches de una "ciudad" que no tiene nombre en la novela.
La psicóloga forense Nash Elizondo interviene en este caso tras descubrir que es la hija de Newman y la responsable de tomar las decisiones al respecto de su salud. A partir de este momento, Nash se encargará no solo de descubrir quién está cometiendo los asesinatos, sino también, la verdad acerca de su padre.
Redondo tuvo el germen de esta historia cuando ella misma sufrió un episodio similar al que vive en esta novela su protagonista. Como cuenta en este mismo libro, una vez caminando por Elizondo, el lugar en el que se crió la protagonista de su trilogía del Baztán, Amaia Salazar, Redondo tuvo un recuerdo sobre su infancia que realmente no era suyo, sino de la historia que había creado para Amaia.
"Cualquier escritor que se documente para crear a alguien está aprendiendo cosas que no son para él, sino para su personaje, lo alimentas a él, al inquilino que se encuentra en tu cabeza. Así los personajes de los que escribimos empiezan a hacerse dueños de nuestra mente", cuenta la escritora.
Después de aquel episodio hace cinco años, la curiosidad de Redondo ante estos sucesos continuó creciendo, hasta que descubrió que le había ocurrido a más personas, desde actores con demencia -como Bela Lugosi que llegó a creerse el conde Drácula- o escritores que confesaban tener "varias cabezas" como Miguel Delibes.
"Al escribir convocamos a nuestros espectros, a nuestros fantasmas, escribimos sobre lo que tememos, sobre demonios del pasado, dudas del futuro", reflexiona.
Sin embargo, el episodio de Newman va mucho más allá de una sencilla disociación mental momentánea o un efecto de la demencia, sino que se encuentra muy de la mano del trastorno de identidad disociativo. Para Redondo, trabajar este trastorno ha sido un reto, pero también ha tratado de representarlo de la forma más cercana a la realidad sin estigmatización.
"En los últimos tiempos, se ha democratizado hablar de la salud mental, pero también se ha popularizado fingir trastornos en redes sociales. Este trastorno desde fuera parece divertido, pero las personalidades del TID son espectros que crea la mente para salvarte de situaciones de gran dolor, y para quienes lo sufren es muy difícil admitirlo por la vergüenza que suscita no ser dueño de tus actos", recoge Redondo.
Al dejar de lado el Baztán como espacio de la novela y tomar en su lugar Bilbao y también una ciudad sin nombre, la escritora explica que ha tomado "riesgos, pero la literatura es eso, usar la bola de demolición y tirar alguna pared dentro de tu propia habitación y la gran casa que es la literatura".
Abandonar el territorio y marchar a la frontera "entre la cordura y el otro lado" ha sido arriesgado, pero un sacrificio que ha disfrutado: "Es algo a lo que nos debemos si amamos la literatura de verdad, a intentar dar otra vuelta distinta por el laberinto", añade.