8.5/10
José Luis Garci no solo es el primer director español en ganar el Oscar, es además una de las personas que mejor entiende y que más sabe de cine en nuestro país. Cualquiera de sus películas entraña toda una declaración de amor por el séptimo arte y dentro de ellas hay una panoplia constante de guiños hacia diversas películas y géneros, especialmente cine clásico, que a lo largo de su exitosa carrera ha ido desentrañando con talento. Hoy hablaremos de su obra maestra, Volver a empezar, que le llevó a la cima del cine mundial en 1982, y en crónicas posteriores lo haremos de El Cracko Asignatura pendiente. Lo cierto es que, con una ironía finísima, un manejo extraordinario de los sentimientos y una especial maestría para retratar la nostalgia, el paso del tiempo, los antiguos amores o la juventud perdida,para este que os escribe, Garci se ha convertido en un director de culto. Muchos lectores no entenderán esta afirmación, pero esta columna no es democrática ni pretende serlo, y expresa una única opinión, que aquí es soberana. La película de la que hoy voy a hablar la he visto no menos de diez veces y la he interiorizado de un modo muy personal.
Hay zoquetes que vieron en Volver a empezar un melodrama empalagoso, lacrimógeno, aburguesado y aburrido. Yo creo que debía tratarse de alguna minusvalía esquizoide o psicopática y en su momento debió ser menester que acudierande urgencia alespecialista, a medicarse. Volver a empezar es una obra maestra a la que el tiempo le ha dado la razón y su lugar en la historia del cine. La película, escrita por el propio director y por Ángel Llorente, nos acerca a Antonio Miguel Albajara (Antonio Ferrandis), un escritorexiliado en la Guerra Civil y profesor en Berkeley que regresa a su Gijón natal tras haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Allí busca reencontrarse con su pasado, con su amor de juventud,Elena (Encarna Paso), y con la memoria de una generación marcada por la guerra y el exilio, en clave de reconciliación. En esa fórmula se esconde todo un mundo recreado desde el amor por el cine, y nuestro Albajara recorrerá aquellos lugares que formaron parte de su infancia y juventud, su ciudad de Gijón —que sin duda será otro protagonista de la película— y sus amigos del pasado. La fuerza del cine de Garci reside principalmente en los diálogos y en los silencios, en las miradas, y en ese cariño a su tierra sin dejes repulsivos nacionalistas. A lo largo de la filmación entenderemos como transcurre el desarraigo de una vida fuera de su mundo pese a haber sido una vida de éxito. La izquierda nunca le perdonó a este director que en su cine no quisiera sembrar odio y que se limitase a contar historias llenas de humanidad donde no había rencor ni revancha. Esa es la razón por la que en ciertos ámbitos no haya sido reconocido al nivel de otros directores de su época con mucho menos talento, porque se limitó a hacer buen cine sin querer hacerse virtuoso dentro de un relato político del que otros han vivido siempre como única propuesta artística.
ConVolver a empezar, Garci consigue hacernos creer que el amor verdadero es, a veces, mucho más preciososi no se concreta. Como le pasa a Rick en Casablanca, Albajara tiene su secreto y su plan y el amor debe formar parte de un recuerdo, porque los recuerdos son lo único que nos queda de la vida. El idilio es breve e inconcluso. Sus días están contados porque padece una enfermedad terminal y regresará a Estados Unidos de improviso. El romance con Elena funciona de este modo como un oasis crepuscular: la oportunidad de volver a empezar y cerrar el ciclo de su vida al lado de la única mujer a la que verdaderamente amó, convirtiéndose en una historia de dos enamorados eternos sin un futuro posible. Garci decide con sabiduría y delicadeza que Albajara solo le contará su secreto a Roxu, su gran amigo de juventud.Ese momento en el que lo cuenta es una de las secuencias más memorables, desgarradoras y potentes de la historia del cine español.Roxu, además de su mejor amigo y directivo del Sporting de Gijón es médico, y nota algo extraño en el comportamiento de Albajara. En un momento de complicidad, junto a la chimenea de su casa, le lanza la pregunta directa que desencadena todo: «¿Por qué has vuelto, Antonio?».Este le confiesa la cruda realidad: le quedan apenas seis meses de vida, y su intención es despedirse de su tierra, de sus recuerdos y, sobre todo, pasar sus últimos momentos felices junto a Elena,manteniendo este secreto para que no sufra.La grandeza de la escena reside en la sutil pero demoledora reacción de José Bódalo. Su personaje pasa instantáneamente del desconcierto al dolor más absoluto. Las defensas de Roxu se derrumban y sus ojos se humedecen, sin aspavientos ni histeria, de manera perfectamente contenida, y la secuencia acaba con un abrazo. Hacer buen cine no es nada fácil, y Garci siempre supo que una de las claves es la contención, y para ello es vital la elección de los actores. Pocoshubieron en la historia del cine del nivel de Bódalo. Porque si bien Ferrandis tiene su club de haters (perdón por el odiosoanglicismo), con Bódalo la crítica ha sido unánime.Antonio Ferrandis siempre trae a nuestro recuerdo Verano Azul, y para los que tengamos entre 40 y 70 años es demasiado Chanquete y eso siempre desvirtúa otras actuaciones. A todos nos entusiasmaba esa serie de TV, pero ver a Chanquete haciendo de escritor ganador del premio Nobel se nos hace raro, y evidentemente eso no es culpa de Garci sino del imaginario colectivo, porque lo único que pudieran tener en común es el hecho luctuoso de ambos papeles.
La película tiene una curiosa estructura de cuenta atrás, en donde desde que desvela su secreto en casa de su amigo en Gijón, todo su viaje responde a una trágica fecha de caducidad, y mientras los espectadores somos conscientes de lo que está ocurriendo, de su mirada y su nostalgia por ese reencuentro con el pasado, con lo que de nuevo va a perder, los demás personajes no son partícipes de ese secreto.
Otro aspecto transgresor de esta obra es que, en una época en la que la mayoría del cine buscaba un destape sobreactuado y llenaba las pantallas de actrices guapísimas enseñando teta y felpudo (es lo que se llevaba en esa época, sí), aquí nos ofrecen un amor muy otoñal, parecido a ese orbayo que moja las calles de Gijón de manera constante. Reivindica el amor en edad tardía no como decadente, sino más bien al contrario, como un mosaico de dignidad y elegancia.
Quizá no haya ninguna otra película que haya retratado la tierrina de alguien como lo hace Garci en «su» Gijón en Volver a empezar. (entrecomillo «su» porque Garci es madrileño, y Gijón es su tierra familiar, de veraneo y de recuerdos, como le pasa a este cronista con La Coruña). Lugares como el Estadio de El Molinón, la playa de San Lorenzo, o la calle Corrida son recorridos por los protagonistas y son parte de la propia película. También la luz de la película es arrancada deGijón con dulzura, una luz que se mece al ritmo que le marca el continuo Canon de Pachelbel, y que predispone nuestros corazones para ser vencidos, incluso antes de comenzar a sufrir ese amor inevitablemente caduco.La luz en Volver a empezar, obra del director de fotografía Manuel Rojas, es uno de los elementos narrativos más importantes junto con la propia ciudad. No funciona solo como un aspecto técnico, sino como el reflejo estético de la nostalgia, el exilio y el tono crepuscular que envuelve a toda la obra. Garci y Rojas decidieron rodar la película en octubre de 1981. Esto les permitió capturar la auténtica luz del Gijón otoñal: una luz apocada, suave y envuelta en la típica neblina y el cielo plomizo del norte. La película se tiñe de tonos grises, azulados y dorados que sintonizan a la perfección con el estado de ánimo de Antonio Albajara. El norte de España también tiene un color especial, pero es muy distinto al de Sevilla, y mucho más dado a la nostalgia y la introspección. El uso del zoom, los planos secuencia mientras pasean y los primeros planos muy teatrales dan forma a un argumento que se vale de ciertos efectos de puro cine para resultar más convincente y poético.
La música de Volver a empezares uno de los elementos más reconocibles, determinantes y comentados de esta película. Garci concibió la música no como un simple acompañamiento, sino como el ancla emocional de la nostalgia y el tono crepuscular de la historia. En lugar de encargar una partitura original, construyó la identidad musical de la cinta entrelazando dos composiciones maestras preexistentes, Begin de Beguine, de Cole Porter, y el Canon en re mayor de Pachelbel.
La primera representa el pasado soñado y la juventud perdida antes de la Guerra Civil y el exilio. Aumenta su fuerza en determinados momentos, especialmente en los compartidos por la pareja y arrebata la pantalla en la escena final en la estación de tren, dejando a los espectadores sensibles una estremecedora sensación de fin de trayecto.
El Canon, por el contrario, suena en los momentos solemnes e introspectivos de Albajara, durante esos largo silencios solo rotos por esa melodía, siendo parte fundamental de la escena en la que el protagonista se confiesa a su amigo Roxu.
Decía John Ford que una película será tan buena como lo sean sus secundarios. Aquí tenemos una actuación de lujo del siempre fantástico Agustín González, en su papel de Gervasio Losada, gerente del Hotel Asturias. Losada es excesivamente profesional y solemne y eso siempre genera comicidad. La llamada del Rey a Albajara y su posterior conversación con Saturna, su mujer, son uno de esos escasos momentos cómicos que le dan a la película un respiro. Pero es que el gran Agustín González quizá sea el secundario más potente del cine español de todas las épocas, capaz de papeles dramáticos como en Los santos inocentes y de otros cómicos como en la saga de La escopeta nacional de Berlanga, y todos ellos ejecutados con maestría.
Existe un tópico en España y es que las películas que retraten cualquier episodio relacionado con la guerra civil o el exilio lo hagan desde el revanchismoy el rencor, con la idea de ganar la guerra cincuenta años después de muerto Franco. Están en su derecho y algunas películas pese a esa temática son excepcionales. Pero el caso que nos ocupa es distinto, pues Garci eligió en vez de la herida política incurable un enfoque humanista, en donde el personaje se limita a buscar sus recuerdos de juventud, sus amigos y su amor, intentando una reconciliación con el pasado que de forma implícita lo incluye todo: el perdón, la bondad y la generosidad. En España fue mal acogida por la crítica, que la tildó de sensiblera y lacrimosa, y por el público, que no fue a las salas. Pero en cuanto recibió el Oscar ese panorama cambió de inmediato en los dos sentidos y tuvo un reestreno que llenó los cines. Eso demuestra otra cosa, y es que falta rigor en los planteamientos. Una película no es buena o mala por ganar ese Oscar, sino que es su calidad previa al triunfo la que le permite ganarlo. El papanatismo patrio funciona como un mecanismo paleto que primero se deja desaconsejar por los que luego aconsejan lo mismo. Volver a empezar en su año compitió con dos grandes películas, ambas mucho más densas, La colmena (Camus) y Demonios en el Jardín (Gutiérrez Aragón), y según testimonio del propio Garci llegó a los Oscar gracias a los palos que se dieron los partidarios de esas dos obras, que a él le dejaron el camino libre.
Lo que queda al final de todo este recorrido, cuarenta y tres años después, es una película excepcional que ha ganado con el tiempo, llena de ternura y sentimientos, un retrato otoñal y melodramático donde tres grandes de la actuación se dieron cita para crear,a las órdenes de un enorme director, una de las mejores películas españolas de todos los tiempos.