Opinión

Fragmento

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de octubre de 2026

     Era la época de la movida madrileña, y Tierno Galván, “el viejo profesor” pilotaba esta fiesta continua de juventud y alegría inteligente. Antes de terminar aquel Curso iniciático “El Viejo Profesor” moría y el Madrid de Joaquín Leguina y Eduardo Mangada organizaba, junto al gobierno de la Nación, el mayor cortejo fúnebre habido en la España democrática. Pocos años más tarde Joaquín Leguina escribiría Los ríos desbordados, un ensayo político en el que entre otras cosas afirmaba: “la pérdida de legitimidad de los partidos lleva a la deslegitimación del sistema político todo”. Era la época en que el primer presidente de la Comunidad admiraba a Rafael Sánchez Ferlosio, uno de nuestros intelectuales más grandes que en el futuro se leerá como clásico.

    El joven profesor tuvo un horario de la sección del nocturno en un Instituto del Barrio de San Blas, cuyo nombre le confundió del todo, porque pensó que se encontraba en la Glorieta de Quevedo. La primera tarde que entró en el instituto para dar clase se encontró a una joven pareja chutándose una dosis de heroína en las mismas escaleras que subían al instituto. Esas imágenes hoy ya son afortunadamente imposibles de ver, pero aquello lo dejó abatido y confuso. Además, pronto se daría cuenta en una clase de 3º de BUP de aquella sección del nocturno que sería imposible cumplir el Programa de Latín en aquel grupo de personas, y no entendía cómo aquellos alumnos, casi todos de su edad o mayores, habían llegado a 3º de BUP. Dependientas, camareros, destajistas, mano de obra barata, trabajadores explotados sin una hora de asueto, etc. Todos, sin embargo, eran geniales y muy buena gente. Y pensando, pensando, y hablando con la Directora del Instituto, catedrática de francés, y sugiriéndoselo incluso a la Delegada de Educación, Pilar Lucendo, que lo ayudó en todo lo que pudo, decidió montar con todo aquel joven alumnado una obra de teatro, el Miles Gloriosus, de Plauto. Las partes más fáciles del texto, versionadas además a un latín “muy escolar” por el profesor servirían para aprender lengua latina, y la traducción al español sería el libreto que tendrían que aprender los alumnos para poder representar la obra. Fue una labor titánica, pero muy gratificante y hermosa para todos. En algún sitio, por algún plúteo administrativo aún debe estar un video recordatorio. Plauto sólo puede triunfar por simple y sencillo que sea su trabajo escénico, sobre todo si no es pretencioso y los actores entienden bien a sus personajes. Aún recuerdo algunos nombres de aquel magnífico elenco de alumnos actores; Joaquín, Loly, Paco, Yolanda, Rufino – que cuando le llamaba la clase respondía “le gusta comer langostinos” -, José Antonio, Mª Cruz, Isabel, Toñi, la guapísima Vicky, Mª Teresa, Estefanía, José Luis…Toda una miel de juventud trabajadora y laboriosa derramada al sol.  La verdad es que la risa clásica, la carcajada romana, aún siguen inspirando la débil fuerza creativa de este Occidente hodierno, tocado hondamente de una psicastenia infiltrada por la magia globalista, y ahí tenemos, verbi gratia, El Eunuco “comercial” de Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez, que no añadiendo una gota al genio del jovencísimo Terencio, succionan como sanguijuelas una gota del coruscante milagro clásico, sin entenderse por qué se cambian los nombres de algunos personajes del original imperecedero, para dar pie a juegos de palabras o chistes muy malos. Así, al Gnatón terenciano, la adulación encarnada por antonomasia en un soldado, en el plagio – lo que no es tradición es plagio - se le llama Pelotus. ¡Qué ingenio más sutil el de esta versión española! Este fidelísimo y también traidor Gnatón es un trasunto del parásito y falso adulador Artotrogo, “Comepan”, del Miles Gloriosus, pero el de Terencio es menos cruel con el pobre general, y más gracioso porque en este caso está entre admirador y cobista, y es también soldado al servicio del cobarde general. Pánfila, la jovencita deshonrada por el falso eunuco Quereas, es absolutamente muda en nuestro comediógrafo púnico, una verdadera “pánfila”, “callada, con el vestido roto y vertiendo lágrimas ( “Virgo conscissa veste lacrumans opticet” ), pero aquí se pone a hablar como una cotorra indesmayable. Con todo, es muy difícil en la versión de un clásico – no siendo un Nieva – poner a hablar al que no habla en el modelo plagiado, y que lo que diga tenga la misma gracia literaria, esté a la misma altura dramática, y esté tan bien construido su carácter como los de los personajes parlantes originales. La obra original, aunque amable, mantiene el horror de una sociedad. Así, cuando la esclava Pitias, venefica o bruja, increpa a Quereas: “¿Te parece que es poca cosa deshonrar a una muchacha ciudadana?” Éste sencillamente contesta: “Creí que era compañera de esclavitud” ( conservam ). Esto es, si la violada Pánfila, tañedora de lira, “fidicina”, hubiera sido esclava, el único agravio que hubiese hecho Quereas es el de usar una propiedad ajena sin haber pagado un alquiler. El verdadero eunuco sí que aparece en el original del joven escritor cartaginés y, además, habla. Es el anciano Doro, carcamal envuelto en sabrosas aliteraciones, “vietus vetus veternosus”. Respecto a Cremes, el hermano de Pánfila, aparece en el plagio bajo el nombre de Cilindro como un bobalicón con la bragueta monstruosamente hinchada, golpe cómico que los autores pudieron coger de una representación poco famosa del Miles gloriosus, de Plauto, la mía, en cuyo caso tenía más sentido, como mujeriego irredento, anticipador del genial personaje de sir John Falstaff que era Pirgopolinices. El Falstaff terenciano es Trasón, general ridículo, además de arrogante estrafalario, que intenta usar las técnicas poliorcéticas para tomar la casa de Thais como un consumado general esperpéntico, un tío Toby romano del gran Tristam Shandy, de Sterne; escena de la que prescinde el plagio sin duda por su dificultad. En realidad, Trasón ama a Thais, temible en todo momento para las almas débiles, mucho más que Fedria, cuando acepta someterse a ella, burlado para siempre, como Hércules se sometió a Ónfale por puro morbo pasional masoquista, y Ónfale le hacía hilar y lo castigaba con la sandalia cuando no la obedecía en el más pequeño detalle. Esta sutileza psicológica amatoria no es del gusto del público actual y el beneplácito al LGTBI, y se prefiere acomodar al general en un feliz amor homosexual con su subalterno Cilindro. Tampoco aparece en la versión moderna el padre anciano de Fedria y de Quereas, cosa que sin duda hubiera aumentado la vis comica con el escándalo familiar. Pero a pesar de todo, estas reliquias de la carcajada romana aún pueden calentar nuestro corazón.