Opinión

España, Hungría y la revolución de 1956

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 25 de octubre de 2026

En estos días, se conmemoran los 70 años de la Revolución Húngara, que durante unos pocos días representó la esperanza de patria y libertad para millones de húngaros que sufrían el yugo soviético.  Gracias a la Embajada de Hungría en España, se han prodigado conferencias y mesas redondas sobre este episodio que el Ayuntamiento de Madrid recordó iluminando la fuente de Neptuno con los tres colores de la bandera húngara.

En verdad, todas las ciudades de Europa deberían tener plazas, calle y memoriales en honor de aquellos héroes que cayeron defendiendo su patria de la opresión de la URSS. Entre aquellos que se echaron a las calles había trabajadores de fábricas y oficinistas, estudiantes y tenderos, conservadores y comunistas húngaros que antepusieron la patria a los designios de una potencia extranjera. Imre Nagy (1896-1958), presidente del consejo de ministros formado por los revolucionarios y ahorcado después de la revolución, murió siendo comunista, pero también un patriota a carta cabal y un hombre valiente.

En aquellos días de 1956, entre el 24 de octubre y el 4 de noviembre, el corazón de España estuvo con el pueblo húngaro, que luchaba por su patria con las armas en la mano frente a un enemigo formidable. Se envió ayuda humanitaria -medicinas, mantas, ropa de invierno- y, gracias a las gestiones de Otto de Habsburgo (1912-2011), cuyo corazón yace enterrado en tierra húngara allá en la abadía de Pannonhalma, España reaccionó con decisión admirable llevando la causa húngara ante las Naciones Unidas y prestando auxilio a los refugiados que llegaron a nuestras fronteras. La labor de Ferenc Marosy (1893-1986) en la ayuda a sus compatriotas es una de las páginas más luminosas de aquellos días dramáticos. Los dos prohombres encontraron en España apoyo para socorrer a sus compatriotas. Se llegó incluso a preparar el envío de material bélico, pero el plan quedó frustrado porque no se permitió el uso de la base estadounidense necesaria para el transporte aéreo. Hay noticias sobre la idea de organizar una legión de voluntarios españoles, que no dio tiempo de poner en marcha porque los soviéticos sofocaron a sangre y fuego la rebelión.

Se suele decir que los españoles llegan tarde a las citas. Es recurrente el tópico de que en España no hubo Ilustración -es falso, sí la hubo- y que la modernidad se retrasó al sur de los Pirineos, lo que también es falso porque fue aquí donde se alumbró el mundo moderno. Sin embargo, no deja de ser reconfortante que los españoles acudiesen a tiempo e hicieran cuanto fue posible en auxilio de los húngaros.

Aquella gesta de 1956 tiene mucho que decir a los europeos de hoy. La defensa de la patria, la lucha  por la libertad y el coraje del combate siguen brindando un inspirador ejemplo para las generaciones de nuestro tiempo. Había que ser muy valiente para alzarse contra el mayor ejército de Europa. Había que amar mucho a Hungría para defenderla no sólo con las armas en la mano en aquellos días de 1956, sino también con el mantenimiento de la memoria, la cultura y la tradición frente a los intentos de “sovietización”.

Por eso, una vez más, esta columna se pone hoy de pie para recordar a aquellos héroes de la Revolución Húngara de 1956 que defendieron su patria y a los españoles que, desde la distancia geográfica y la cercanía espiritual, estuvieron a su lado.