De tanto jalear las protestas, desde la ocupación de la Puerta del Sol consentida y animada por el Gobierno hasta la convocatoria de una huelga general inaudita, el terrorismo callejero de la izquierda se ha convertido en el protagonista de la campaña electoral. Los cachorros de ETA en el País Vasco, los secesionistas radicales en Cataluña y los antisistema, autodenominados antifascistas, saquean comercios, incendian y destrozan el mobiliario urbano, boicotean violentamente los actos de Isabel Díaz Ayuso en Madrid o los mítines de Santiago Abascal en Galicia y siembran el pánico en las ciudades. Puro vandalismo.
Se trata de las consecuencias de la irresponsable polarización política. Del fanatismo más perverso como único argumento de la propaganda de la izquierda, el gran emblema de los mítines de Pedro Sánchez. Y lo peor está aún por llegar. Pues se trata de un ensayo general ante el estallido de los disturbios más violentos si el PP llega a gobernar. Lo ha reconocido Óscar Puente, el mayor bronquista del presidente, al proclamar que España vivirá 4 años de protestas en la calle si Núñez Feijóo llega a La Moncloa.
El pucherazo parcialmente frustrado por el Tribunal Supremo de la ley de nietos puede ser la coartada, o la mecha, para incendiar España el 29-N si se produce la anunciada victoria del PP. Primero, el Gobierno se plantea impugnar el resultado de su probable derrota por la “judicialización de la política”, por la intromisión del Alto Tribunal en las elecciones. El actual Gobierno y sus socios intentarán boicotear la transición política, naturalmente mediante el terrorismo callejero como punta de lanza.
Y como hemos augurado en este periódico, Sánchez no acatará el resultado. Intentará que sus turbas siembren de violentas algaradas España entera en su burdo intento de anular el escrutinio de las elecciones. El presidente del Gobierno es consciente de que si abandona Moncloa puede terminar sentado en el banquillo de los acusados.
De momento, con el consentimiento de los respectivos delegados del Gobierno, los cachorros de ETA, los independentistas más radicales y los antistema de extrema izquierda abanderan el terrorismo callejero con la excusa del peligro de la llegada al poder del “fascismo”. Pero el centro de mando de la batalla desatada por este siniestro ejército está en La Moncloa. Y si el pucherazo no resulta eficaz, luego, se trasladará a Ferraz.