Opinión

Cuestión de altura

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Martes 27 de octubre de 2026

Pretensión modesta en esta época de tantos estímulos y experiencias variadas es la de sentarse a pasar el rato en una terraza. En este país, dicho pasatiempo tiene un carácter doméstico, como si ese espacio de la calle fuese una prolongación del propio hogar. A pesar de la sencillez de semejante demanda, esta siempre se puede mejorar: generalmente buscando un lugar con cierto encanto y recogimiento. Aquí cabe destacar una opción realmente agradable, aunque quizá menos humilde, que consiste en que esa terraza se encuentre ubicada en una azotea.

Nunca he sido muy dado a las alturas, aunque por otro lado no he renunciado a ellas. De hecho, creo que aquí ocurre una cosa muy curiosa. Aquellos que preferimos llevar los pies pegados a la tierra, pensando que así vamos a evitar una dolorosa caída, a menudo tenemos cierta tendencia a tener la cabeza en las nubes, lo que nos motiva a ir encadenando algún trompazo que otro. Mientras que aquellos que pisan las alturas, por lo general, tienen la cabeza ligeramente alejada de sus genitales y su trasero. Al final, todo es cuestión de percepciones de qué son las alturas.

Este tipo de azoteas nos invita a estar en lo urbano de otra manera, y tal vez sea esto, ese afán por incrustarse en las hendiduras de la vida de la ciudad que ofrece su urbanismo, lo que incentiva la acción de ir a sentarse en un lugar y ver qué pasa, lo que permite comprenderla de una forma significativa.

A diferencia de la calle, la elevación de la azotea te extrae de cierta mundanidad, de la banalidad del suelo común. La conversación, conforme se va despegando del asfalto, parece ganar en abstracción y en cierta intimidad. La proximidad con el firmamento siempre nos alienta a pensar de una forma más introspectiva, a sentirnos más insignificantes, vulnerables. O quizá sea una cuestión fisiológica: el cambio de altura, aunque no sean más que unos metros, afecta al oxígeno y la contaminación que respiramos. Estar a unos metros por encima de nuestra posición habitual puede afectar de alguna manera a nuestros órganos sensitivos. Desconozco estas cuestiones. 

Además, no hace falta que sea de día o de noche; que brille el sol o las estrellas. Puede ser perfectamente un mediodía, con un cielo gris, un tanto amarronado, que, según el parte meteorológico, amenace con lluvia, y con una temperatura tibia que haga que en algún momento tengas que echar mano de una chaqueta. La predisposición no deja de ser la misma. Porque en el momento en el que sales a ese espacio abierto y elevado algo parece cambiar en nuestra forma de comprender. La inteligencia de la mirada deja de examinar, de escudriñar como una cámara de vigilancia o, tal vez, como un microscopio, para disolverse en vagos trazos y escuchar que «es posible que el cuadro que le regalé a fulanita y menganito tuviese esta panorámica». ¿Y si lo pintaron desde aquí? ¿Por qué no? Esta posición un tanto despegada de todo nos anima a ver peor en precisión, pero a pensar mejor. Al igual que esa mirada cambia, pierde ese carácter vigilante, el oído gana en profundidad. La ciudad se escucha distante y al mismo tiempo más cercana que nunca. La arquitectura tiene esa virtud de situarte en un adentro y un afuera: un movimiento tan propio de la intimidad. 

Este tipo de rincones, a algunos que ya están en una edad madura, les devuelve a una adolescencia que ya queda lejana, y parece que en cualquier momento van a lanzarse al vacío y a sobrevolar la ciudad como los amantes de Marc Chagall (1887-1985) sobre Vítebsk. Aquí, en cambio, queda la Gran Vía abajo preparándose para una manifestación o un desfile.  

Una señora que habla en inglés —me gusta creer que es neoyorquina— acaba de entrar. Da la sensación de que ha cruzado los límites del lienzo The Cocktail Party de Alex Katz. La fiesta a la que asistía en un apartamento del SoHo debía de estar poniéndose aburrida. Mira, sola, hacia el frente: quizá al edificio Metrópolis. Esa mirada, esa inclinación hacia delante, apoyada en el balcón, la transforman ahora en alguna de las mujeres solitarias de Edward Hopper (1882-1967) que observan a través de la ventana. Al instante, llega su acompañante, un reconocido caballero televisivo, y se pone junto a ella. Esa soledad posiblemente animada por la extrañeza cultural queda en suspensión, y la escena nos devuelve a Katz, tal vez a The Light I. Ambos se miran y vuelven por donde han venido. Parece que ya toca volver a la fiesta en el bajo Manhattan, los están esperando. 

Hay un par de mesas de turistas que hablan, pero sus ocupantes son personajes anodinos que no trascienden la silla en la que se encuentran. No obstante, son útiles para el mantenimiento de un lugar tan bonito. Ahora, veo enfrente, como si estuviese sobre una elevación que se desprende de su altar, a la dama dorada de Gustav Klimt (1862-1918): Adele Bloch-Bauer (1881-1925), aunque más azulada. No necesita el dorado para imponer su presencia. Se cubre los hombros con un chal rojo, fuma un cigarro, una metáfora de sus procesos metacognitivos. ¿Qué estará pensando? ¿Estará reflexionando sobre la mirada de ese aspirante a Klimt? El mal de altura, cuestión de altura.