Opinión

Brasil, a vuelo de pájaro: ganó Lula, se consolidó Bolsonaro y perdió la democracia

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 28 de octubre de 2026

La vida política de Brasil tuvo una salida sin proyecto democratizador real de la dictadura militar que terminó su ciclo en 1969. La llamada Sexta República se inauguró en 1985 con la victoria esperanzadora de Tancredo Neves, pero su muerte por problemas de salud antes de la toma de posesión metió al país en una disputa por el poder hasta la llegada a la presidencia en 2003 del obrero metalúrgico Luis Ignacio Lula da Silva.

Las elecciones presidenciales del pasado domingo 25 de octubre no deben ser consideradas como parte del proceso democratizador de Brasil, a pesar de que las elecciones hayan cumplido con las condiciones de una democracia. La polarización izquierda-derecha fue potenciada por conveniencia propia por Lula, a pesar del daño político a la democracia.

En términos reales, Lula nunca ha sido una posición ideológica de izquierda, supuesta esa caracterización geométrica como una ideología vinculada al marxismo y en realidad apenas prefiguró una propuesta populista deslavada y con pinceladas del modelo de asistencialismo con reparto directo de dinero a los pobres para aliviar sus penurias.

 Y a pesar de sus expresiones violentas en ideología, los Bolsonaro --padre e hijo-- tampoco pudieran considerarse como fascistoides o ultraderechistas, aunque, eso sí, con tendencias al mercado y condenas al socialismo. Lula y Bolsonaro gobernaron dentro de los márgenes políticos, sociales e ideológicos del asistencialismo y el neoliberalismo de mercado.

Lula ha gobernado Brasil en 2003-2006, 2007-2010 y 2023-2027. Como definición ideológica de gobierno, entró en confrontación con su colega de intenciones populistas Hugo Chávez Frías, se desentendió de cualquier alianza regional en contra de Estados Unidos y aisló a Brasil de una geopolítica que encontró libre de interferencias el desdén de Obama-Biden y los dos periodos de radicalización verbal ultraderechista de Donald Trump.

No hubo ninguna iniciativa geopolítica de Lula en los últimos cinco años de su gobierno para beneficiar a la comunidad latinoamericana y caribeña o para construir desde el poder económico e industrial brasileño alguna alternativa al neoliberalismo. Los dos países grandes en tamaño e influencia que pudieron haber cambiado el equilibrio político en la región sur de América --Brasil y México-- optaron por el aislamiento, sobre todo por la circunstancia agravante de que los dos tienen sistemas económicos, productivos y de comercio exterior que están subordinados a la economía estadounidense.

No hubo ningún pronunciamiento estricto, diplomático, geopolítico o militante de Brasil y Lula ante la decisión de Justicia extraterritorial del Gobierno de Estados Unidos para invadir Venezuela y secuestrar al presidente Nicolás Maduro, bajo el criterio de que se trataba de una figura impresentable y políticamente indefendible por los últimos fraudes electorales para mantenerse enquistado en el poder.

Pero en realidad no se trataba de darle la razón democrática a Maduro, sino de impedir una acción invasora de Estados Unidos para secuestrar a un presidente legal, quizá por el temor de todos los presidentes de la región a que la Casa Blanca también cargará contra ellos.

El Brasil de Lula se aisló de América Latina. La diplomacia brasileña brilló por su ausencia y fue más que evidente que Lula combatió el modelo geopolítico bolivariano de Chávez-Maduro-Castro, pero sin construir una alternativa de democratización electoral en la región.

El saldo electoral de Brasil el domingo pasado dejó más cargas negativas que positivas; la decisión que nadie quiere reconocer de extender dos horas más las casillas abiertas para seguir recibiendo votos a favor de Lula manchó a la democracia y a sus resultados. Y hay un dato que de manera superficial puede llevar a conclusiones válidas que habría que probar: que Lula haya ganado la presidencia de la República, pero haya perdido la mayoría en el Senado, en la Cámara de Diputados, y en las gubernaturas estatales, lo cual estaría hablando en términos técnicos de un voto diferenciado --en caso de no poderse acreditar fraude electoral-- para mantener a Lula en la presidencia pero acotarlo en las otras áreas legislativas y estatales del poder.

En ese sentido es que puede decirse que Lula ganó la presidencia pero perdió el poder político y regional en el país. Desde el legislativo y las gubernaturas se puede ir aislando a una presidencia que depende del carisma de su titular, con el dato que hay que registrar de que Lula ganó la presidencia para un próximo quinquenio con la carga de 80 años de vida a sus espaldas, algo que puede considerarse una variable política de corto plazo.

Y el último dato que se desprende de una visión a vuelo de pájaro sobre las elecciones pasadas en Brasil tiene que ver con que Lula representaría la última oportunidad personalista del único líder político populista-asistencialista y presuntamente izquierdista --cualquier cosa que ello quiera decir--, y con el dato adicional de que la estructura de partidos de Lula aparece fragmentada y confrontada entre sí porque las posiciones perdidas en cargos legislativos y de gobernatura se acreditan a pugnas en la coalición presidencial.

Lula ganó la presidencia para “su” cuarto periodo, pero Brasil entró en una zona de incertidumbre política local y geopolítica regional porque ya el presidente Donald Trump abrió fuego declarativo para confrontar de manera consistente a Lula y a Brasil en los próximos dos años que le quedan a su presidencia.