Opinión

Los grandes maestros

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 29 de octubre de 2026
Mil gracias, mi muy querido Paco Rey, por notificarme el reciente deceso de Heleno Saña. Yo lo quería como era, altivo, orgulloso, fiero, de la España de nuestros abuelos militantes. Y del mismo modo extraordinariamente tornante en el terreno de los afectos. Varios años estuvo diciendo y escribiendo que yo era el filósofo más importante de España y uno de los mejores de Europa, y luego se jactaba como un niño de haberme tumbado dialécticamente en no sé qué o cuántas ocasiones. Qué difícil resulta ganar perdiendo y perder ganando, esa dialéctica que no solamente sabe ir de atrás hacia adelante, sino también de adelante hacia atrás. Conozco demasiado bien el paño de ese arca tan penosa.
Heleno Saña fue el primero que me enseñó las letras unciales del anarquismo gracias a sus libros primero y a su delicada amistad también más tarde, hasta el final. No solamente lo primero de anarquismo que aprendí fue gracias a él, sino también e igualmente lo referente a la segunda internacional de trabajadores, el paso del marxismo al socialismo, del socialismo a la socialdemocracia, y de la socialdemocracia al capitalismo. Después, cuando Heleno hablaba yo callaba enhechizado, pues uno escucha   a sus maestros  y sabios  mayores  silente y arrodillado  detrás de la cortina  no atreviéndose siquiera a ver sus sus rostros, como aquellos pitagóricos acusmáticos que no osaban contemplar el rostro esplendente de Pitágoras, y de forma paradigmática un poco también como  Moisés en el Sinaí al recibir las tablas de la ley. 
 
El mérito de Heleno Saña como destacado escritor y publicista en alemán, una habilidad y una cultura  para quitarse el sombrero.  Detrás de su sabiduría germánica estaba su mujer alemana, a la que él veneraba. Nuestro amado amigo era muy tierno en su dureza, y muy duro en su ternura, lo que le hacía singularmente atractivo, fascinante, tonitronante seductor. Dios estaba en sus venas: que el Señor le colme ese afecto al que siempre le faltaba algo más. algo enteramente comprensible porque quien ama mucho necesita mucho y más grande amor. Gracias, maestro Heleno, heleno de nombre propio y al mismo tiempo heleno de germánica helenidad.
 
Creo que una de las personas más veneradas y respetadas por Heleno Saña fue Julián Gómez del Castillo, un gigante extraordinariamente capaz de tocar el corazón de las personas y el alma de las masas empobrecidas, especialmente de las cristianas, de quien tanto aprendimos los militantes de la Editorial Zyx por él dirigida, a pesar de que Julián, al mismo tiempo que electrizaba, tensaba la cuerda con tan altos voltajes que a veces se producían cortocircuitos. También con Julián tuve desencuentros, pero siempre merecieron la pena, aunque fuera con pena. 
Heleno Saña, Julián Gómez del Castillo y un servidor (analogado menor) éramos un poco trillizos, unidos a veces por lo que nos separaba, lo cual no era otra cosa que la arrogancia, pues nuestra razón profética sobrepasaba siempre a nuestra razón dialógica. Con Heleno y con Julián se aprendía por todos los poros de la piel, bastaba con estar a su lado y e/mocionarse, es decir, ponerse en movimiento. Yo  siempre he celebrado con todo mi corazón y con mi ser entero haber sido enseñado por estos hombres mágicos, aun siendo yo un pretencioso e inmaduro joven inmodesto. 
Haber estado un poco a la vera de esos grandes arquetipos militantes que  en el sentir de muchos han hecho indeleble lo más noble de la historia de la humanidad es algo enteramente impagable. Sin su magisterio no puedo concebirme a mí mismo como maestro vocativo, ellos han convertido mi vocación magisterial en ejercicio ministerial.
 
Qué gran fortuna haber aprendido de nuestros mayores, y que lástima que entre las nuevas generaciones haya tantos individuos que sólo quieren aprender de sí mismos, con una penosa autodidaxia de sangre y semen. Pues queda dicho: la historia la construimos los enanos sobre los hombros de los gigantes. Historia: enanos que sobre personas gigantes  se han convertido en gigantes para otros enanos, los cuales enanos pasan a ser piedras angulares de las generaciones posteriores. En eso consisten los mejores blasones genealógicos de los pueblos solariegos. Porque si Heleno Saña y Julián Gómez del Castillo fueron gigantes, eso se debió -si no estoy demasiado equivocado- a que ellos mismos supieron ser enanos  agradecidos sobre los hombros de quienes para ellos fueron gigantes, los más humildes. Esa gigantomaquia de los más pobres es la historia de la humanidad, esa pasión histórica militante a pesar de todos los pesares dictados por la imperfección humana. La historia sólo la enseñan esas biografías, yo mismo no hubiera sabido pensarme desde mi pequeñez sin la certidumbre de que quien carece de historia aún no conoce su propia identidad ni su real ensidad; aquella gente que muere sin historia no ha vivido su propia vida.
 
Sean pues estas palabras como elogio de la militancia. Gracias a ella no se encapucha nadie para robar tiendas, ni para practicar vandalismos, ni para incendiar la calle, ni para adoptar la pose de cobardes matones callejeros.  Gracias a ella los políticos tampoco se encapuchan echándose recíprocamente la culpa de lo muerto. Gracias a ella, cada vez que se abre una escuela se cierra un reclusorio.