Opinión

Causalidad y Finalidad (II)

TRIBUNA

José María Méndez | Viernes 30 de octubre de 2026

 

Este artículo sigue al publicado el 5 junio 2026. 

Nicolai Hartmann distinguió tres fases en el Proceso Teleológico, o finalidad en la acción propia del ser humano.. 

1.- Determinación del fin. Alguien decide conseguir un titulo universitario, que exige tres cursos anuales. Supone anticiparse al tiempo, situarse mentalmente en el futuro 2.- Cadena de medios, empezando por el más cercano al fin. Se va mentalmente en sentido contrario al tiempo y se ordenan en cadena las condiciones necesarias o sine qua non. Si no apruebas el 3º curso, no sacas el titulo. Si no apruebas el 2º curso, no accedes al 3º. Si no apruebas el 1º, no accedes al 2º.  

3.- Realización al ritmo del tiempo de la cadena de medios, empezando por el que está al alcance efectivo, o sea, matricularse en 1º curso.  

Los medios son condiciones necesarias. Una consistenciaSIN formaliza el conjunto de las condiciones necesarias que, cuando todas están cumplidas, se convierte ipso facto en condición suficiente o causa de un efecto. En cambio, en una consistenciaCON hace falta algo extra, que sea complemento para la suficiencia. Sólo entonces surge la causalidad, que se formaliza como condición suficiente.  

Notemos el paralelo entre Causalidad y Finalidad. La segunda fase del Proceso teleológico coincide con la causalidad retroactiva, ya conocida por el artículo anterior. Equivale a Q → P dentro de la validez (-P → -Q) ↔ (Q → P) . Da igual que se trate de un único medio P o de una cadena de medios.  

Por su parte, la tercera fase del Proceso Teleológico es lo mismo que la causalidad humana {(-A → -E) & (-B → - E) & A & B & D} ↔ E, fórmula también conocida por el artículo anterior. Da igual que las condiciones necesarias sean dos o muchas. El número 2 es siempre el mínimo exigible en lógica. 

Empecemos por lo más sencillo. Lo que caracteriza a los seres vivos es la llamada finalidad interna o intrínseca. En un individuo viviente todo está relacionado con todo, aún con más intensidad y rigor que en el entero cosmos según la física cuántica. 

Prescindamos ahora de la fase 1ª, en la que un espíritu pensante haya determinado un fin. Ahora nos fijamos sólo en el paralelo inverso, por decirlo así, entre la causalidad de hecho o fase 3ª, y la finalidad inversa o fase 2ª.  

Observamos igualmente que en un ser vivo se pasa de individuo a substancia. No se trata de un agregado de piezas unidas desde fuera con una llave de de contacto o tecla de inicio, como ocurre en una máquina. Ahora todos los componentes de un ser vivo, convergen desde dentro, como un haz de condiciones necesarias, hacia una meta única final, que es estar vivos. Esta es la finalidad interna que caracteriza a un viviente y le convierte en una substancia, el motus sui, la capacidad de iniciativa y el metabolismo de los alimentos.  

Cabe ver esta finalidad interna desde dos ángulos distintos, que llamaremos perspectiva espacial y perspectiva temporal. 

La clave de la paradoja citada en el artículo anterior no está en el contraste fuera-dentro, que es sólo espacial, sino en la más profunda oposición entre espacio aislado y el espacio ligado al tiempo, que es lo que entendemos aquí por perspectiva temporal. En el esquema de Hartmann los medios se ordenan conscientemente según una cadena inversa al tiempo, como en el ejemplo de la carrera universitaria. Pero en el finalismo vital la ordenación se realiza instintivamente en el espacio-tiempo, aunque en biología este concepto no se haya desarrollado tanto como en física. Por otra parte, esta ordenación de los medios hacia un mismo fin está oculta a nuestros sentidos. Se trata de descubrimientos a los que se llega tras meticulosos ensayos en los laboratorios, como en el caso de Libet.  

En cambio, la superficial perspectiva espacial cae bajo la experiencia directa de nuestros sentidos. Corazón, estómago, sangre, secreciones, hígado, nervios, riñones, etc., son accesibles a la investigación empírica. Por el contrario, en el espacio-tiempo real, todo está relacionado con todo. Y ese entramado no es visible o externo. El entero viviente se resiente cuando falla algo en cualquier parte del mismo. Nos sube la fiebre en todo el cuerpo, porque hemos cogido frio únicamente en la garganta.  

Así pues, el testimonio de nuestros sentidos y la perspectiva sólo espacial sugieren engañosamente desde fuera la consistenciaCON, sobre todo cuando comparamos la actividad de un ser vivo con el funcionamiento de una máquina. En cambio, la especulación teórica y el esquema de Hartmann, una vez ampliado al espacio-tiempo, llevan a formalizar la causalidad biológica como consistenciaSIN.  

Las condiciones necesarias son vistas como medios que se encadenan en el espacio-tiempo hacia la unidad funcional del fin. Y la conclusión de esas especulaciones teóricas lleva a la constante y siempre renovada ordenación de todos los medios hacia un fin común. No se añade un componente extra o un medio nuevo, sino que los medios que ya existían se encauzan por sí solos hacia el fin único. Todas las condiciones necesarias convergen de modo automático hacia el fin. Esa es la clave de la vitalidad. 

La paradoja, que tanto nos asombró en el artículo anterior, consiste en que la finalidad, vista únicamente con perspectiva espacial y desde fuera, nos lleva a pensar en una consistenciaCON. Vemos ante todo la mayor complejidad de lo vivo respecto a lo inerte. Sin embargo, el examen del finalismo interno de un individuo permite la formalización en una consistenciaSIN. Hay que examinar el ser vivo desde dentro, o sea, en la inter-actividad en el tiempo y el espacio a la vez de todos sus miembros y componentes. En lo esencial eso coincide con las fases 2ª y 3ª del Proceso Teleológico. Implica además la causalidad retroactiva mencionada en el artículo anterior. Se trata de una actividad en las entrañas de un ser vivo, algo no accesible directamente a los sentidos. Por eso el hecho de la vida nos parece siempre algo misterioso. La intrincadísima red de las neuronas en el cerebro nos da una idea aproximada del supercomplicado finalismo propio de un viviente, aunque sea una simple bacteria. 

Los sufijos CON y SIN son meramente lógicos. No aluden a la mayor complejidad de los seres vivos o a su finalismo interno Unicamente se refieren a si hay o no algo extra como tecla de inicio aparte del conjunto de las condiciones necesarias. En las maquinas lo hay y en los seres vivos no lo hay.

Dijimos antes que prescindíamos por el momento de la fase 1ª. Ha llegado el momento de reintroducirla. ¿Quién determinó el fin en ese inmenso Proceso Teleológico que supone el entero fenómeno de la vida en el planeta Tierra?¿Quién estableció esa sorprendente ordenación de los medios hacia un fin, que se da en los vivientes y falta en la materia inerte? 

Shapiro estimó en 10 elevado a 40.000 el descomunal número de condiciones necesarias para formar una bacteria (Robert Shapiro, “Orígenes”, Ed. Salvat 1994, Pag.119). Un animal cualquiera elevaría ese número fuera del alcance de nuestra más desbocada imaginación. 

Así pues, nos preguntamos. ¿Cómo surgió la vida en nuestro planeta Tierra hace unos 4.000 millones de años? Podemos suponer que coincidieron en el espacio tiempo esas 10 elevado a 40.000 condiciones necesarias, y de acuerdo con nuestra definición de causalidad biológica apareció ipso facto el primer y más elemental ser vivo.  

Algunos teólogos han postulado un segundo acto creador. En mi opinión, tenemos la suerte de que los ordenadores nos han enseñado recientemente la distinción entre hardware y software. 

 El hardware en el Big Bang fueron la materia o los quanta de energía que pudiera haber en la primitiva bola de fuego. El software fue el gigantesco y descomunal programa informático, que estableció, y sigue estableciendo, el futuro desarrollo de la materia inerte, y especialmente de la vida. Todo estaba previsto en ese software. Tanto el porvenir de la materia y energía, como lo que ahora nos ocupa, el futuro desarrollo de la vida en su conjunto, y hasta la singular y específica de cada individuo vivo en particular. 

En primer lugar está el origen mismo de la vida, la coincidencia de las 10 elevado a 40.000 condiciones necesarias, para que surgiera el primer ser vivo en nuestro planeta hace 4.000 millones de años. A continuación viene el desarrollo de esa vida de acuerdo con la Teoría de la Evolución, que empezó con Darwin. Se trata de su desenvolvimiento en sus múltiples y complejas ramificaciones, que tantas veces nos parece producto del azar. En realidad no se trata más que de nuestra ignorancia del programa informático o software del que hablamos. En ese programa estaba todo previsto. Nada ocurre al azar. Estaba incluido hasta el instinto del pájaro carpintero que está en estos mismos momentos y en algún sitio picando su agujero en la madera. Todo estaba incluido en ese inmenso plan; todo excepto las acciones libres de los seres humanos. 

NOTA.- En el libro “Reconstrucción de Occidente” (Ed. Ultima Línea) asigné erróneamente el sufijo CON a los seres vivos, por su mayor complejidad y su finalismo interno. Y el sufijo SIN a las máquinas, cuyo finalismo es externo y, si se despiezan, vuelven a funcionar si se vuelve a poner las piezas en su sitio.  

Este hecho obvio me engañó entonces a efectos de formalizar la causalidad. La solución a la paradoja mencionada al comienzo del primero de estos dos artículos dedicados a la causalidad y la finalidad exige pensar al revés A pesar de ser menos complicada, una máquina supone siempre una llave de contacto o tecla de inicio además de la totalidad de las condiciones necesarias. Su finalismo es externo y por eso le corresponde una consistenciaCON. En cambio, un ser vivo, a pesar de complejísimo finalismo interno, se formaliza con una consistencia SIN. Lo cual siempre nos parecerá paradójico a primera vista.