Opinión

Víctimas y victimarios

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 31 de octubre de 2026

Me gustaría escribir sobre mis divagantes y desordenadas lecturas, sobre las tribulaciones de un autor inédito, sobre los avatares de la educación en caída libre, sobre ideas más remansadas, aunque no necesariamente más profundas. Sobre el sujeto, sobre la historia, sobre el hombre y la nada, sobre el sentido y la memoria… sobre asuntos de importancia que, sin embargo, nacen muertos en mi garganta.

Porque he de hablarles una vez más de la sombra negra de la impostura que oscurece nuestros días. No me cabe duda de que no es limpio el pantano de la política, recuerdo que Federica Montseny la llamó “la charca pestilente”. No son agradables esas aguas cenagosas que toda circunstancia se complace en agitar. Removidas por las manos viciosas de la prensa, son las aguas en que pululan los infusorios incontables de la información. 

No deja de sorprenderme que ya no produzca una masiva y unánime indignación la aberrante inversión por la que se trastocan víctima y verdugo, la perversión que confunde el cuchillo con la herida. En esta sociedad sentimental y emotiva, ayuna de toda formación moral, basta exponerse con la voz doliente y la lágrima viva para mover las pasiones más repugnantes del gentío. 

¿Cómo es posible – al margen de toda otra cuestión – que el ministro de transportes se duela del calvario al que es sometido, en el mismo momento en que se recogen los restos de varias decenas de víctimas de un nuevo fallo del sistema de transportes que está bajo su gestión? ¿Cómo puede permitirse ese gesto compungido por el pretendido acoso que sufre su miserable señoría, ante los muertos por un error del sistema por cuyo funcionamiento ha de velar? ¿No debería esta sucia actitud consolidar su descrédito? 

El hecho es que no es así. El acto de victimización es hoy un protocolo en la propia defensa de la ralea gobernante, un protocolo que se desencadena a la menor imputación. El presidente, que vela por defender el amor de su señora, es víctima de los que delatan sus prevaricaciones. El ministro a cargo de infraestructuras deterioradas es víctima del calvario que le infligen los difamadores. 

Se dirá que es un gesto estratégico en el gran espectáculo de la política de partidos. Es mucho más: es un hábito que nubla los escasa claridad moral que queda entre nosotros. Es la acometida final a toda atribución de responsabilidad, que tanto puede recaer en el que ejecuta como en el que sufre una acción. La víctima es el verdugo del verdugo o es éste la víctima de la víctima. No hacer nada es actuar contra el que actúa. Necios de descomunal calibre e imbéciles morales son los que se atreven a recordarnos que una dimisión no devuelve la vida de nadie. ¿El ejecutor de cualquier solución final no merece la pena puesto que señalar su responsabilidad no devuelve a nadie a la vida? 

La defensa podría ir por la vía de negar la atribución de responsabilidad, no por la vía de suspender toda responsabilidad. Cabría defender – lo cual no es fácil – que el ministro no es responsable, no que la responsabilidad es irrelevante. Esto es lo que se hace cuando el responsable – en una u otra medida – se manifiesta víctima de un acoso que alcanza la categoría de calvario. ¿Sabrá este señor de qué está hablando? Es una estrategia que acabará llevando a denunciar el accidente como un acto orientado contra el ministro. Nos parece todavía absurdo cuando lo vemos planteado en términos tan explícitos, pero la sinuosidad de la vana retórica y la propaganda conduce por caminos tortuosos a esa impúdica conclusión.

Vivimos hundidos hasta el cuello en una charca pestilente, en un mundo donde todo es política no podemos detenernos en remansos de agua clara. Me gustaría escribir sobre mis divagantes y desordenadas lecturas…