Opinión

Bloc de otoño (I): Melancolía

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 01 de noviembre de 2026

Un privilegio. Es lo que parece anunciar la pieza para piano del mismo título, la número 105, de Francis Poulenc, interpretada, en el momento en que escribo estas líneas, por Pascal Rogé, cuyo nombre aparece en letras doradas sobre un fondo verdoso en la carátula del disco, y la fotografía de Poulenc en actitud serena, consciente de lo que ha querido decir en la partitura. Pero ahí está lo absorbente: pensar qué diferencia es la que dista entre su apreciación y la que llegará resonando hasta nosotros, y seguirá mediante la progresión de los minutos que nos mantengan en silencio, intentando adivinar, no sin cierto cansancio, sin cierto pesar incómodo, pero sin saber qué es lo que nos conmueve o nos inquieta por disfrutar de la misma. Conseguir ese estado de titubeo con uno mismo, es el privilegio mencionado. 

Ha seguido esta música a la lectura del breve y complejo libro del húngaro Péter Nádas, fallecido a finales del pasado mes de agosto. El ensayo Melancolía, traducido por Adan Kovacsics, es una variación sobre todas las que la hayan precedido y sirve para todas las que puedan continuar. En él, la premisa de considerar melancólico a quien no puede más que entregarse ‘sin reservas a ese sentimiento que deambula en la oscuridad’, pero se desea la luz, y es que el exceso de la misma hace que busquemos la penumbra, y por el contrario, el dominio total de la oscuridad será evitado con el más mínimo resquicio de luz. Una búsqueda que tiene lugar en los cuentos infantiles y en los escritos de índole más sagrada, por descontar cualquier tramo de experiencia humana que atraviese espesuras e incomodidades vitales. 

El libro, aborda su aproximación a través de varias pinturas —la más importante y desencadenante, Costa a la luz de la luna, de Caspar David Friedrich— y decide indagar en el aspecto más incómodo, pero acertado, que es la conciencia mal ajustada al flujo del tiempo. La conciencia del melancólico no vive únicamente en lo que está sucediendo, sino que también permanece en lo que se ha perdido, y a la vez en la espera de lo que ocurra, sea con temor o confianza. La persona melancólica no deja de mirar los interiores de los acontecimientos para que el aliento de estos les sea devuelto. Y así, una y otra vez, uno tenga que debatirse entre qué es lo que hace dudar entre razón y continuidad, entre la visión impasible ‘que nada separa un instante del otro; y la noche intemporal significa, a su vez, que la noche no existe’. Ante esa ausencia, sin embargo, ante cualquier otra que valga de ejemplo similar, ‘todo el mundo busca la oscuridad que tranquiliza’.

Nádas, que no esconde la dificultad de hacer entender a la primera sus razonamientos pendulares, procura al lector una sensibilidad especial para mimetizarse con la tonalidad negra —de lo nocturno que alude, pero la imaginación, ya en volandas, puede sumarse a la de los parques a la hora de su cierre, al lugar de las aguas del río donde las farolas no alcanzan a espolvorear sus centelleos— que carece de hilo narrativo, pues este está en la sucesión de apreciaciones y rizos que no quieren tampoco una concreción, una forma especial que haga de la melancolía, al fin, algo comprensible. No es su naturaleza. No reside así tampoco en nosotros. La demora y la formulación de su final abierto, como el firmamento a medianoche, no dará ni dependerá más de lo que uno quiera disponer de esa intemperie sentimental, más espiritual o más realista, creativa o destructiva. Guiados, siempre, por la apariencia de las sensaciones. De un lado a otro moviéndose. Como las hojas.