Alfaguara. Barcelona, 2026. 280 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El escritor mexicano aborda la era de la Inteligencia Artificial y sus consecuencias, sobre todo en la política, en una brillante distopía
Por David Lorenzo Cardiel
Imaginen una república, que no es tanto res publica como una monarquía con ecos ilustrados. Bueno, en realidad no tienen que imaginarla, son los Estados Unidos. Esa república-monarquía alcanza finales de 2026 con el colapso de su democracia. Pero tanto la Constitución como la Carta de Derechos no están diseñados para nuestro siglo. En tiempos de caos, inteligencia artificial y posibilidades biométricas, el derrumbe de la democracia estadounidense y, en la ficción, la caída y condena del presidente Trump aceleran al país a una ucronía donde el país norteamericano, y lentamente el mundo, comienzan a ser gobernados por algoritmos de IA.
El aclamado escritor y diplomático mexicano Jorge Volpi regresa a los escaparates libreros con una novela que recupera un cliché, la distopía, para transformarlo en una advertencia, quizá, tan sólo, en una sólida posibilidad de futuro inmediato. Me refiero a La República, editada en España por Alfaguara. En vez de imaginar un futuro lejano o despojado de un sólido anclaje referencial en la realidad, Volpi abarca el periodo de 2026 a 2041.
Más que imaginar, desarrolla una pregunta: ¿cuánto tardará la humanidad en entregarse a los brazos de la inteligencia artificial? En este caso, el autor mexicano parte de la caída del actual presidente norteamericano, Donald Trump. Con el país polarizado y dividido, un senador, Victor Monaghan Lively accede a la presidencia para acabar con el caos que se ha instaurado en el país. Su esposa, Igne Kayris, diseña una superinteligencia artificial, a la que se le otorga el nombre de Nick, con un único propósito: terminar con el caos, la violencia y la inestabilidad para edificar una república gobernada desde la racionalidad, la paz social y el orden.
A partir de esta premisa, Volpi toma una decisión narrativa que, bajo mi análisis, considero muy inteligente: a partir de seis divisiones y pequeños capítulos, ubicados en el tiempo y en el espacio, la novela evoluciona desde la elección de Lively hasta la nueva república consecuencia de la acción de Nick. De hecho, es la propia inteligencia artificial la que se convierte en la narradora principal de la obra. A esta evolución se suma un detalle muy inteligente: no es la inteligencia artificial quien toma el control a la fuerza, al estilo de la saga Terminator, sino que los primeros que la dotan de poder creciente son los seres humanos, comenzando por la pareja gobernante, Lively y Kayris.
El plan transhumanista va convirtiéndose, pronto, no en una superación de la condición humana —que, como sucede con la doctrina filosófico-política real, mira al ser humano como una máquina biológica desfasada y su condición, pobre e insuficiente: se trata de una nueva consecuencia gnóstica donde la trascendencia es material, no espiritual—, sino en una suplantación del ser humano y de su lugar en el mundo. Nick se convierte en una especie de espíritu-máquina que todo lo ve, lo escucha, lo predice, lo sabe; un oráculo que permite primero a los humanos adelantarse a los acontecimientos y, después, cuando el algoritmo adquiere consciencia moral, obrar como un organizador dominante.
La prosa dividida en capítulos breves, que va al grano de la acción es capaz de marcar un tempo narrativo que facilita que el lector se mantenga atrapado por la lectura de este libro. En una clara y acertada invocación de la inclinación natural humana por el cotilleo, el abanico de personajes reales que pululan por las páginas de esta novela, desde Musk hasta los Bush o los Clinton, por poner algunos ejemplos, dota de realismo a la trama, al mismo tiempo que permite sentirla próxima, plausible. Este es el culmen de la grandeza de La República: supera la distopía para construir una ucronía (confiemos en que se quede precisamente en una ucronía el mayor tiempo posible) absolutamente posible que suceda.
Es más, va a ocurrir. Quizá no de la manera en que se narra en esta obra de ficción, pero es lógico que ante la pérdida de un sentido de Estado, que ha de ser siempre sacrificial del ego del mandatario y servicial para con el resto de sus congéneres humanos, terminaremos por tecnocracias lideradas o cogobernadas por inteligencia artificial, y no sólo en el poder político, sino en el económico (en gran medida, ya ocurre), en la esfera del trabajo, del transporte, de la organización social, del control de masas, de una relectura trágica de la naturaleza biológica de nuestros cuerpos, el exaltamiento del negacionismo espiritual del ser humano y, finalmente, de la cuasi absoluta incapacidad humana para pensar, discernir y obrar cuestiones complejas sin el apoyo de una inteligencia artificial convertida en oráculo, en jefa, en mandataria, en deidad.
Muy probablemente, Igne somos la mayoría de la población, la misma que aplaude o ignora, bajo la excusa de la supervivencia diaria, la expansión no siempre bien controlada de la aplicación de la IA. Más de una y más de dos personas desearían que, ante tragedias y gobernanzas que no le inspiran fiabilidad, su responsabilidad como sujeto político fuese delegada a la decisión de un algoritmo, eso sí, de su conveniencia y su credo ideológico.
El problema es que también intuimos, por su proximidad lógica, que un mundo genuinamente transhumanista es un mundo frío, donde el humano se convierte en un residuo de la biología poco optimizado. Un mundo para pocos, huelga decirlo, donde los elegidos ya han impreso sus billetes a ese futuro.
¿Cómo no empatizar, desde la alegría lectora y la preocupación consciente de la posibilidad de un cumplimiento equivalente en la realidad, con el escenario y los personajes sobre los que se construye La República? No diré que estemos ante una obra maestra, por supuesto que no. Sí afirmo que la novela, de muy alta calidad en todos sus sentidos, merece una lectura serena. Hay imaginación, hay audacia y hay una evidente maestría, propia de un autor con la trayectoria de Volpi, pero también de un narrador incansable que va a seguir dándonos, espero, notables alegrías como la que les propongo descubrir, leer y juzgar.