En accidentes tan aterradores como el de Urda suelen influir causas varias. Parece claro que, en este caso, el mantenimiento ocupa el primer lugar. Ni se ha gastado el dinero suficiente ni se ha contado con los equipos de expertos imprescindibles para que no ocurriera lo que ha ocurrido. El responsable directo de la endeblez de los presupuestos es el ministro de Transportes, que no ha sido capaz de dimitir, verbo que la Real Academia Española podría suprimir del Diccionario por la falta de uso.
A la ausencia del adecuado mantenimiento hay que añadir como causante de la atrocidad que ha segado la vida de 169 personas y emborronado la imagen internacional de España, una de las lacras mayores de la administración sanchista: a Pedro Sánchez le traen sin cuidado los expertos. Coloca en todos los puestos, desde los ministerios hasta la menor de las empresas públicas, a socialistas caracterizados por la lealtad a su jefe, sean mujeres, sean hombres. No existe la excelencia. Todo el mundo sirve para todo, con tal de que sea fiel a Pedro Sánchez.
Y ahí está el resultado. El PSOE sanchista eliminó de la cúpula de Adif a los técnicos y los sustituyó por políticos incompetentes. Semejante error ha sido castigado por el destino con más de un centenar de muertos durante este año 2026. También con la incógnita de lo que pueda suceder. Y con el interrogante de la dificultad para devolver nuestra seguridad ferroviaria adonde ha estado siempre.
Antes que nada, los parientes, amiguetes y paniaguados están en el ánimo de Pedro Sánchez, que ha dedicado una parte sustancial de los Presupuestos Generales del Estado, no aprobados por el Congreso de los Diputados en los últimos cuatro años, a satisfacer a gentes sin mérito para ocupar los puestos en los que el sanchismo los ha instalado y que recorren desde una docena de ministras y ministros hasta millares de jefes de sección.
España se ha ganado a pulso lo que ha ocurrido porque ha encaramado la incompetencia en el poder, durante ocho largos años.