Opinión

¿Es posible la inocencia en este mundo?

TRIBUNA

Ricardo Franco | Martes 3 de noviembre de 2026

El mayor desafío al mundanal escepticismo es el de mantener un alma inocente; un alma que duerme a pierna suelta, a pesar de las infundadas problemáticas contra las que nada podemos hacer: política, odios, polarización, violencia, desastres naturales, que vienen a ser lo mismo e inoculan un miedo ancestral en la razón colectiva, de una generación a otra, cada vez más atemorizada y más (pre)ocupada con el patrocinio de milenarismos y absolutismos del fascio.

 En este contexto parece ilusorio plantearnos tener un alma sencilla en la que todo entra como un viento alegre de buena mañana y sale, como el frescor de una ventana abierta a la montaña. Un alma sencilla en la que no hace mella el paso de otros hombres, las heridas de otras manos, como pasa un escuadrón con sus botas embarradas sobre un camino. 

Sí, parecería ilusorio e irrisorio; tener un alma sencilla. El alma sencilla que vemos florecer a los diez, o doce años en un niño, en una niña que aún no sabe nada más que jugar y dolerse de cosas de niños, porque su corazón aún es inocente, y no ha sido aún conformado con el resto de corazones para competir contra molinos de viento laborales.

Sí, ese tipo de alma sencilla que sólo queda en unos pocos, pasados los veinte años, los treinta años, y aún no han sido tentados de hacerse más fuertes, más poderosos, más cínicos, más crueles y más malos de lo que ya creen ser.

Ese tipo de alma de sencilla que se ilumina en el rostro de una madre, cuando ve a su hijo por primera vez; y ese tipo de alma sencilla en el padre, que calla ante tal asombro; y el asombro llena el pensamiento cuando ese niño, esa niña, crece libre, con su propio temperamento y su propia fragilidad.

 Ese tipo de alma sencilla que ve el mar por vez primera y que todavía mira el infinito celestial con un silencio estremecido. Ese tipo de alma sencilla que cede el asiento al anciano, porque aún mira los acontecimientos de su entorno, y ese tipo de alma sencilla capaz de conmiserarse, de arrodillarse ante el dolor sagrado del otro, que aún no es invisible ante la mirada de alguien, hecho este ya tan milagroso…

Un tipo de alma sencilla que venza a la gravedad de todo aquello que anda mal en el mundo desde que es mundo, y que comprende que su preocupación apenas cambiara nada en medio de las acostumbradas y monótonas reacciones revolucionarias de cambios con sangre y asesinatos. Y ese tipo de alma sencilla cuando después, tal vez por obligación, tal vez por incapacidad, esa sencillez se difumina, esa capacidad de reconocer la belleza del instante desaparece y con esa desaparición, todo cuesta mucho más. Y el tiempo, las relaciones, el trabajo, las amistades —todo lo que constituye la existencia— aparece manchado por la amargura de la frivolidad, la caducidad, la fugacidad, la falta de intensidad, el deseo de dominio y, finalmente, la muerte de la inocencia; la muerte de las cosas bellas, ahogadas por la mentira. La muerte de todo lo bueno que antes se daba por naturaleza y, de mayores, sólo parece la mala copia de una buena vida. Y entonces, en vez de inocentes de espíritu, sólo encontramos en nosotros y en los demás a cretinos, a listos, a resabiados, a trepas, mentirosos, a cazarrecompensas y sicarios, a sonrientes piratas y bandidos de verdad, con su rostro torcido, con su doble intención, con su doble moral, con su escasa empatía, con su capacidad para romper y ensuciarlo todo, con su espada de doble filo, su lengua viperina y su dura vara de medir. Y la existencia entra en batalla, en guerra, en genocidio contra uno mismo, pues la víctima es uno mismo en este estado de entreguerras con el yo, el tú, el nosotros, ya disgregado en otros intereses distintos al de la inocencia —bendita inocencia—, que vemos suceder ahora en tan pocas personas, aún no hechas a la idolatría del dinero como libertad absoluta, o al pensamiento del derroche como plenitud, o al pensamiento bélico para la imposición de un discurso, una moda, un poder, un decreto sibilinamente legalizado contra esta inocencia en extinción, que señala sólo a algunos —tan pocos— como seres originales,  luminosos, verdaderos, buenos ciudadanos en una ciudad inmisericorde, donde el código de vestimenta es el mismo para todos y el comportamiento dista mucho de ser el más elegante.