Editorial

La estrategia de Sánchez ante el 29-N: si a los votantes no les gustan mis principios, tengo otros

EDITORIAL

EL IMPARCIAL | Jueves 5 de noviembre de 2026

Desesperado por el anunciado batacazo que le espera el 29-N, Pedro Sánchez ha hecho suya la famosa frase de Groucho Marx, “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. Ha descubierto que una cosa es contentar a sus socios golpistas, proetarras y de la extrema izquierda y, otra muy distinta, ganar las elecciones. Y es que, en realidad, su único principio se basa en el poder: primero, conseguirlo y, luego, amarrarlo. Los demás, no importa. Y ahora, a tres semanas de las elecciones, sólo le interesa obtener el mejor resultado posible.

Ha gobernado 8 años obsesionado por contentar a esos siniestros socios que le invistieron presidente del Gobierno para mantener sus apoyos parlamentarios. Y así ha demostrado su desprecio a los principios en los que basó sus campañas electorales. Prometió que nunca amnistiaría ni indultaría a los que intentaron dar un golpe de Estado, pero mintió e hizo lo contrario. También aseguró que nunca pactaría ni con Podemos, ni con Bildu. E hizo lo contrario. Se erigió, además, en un defensor de la Constitución y se ha dedicado a saltarse a diario la Carta Magna, precisamente, para contentar a los partidos que le apoyaban en el Parlamento. También se comprometió a presentar los Presupuestos puntualmente, lo que ha incumplido durante los últimos 4 años saltándose esa Constitución que decía defender.

No sólo eso. Ha asaltado las Instituciones con sus escuadrones más sectarios para controlarlo todo. Y desde esas Instituciones colonizadas, se ha dedicado a la propaganda en lugar de a gobernar. Y ahí está el resultado: España ha sufrido dos de los accidentes ferroviarios más mortales de la historia por falta de mantenimiento de las infraestructuras, por falta de inversión al dedicar el dinero de todos los españoles  a mantener el apoyo de sus socios con prebendas y transferencias de todo tipo. Ha fracasado en la gestión de la pandemia, en provocar el gran apagón en su obsesión por generar la energía más verde del planeta, ha abandonado y despreciado a los damnificados de la dana de Valencia o de los voraces incendios de cada verano y, como colofón, se ha compinchado con Marruecos para permitir que cientos de miles de inmigrantes azuzados por agentes enviados por Rabat, algunos yihadistas, invadieran Ceuta.

Pero, ahora, a la vista del resultado de sus fechorías, al comprobar que la mayoría de los españoles repudian al PSOE por tantos y tantos errores, Pedro Sánchez ha vuelto a los principios de antaño. Y quiere presentarse ante los votantes como un político moderado y centrado, dispuesto a trabajar por una España próspera y en paz. Y, aunque sólo por ahora y sólo aparentemente, ha abandonado esos “principios”. Ha cambiado el tono de la campaña electoral. Para empezar, ha escabechado al delegado del Gobierno de Madrid para poder desalojar la Puerta del Sol de los pandilleros radicales que la ocupaban. Pues ha descubierto que le perjudica electoralmente consentir la basura y la peste esparcida por los acampados o azuzar la violencia en las calles. Y en un día, la Policía ha conseguido lo que parecía imposible: dejar la plaza limpia y despejada.

Pero, lo más llamativo de ese cambio de principios acaba de ocurrir. Después de dejar caer a Óscar Puente, su sicario más fiel, ha nombrado a Carlos Cuerpo como su sustituto. Ha cambiado al bronquista oficial de las redes sociales por un ministro moderado que parece no haber roto un plato en su vida. Y el mismo día, ha encargado a Víctor Ángel Torres que despeje las playas y las calles de Ceuta de los inmigrantes más salvajes y, a ser posible, que los expulse a todos rumbo a Marruecos. En las tres semanas que restan hasta el 29-N, quiere hacer todo lo contrario de los que ha venido haciendo. Pues, aunque nunca lo reconocerá, ya asume que ha fracasado y que los votantes le dan la espalda masivamente. Y ese es el único motivo del cambio de chaqueta. O de principios.

Pero a nadie engaña. En el más que hipotético caso de que pudiera gobernar “hasta el más allá”, volvería a las andadas, a echarse en brazos de sus siniestros socios para formar otro Frankenstein, a atornillar el poder desde el desprecio a la ley, a pisotear la independencia judicial y a burlarse de la propia esencia democrática. A volcarse sólo y exclusivamente en su falsa propaganda. A mentir. Y, en especial, a desguazar la Constitución para intentar cambiar las reglas del juego y perpetuarse en La Moncloa.

La frase de Groucho Marx era una denuncia sarcástica a la inmoralidad de muchos políticos que carecen de principios, que cambian de opinión por falta de valores. Y, Sánchez, desesperado y acorralado, la hace suya para no ser arrollado en las urnas. Pero ya es tarde. Ya no engaña a nadie.

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