Hicieron todo lo que les pidieron. Estudiaron más que ninguna generación en la historia de Europa. Y a cambio les han dado un sueldo que no paga un techo, una habitación de niño a los treinta años y una clase política que se pasa el día apagando la luz del adversario mientras ellos se quedan a oscuras.
Sábado 24 de octubre, cinco de la tarde. Un mensaje en TikTok, sin firma ni pancarta, y en pocas horas Barcelona arde: barricadas, 33 incendios, 23 comercios destrozados. Los Mossos detienen a 128 personas. 73 son menores. Solo dos tenían antecedentes.
Detengámonos en esa cifra. Setenta y tres niños. Chavales que el lunes deberían estar en clase y el sábado acabaron en un calabozo. No eran delincuentes: eran hijos de alguien. Y en algún piso de Barcelona, esa noche, una madre esperó despierta una llamada que no quería recibir.
Nada justifica quemar un centro comercial. El fuego no construye un solo piso, y el comerciante que lo pierde todo suele ser tan precario como quien rompe su escaparate. Pero quien solo mira las llamas no ve lo que arde detrás.
En España, el 52,5 % de los jóvenes de 25 a 34 años tiene estudios superiores, frente al 44,8 % de media europea. Nunca, en toda nuestra historia, una generación había llegado tan preparada.
Sus padres les dijeron: estudia y te irá bien. Y estudiaron. Grado, máster, idiomas, prácticas sin cobrar. Cumplieron su parte del trato. Hoy, con treinta años, muchos siguen durmiendo en la habitación donde preparaban la selectividad, con los pósters de adolescente aún en la pared.
El salario medio de un joven en España ronda los 1.190 euros. El alquiler medio de un piso, 1.176. Vivir solo exige entregar el 98,7 % del sueldo. No queda para comer, ni para pagar la luz de casa, ni para soñar.
Solo el 14,5 % de los jóvenes de 16 a 29 años vive fuera del hogar familiar, el nivel más bajo registrado. En España se emancipan a los 30 años; en Portugal, a los 28,9; en Finlandia o Suecia, antes de los 22. No es que nuestros jóvenes no quieran volar. Es que les han cortado las alas antes de despegar.
En Portugal, la vivienda se ha encarecido un 180 % en una década. En Madrid, la chispa fue Maricarmen Abascal, una inquilina de 87 años que murió tras ser desahuciada. Por eso hay tiendas de campaña en la Puerta del Sol y en el Rossio de Lisboa. No es un capricho juvenil: es una herida que atraviesa a todas las generaciones.
En junio, el 23,4 % de los menores de 25 años en España estaba en paro: 456.000 jóvenes, frente al 15,5 % de media europea. Y quien encuentra empleo descubre que, ni con el título en la mano, le alcanza para encender su propia vida.
No es solo España. En Francia, un chico de 15 años perdió una mano en una protesta estudiantil. En Italia, un decreto permite detener preventivamente a menores sin que hayan cometido delito. En Serbia, los estudiantes se juegan hoy unas elecciones. Más de 3.100 detenidos en un mes. Un continente que responde a sus hijos con gases y toques de queda, en lugar de con respuestas.
El mensaje va para todos: los de un lado y los del otro, en Madrid, en Lisboa, en París y en Roma. A los políticos no se les eligió para decorar un escaño. Se les eligió para servir al pueblo.
Mientras una joven entrega casi todo su sueldo por tener una puerta que cerrar, el debate político se consume en el “y tú más”. En el escándalo del contrario. En el tuit afilado. En la comisión contra el rival. Llevan años compitiendo por ver quién apaga antes la luz del otro. Y mientras tanto, el país entero se queda a oscuras.
Basta. Es hora de que dejen de apagar la luz de los demás y enciendan la suya. Que se les vea brillar por lo que hacen, no por lo que destruyen del adversario. Que su luz se mida en hechos:
La política que solo sabe oscurecer al otro no ilumina a nadie. Una sola vela encendida da más luz que mil apagadas. Y esta generación, la que más ha estudiado, sabe leer los datos mejor que nadie: no se la deslumbra con un eslogan.
Huelgas de médicos desde el 28 de octubre. Huelga en Francia desde el 5 de noviembre. Huelga general en España el 11 de noviembre, con Portugal pensándose una huelga ibérica. Y elecciones generales el 29 de noviembre. Ese día no debería ganar quien grite más fuerte contra el otro, sino quien tenga una luz propia que ofrecer.
Porque detrás de cada cifra de este artículo hay un nombre. Una chica con máster que sirve cafés. Un chico que ha dejado de hacer planes. Una anciana desahuciada que ya no está. Y 73 menores que una noche de octubre confundieron la rabia con el fuego.
No piden milagros. Piden lo que se les prometió: que el esfuerzo valga la pena, que haya una luz al final del pasillo. A quienes gobiernan les toca decidir si la encienden o si siguen ocupados apagando la del vecino.
La historia no recordará quién ganó el debate. Recordará quién dejó a una generación entera a oscuras.