Cultura

Amor Brujo: tres mundos musicales para un concierto único 

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Domingo 8 de noviembre de 2026

El pasado sábado 7 de noviembre, tuvo lugar en el Auditorio Pilar Bardem de Rivas el segundo concierto de la temporada Amor, pasión y revolución. Con Amor Brujo, la Orquesta Sinfónica Alma Mahler dirigida por Lucía Marín brindó al público la oportunidad de escuchar unidos en un solo programa a una autora y a dos autores bien distintos geográfica, histórica y estilísticamente. De un lado, la música contemporánea representada en la compositora Laura Vega (Gran Canaria, 1978) con Más allá de los mundos IV (2026); de otro, el nacionalismo español —y concretamente el folclore andaluz— impregnado del impresionismo francés en El amor brujo (1915-1925) de Manuel de Falla (1876-1946); por último, la síntesis de los estilos representativos musicales en el siglo XVIII con la Sinfonía número 41 en Do Mayor K. 551 “Júpiter” (1788) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). El eclecticismo de estas tres obras quedó hermanado por el espíritu con el que fue concebido este concierto, perfectamente representado por la denominación de la citada temporada musical y encarnado por la diestra mano de la maestra Marin, que hizo sonar de manera impactante a la orquesta.

Comenzamos este recorrido por la pieza de Laura Vega, flamante ganadora el pasado septiembre del Premio Nacional de Música en la modalidad de Composición. El jurado encargado de otorgar el galardón reconoció “la personalidad y madurez de un lenguaje creativo que ha enriquecido de forma significativa la música española contemporánea”. Tres de sus obras orquestales fueron registradas en 2024 para el álbum Galdosiana Orchestral Works (IBS Classical), interpretado por la Orquesta Sinfónica de Navarra dirigida precisamente por Lucía Marín en su primer trabajo discográfico. La obra que se interpretó en el presente concierto, Más allá de los mundos IV, sorprendió por su vibrante mezcla de elementos, los cuales parecían traducir el lenguaje de la naturaleza —destacando el importante papel de los instrumentos de percusión— en una especie de comunión de sus espíritus. La herencia musical del Preludio en su menor Johann Sebastian Bach —en la transcripción pianística de Alexander Siloti— se dejó sentir en este poema sinfónico cuya inspiración literaria parte de un poema del escritor también canario Marcos Hormiga Santana (1957). El número de la partitura (IV), proviene de las múltiples transformaciones formales que la obra fue experimentando, pasando de ser un dúo para violín y piano (I) a progresar como trío añadiendo el violonchelo (II), ampliando la instrumentación a formación camerística (III) y, por último, adquiriendo su definitiva forma orquestal. Vega, que se encontraba entre el público, acudió al escenario para recibir una calurosa ovación tras la interpretación de su obra, fundiéndose en un sentido abrazo con Marín, que la había convocado. 

Seguimos nuestro análisis por otra obra que experimentó diferentes cambios en función de los distintos espacios donde se representó. El flamenco y el cante jondo despuntan en esta partitura para ballet de 1925 de la ya mítica obra El amor brujo del gaditano Manuel de Falla, uno de los compositores españoles del pasado siglo más queridos e interpretados dentro y fuera de nuestro país. De sus siete reconocidos números serán especialmente memorables sus danzas telúricas de llamas, encantamientos y amores dolidos. La temperamental intervención de la cantaora María Toledo —interpretando con auténtico desgarro las palabras ideadas por María Lejárraga, tanto cantadas como declamadas— y de la bailarina Carla Prado —que supo alternar los distintos momentos coreográficos con diferentes vestuarios de colores negros y rojos (recordándonos el fuego y lo espectral, tan presentes en la obra)— nos sumergió en la historia de la gitana Candelas, incapaz de olvidar a su antiguo amor ya muerto al que trata de ahuyentar mediante rituales sobrenaturales. 

Tras los distintos momentos tempestuosos fallianos, el broche de oro del concierto lo puso la última sinfonía de Mozart. Compuesta a la vez que sus dos sinfonías previas, la siempre contagiosa y lúdica alegría del maestro de Salzburgo llevó a que la sala se sumiese en una equilibrada atmósfera neoclásica, no exenta de ciertos sobresaltos que ya anticipaban la no tan lejana música prerromántica beethoveniana.  

Lucía Marín (Linares, Jaén, 1982) es una de las pocas directoras de orquesta del panorama musical español. Entre estas figuras cabría destacar, por ejemplo, a Elena Romero —primera mujer en dirigir una gran orquesta sinfónica en España—, Inma Shara —una de las directoras con mayor proyección internacional— o Silvia Sanz Torre —con una amplia trayectoria artística y pedagógica en la Comunidad de Madrid—. Sus nombres se unen a otros del panorama internacional, comenzando por la mexicana Alondra de la Parra —actual Directora Titular y Artística de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid—, la estadounidense Marin Alsop —primera directora en dirigir una gran orquesta estadounidense— o la australiana Simone Young —primera mujer en dirigir la histórica Filarmónica de Viena—. Marín colabora como directora invitada en la formación musical Alma Mahler, cuyo nombre no podía ser más significativo, pues pone en el podium a la célebre austriaca quien, además de ser la esposa de Alma Mahler, fue compositora y pianista —facetas arrinconadas por una sociedad misógina de la época—. Con el fin de reivindicar el repertorio orquestal compuesto por mujeres se funda la mencionada orquesta en 2023, siendo su director titular Jorge García Cuenllas. Con el entusiasmo y energía a los que nos tiene acostumbrados, Marín hizo brillar a la orquesta durante el concierto mediante su elegante y claro gesto. De este modo, nos hizo transitar de ese “amor” a la “pasión” y, finalmente, a una “pasión” desaforada, transformando dichos sentimientos en un in crescendo musical que logró arrancar el entusiasmo del público que abarrotaba el auditorio. Hizo también la directora de maestra de ceremonias en la presentación, describiendo las distintas obras a interpretar con verdadero ímpetu, sin olvidar la figura de la compositora madrileña Marisa Manchado (1956-2026), recientemente fallecida en la tragedia ferroviaria de Urda y a quien homenajeó con emotivas palabras finales. 

Por todo ello, este banquete para los sentidos que supuso Amor Brujo hizo de su tridente musical un único sentir: el de haber sido testigos de un acontecimiento único y a reivindicar en el presente panorama musical español.