Opinión

La oscuridad de la transparencia

TRIBUNA

David Porcel | Domingo 8 de noviembre de 2026

También hay oscuridad en la transparencia. La búsqueda de verdad, que se desprende incluso de los rincones hacia donde a tientas nos dirigimos, hastiados y apesadumbrados con tanto bombardeo informativo amedrentador, contrasta con la nueva oscuridad que recorre la sangre de mandados y mandatarios. Es la oscuridad de la transparencia, que invalida nuestros ojos, hasta el punto de volverlos inservibles, incapaces, incluso para ver. La transparencia, cuando es total, ciega. Y es que las nuevas armas –aquellas que son fabricadas y manejadas por los poderosos que hoy ponen y disponen- no están diseñadas exclusivamente para matar. Ciegan, incapacitan, invalidan, volviendo estéril el deseo mismo, el mismo que hacen entrar la luz en nuestras vidas, el mismo que vuelve frágiles las cosas hasta sólo poder amarlas y protegerlas. Decía hace sólo unos años Byung-Chul Han, el filósofo Premio Princesa de Asturias, que ningún otro lema domina hoy tanto el discurso público como la transparencia: “Esta se reclama de manera efusiva, sobre todo en relación con la libertad de información. La omnipresente exigencia de transparencia, que aumenta hasta convertirla en un fetiche y totalizarla, se remonta a un cambio de paradigma que no puede reducirse al ámbito de la política y de la economía.” (La sociedad de la transparencia, 2012)

La oscuridad de la transparencia no mata, porque si así fuera podría prevenirse con vacunas o antídotos, sino que mutila, anula, esteriliza. No hay vacuna contra la indiferencia y la apatía, que observamos cada vez que alguien absorbe una noticia o engulle una publicación. ¿Qué nos afecta verdaderamente hoy? ¿Qué conmueve hasta el punto de lastimar? El afecto, que une y reúne, es también otro de los grandes damnificados por esta exigencia totalizadora de transparencia, que suma adeptos sin reparar en la adicción. Pronto no se podrá responsabilizar la acción humana porque será indistinguible de la agencia artificial, o porque ya no tendremos ojos con los que poder jugar o estimar. Pronto la psicología moderna será cancelada por la inmediatez de las mal llamadas inteligencias artificiales, instaladas ya en el sillón y la manta. ¿Nos preocupan verdaderamente las repercusiones de los mundos maquinales, cuando los seguimos construyendo como si no hubiera un mañana y otros mundos no fueran posibles? ¿Nos asustan realmente los avances de la inteligencia artificial, en los que seguimos delegando la amistad y el pensamiento?

Y donde no hay afección, deseo ni discernimiento, no hay posibilidad para el ritual, la transición o transfiguración. «En el bosque el ser humano duerme», dice Jünger en La emboscadura (1951), cuando todavía el miedo era real y había refugios donde esconderlo. La noche ha desaparecido del camino, y con ella la posibilidad de emprenderlo. Muchos de los grandes mitos que alentaban a nuestros padres a contarnos sus cuentos cuando llegaban cansados del trabajo, bajo la manta siempre que abrigaba en las noches de invierno, o la sábana si era verano, siguen el mismo ritmo constituyente de la luz que despierta, la búsqueda que emprende y el fruto que transforma. La película se acababa aquí, porque sabíamos que el mundo era lugar inhóspito donde tendríamos que labrar palabras y recursos para hacernos un lugar en él, y quién sabe si trazar algunos puentes que nos acercarían el corazón de los demás. Pero hoy ya casi nadie cuenta. Ya casi nadie busca. Ya casi nadie ama. Ya casi nadie duerme, por si las moscas. La experiencia del arrojo, del abandono, del ser ahí, que decían los existencialistas Heidegger y Sartre, está ya sólo en los libros de quienes los quieren comprender. Ya no hay señales de piedra que guíen la noche.

Hace unos días decía el filósofo esloveno Slavoj Žižek, refiriéndose a las recientes oleadas de violencia protagonizadas por jóvenes, que todavía hay esperanza para no pasar a la acción, que sólo en la desesperanza el hombre actúa y pueden acontecer los cambios, del signo que sean. Para Žižek, la verdadera desesperanza —entendida no como una depresión paralizante, sino como la pérdida total de ilusiones en el sistema actual— es, paradójicamente, el único motor real para un cambio auténtico. Sin embargo, allí donde no hay deseo ni silencio que transitar hasta madurar y hacernos mayores, no hay esperanza ni desesperanza posibles.