Martes 06 de enero de 2009
La subida de los precios, la de la tasa del IPC, se ha corregido en el último mes del año en 9 décimas, lo que le permite al Gobierno sacar pecho sobre la buena evolución, al menos, de ese indicador económico. Aún se acuerdan los periodistas económicos del ridículo auto infligido por la vicepresidenta De la Vega el año pasado, cuando ante la alarmante aceleración de la inflación, que resultaba en diciembre en un mal dato, recurría a hacer la media de cada una de las tasas interanuales del año. Hoy, como el último dato de 2008 parece positivo, no recurre a tales artificios.
Y decimos “parece”, porque todos deseamos que, efectivamente, los precios no suban hasta erosionar nuestros bolsillos o la moneda que utilizamos como dinero. La inflación es un mal del que vienen advirtiendo los buenos economistas desde antiguo. ¿Qué mal hay, entonces, en que se reduzca?
Todas las crisis son distintas, pero todas mantienen ciertos elementos comunes. Uno de ellos es que su causa es monetaria, pues monetario es el impulso que lleva a inversiones sin respaldo y sin futuro sostenible. Y monetario, o crediticio si se prefiere, es también el elemento director de la crisis, aunque también acompañado de elementos reales. Lo característico de la crisis es que por un lado la liquidación de proyectos tóxicos y por otro la situación de insolvencia del sistema financiero, crecientemente evidente, llevan a la contracción del crédito. Y éste, a la bajada de los precios, o al menos a la moderación de su subida. El dato del IPC de diciembre en España, en línea con la tendencia en toda Europa, es el de los precios de la crisis. El crédito se contrae y los precios bajan. Más en los productos industriales (con caídas históricas en España) que en los de los bienes de consumo.
De modo que el Gobierno tiene que ver con preocupación, más que con regocijo, el último dato de IPC. Es la constatación de que la crisis está aquí. Lo que debe hacer el Ejecutivo es recibirla como llega y contribuir a que ésta sirva para ajustar la economía, limpiarla de tantas extravagancias acumuladas durante el Boom. Por desgracia, es dudoso que sea ese el camino que elegido.
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