Javier Zamora Bonilla | Martes 06 de enero de 2009
La política internacional del último siglo ha sido un completo fracaso porque ha estado basada en principios nacionalistas decimonónicos, cuyas consecuencias ya eran conocidas cuando la Liga de Naciones y más tarde la Organización de Naciones Unidas echaron a andar. La Gran Guerra fue el resultado de esas políticas nacionalistas, pero no supuso ninguna solución como evidencia que veinte años después el mundo cayera en otra guerra mundial, ahora aderezada con nuevas ideologías totalitarias como el fascismo y el comunismo.
El proceso colonizador a que dieron lugar esas políticas nacionalistas exportó los problemas generados en el mundo occidental a otros continentes, con resultados igual de catastróficos, muchos de los cuales todavía están por afrontar en Asia y África. El irresoluble conflicto entre Israel y Palestina, cuyo origen inmediato está en la política de descolonización iniciada por Gran Bretaña en 1917, que desembocó en 1948 en la creación del Estado de Israel, es una muestra evidente de lo dicho. Lo que se planteó como una solución viable para resolver el problema de la costosa gestión de un imponente imperio colonial británico sólo se ejecutó ya en un entorno histórico distinto y desde la base internacionalista de la ONU, tras el impacto emocional (¡no podía ser de otro modo!) que causaron los campos de exterminio nazis. Hay que reconocer que fue un error, pero que hoy es muy difícil dar marcha atrás. La ONU, con una fuerza de intervención internacional suficientemente financiada, debe garantizar la existencia de dos Estados autónomos y los medios de vida de Palestina. Y esperar que dentro de treinta, cincuenta o cien años ambos pueblos hayan cicatrizado sus heridas y se den cuenta de que la convivencia pacífica es siempre mejor para todos.
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