Martes 06 de enero de 2009
Ya es oficial. Chávez se quiere perpetuar en el poder y así lo ha hecho saber. Pero no desea hacerlo solo. Así, el presidente de Venezuela y líder del PSUV -partido socialista venezolano- se mostraba partidario de que la reelección indefinida no sea exclusiva del mandato presidencial. Esta prerrogativa se haría extensiva a todos los cargos de elección popular en el país, como los gobernadores, los alcaldes y los diputados regionales y nacionales. No es difícil entenderlo. Acaban de cumplirse 10 años desde que Hugo Chávez se hiciera con el poder en Venezuela. 10 largos años en los que el país ha visto cómo las libertades públicas eran recortadas, la judicatura controlada y la inseguridad ciudadana se incrementaba -más aun, si cabe- se cerraban medios de comunicación críticos con la gestión del líder bolivariano y la imagen de Venezuela se deterioraba ostensiblemente. Además, pese las enormes reservas de petróleo con que cuenta el país, el empobrecimiento de la sociedad venezolana es un hecho creciente. Sociedad en la que, con la llegada al poder de Chávez, ha visto cómo se producía el ascenso de una nueva élite “chavista”, en detrimento de lo que era el auténtico sustento social de Venezuela, su clase media. Los chavistas tienen acceso a subvenciones varias, se mueven con total impunidad y su sola presencia es un peligro para quien ose enfrentarse a ellos. Ser chavista en Venezuela es una auténtica patente de corso. Son “los suyos”. Y junto a ellos quiere iniciar esta andadura hacia un régimen totalitario y perenne.
Chávez ya ha empezado a engrasar su maquinaria, con vistas a la consulta popular de febrero.. Los últimos comicios los perdió por un estrecho margen -que, de haber sido totalmente limpios, habría sido mucho mayor- y no está dispuesto a cosechar una nueva derrota. De aquí a entonces la sociedad venezolana padecerá el bombardeo de sus tediosas consignas, repetidas hasta la saciedad por unos medios de comunicación prácticamente domesticados. La oposición tiene ante sí una ardua tarea. No competirá en igualdad de condiciones, será amenazada y, a todo ello, habrá de sumar las múltiples irregularidades electorales que a buen seguro se reproducirán. Pero no por ello debe abandonar su lucha.
Conviene recordar, no obstante, que la llegada al poder de Chávez se produjo democráticamente. Bien es verdad que parte de los que entonces le votaron hoy se lo pensarían dos veces antes de volver a hacerlo. Pero no puede obviarse que uno de los mensajes más importantes que la sociedad venezolana lanzó con la elección de Hugo Chávez fue que estaba hastiada de los partidos tradicionales, ADECO y COPEI, inmersos en una endémica marea de corruptelas. Tal situación, lejos de haber mejorado, no ha hecho sino cambiar de bando, al chavista, y con mayor virulencia aún. En otros países del mundo, la oposición a un régimen ominoso se moviliza y obtiene resultados. No en Venezuela. Los oponentes a Chávez han sido incapaces de presentar un frente unitario y organizado. No basta con caceroladas en la plaza Altamira de Caracas. Hay que hacer más. Caso contrario, será el “pueblo soberano” -expresión de Simón Bolívar repetida a todas horas por Chávez- quien decida seguir como está. Y si es así, habrá que respetar lo que salga de las urnas. A no ser que los venezolanos voten masivamente “no”, en una cantidad lo suficientemente elevada como para que no pueda maquillarse, Chávez y los suyos seguirán. De ellos depende.
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