Juan José Solozábal | Miércoles 07 de enero de 2009
A veces buscamos intencionadamente la patria feliz de la infancia. Lo hacemos cuando regresamos al lugar de la misma, aunque el sitio que encontremos no coincida con el que recordamos, pero imponemos con facilidad la imagen de nuestra memoria al rostro deteriodado de la realidad. En otras ocasiones el tiempo dichoso, la idea que del mismo conservamos, vuelve, lo acaba de advertir Javier Marías, cuando nos encontramos con amigos de entonces con los que reanudamos, al menos durante un rato, el diálogo que la vida inevitablemente ha interrumpido.
La noticia de la muerte del Padre Zabala que leo en los periódicos me resitúa en los años de colegio, cuando quizás no las convicciones, pero si las actitudes vitales quedan perfiladas. El joven jesuita residía en el colegio, pero no estaba integrado en las tareas ordinarias docentes, pues dedicaba su tiempo, ya lo sabíamos entonces, a recoger testimonios del folklore vasco en el ambiente rural de la provincia. Se trataba , pues, de una especie de liberado que la Compañía tenía en el colegio que compatibilizaba su dedicación entre la impartición de sus clases y el cumplimiento de una vocación propia que la Orden liberalmente respetaba y fomentaba. Zabala, por otra parte todavía en agraz en aquellos años, no era el único caso de tal especie que existía en el colegio. Todos sabíamos que el Padre Errandonea era un especialista mundialmente reconocido en Sófocles, y en el mismo recinto donostiarra cabía el renombrado autor de una monografía sobre la política exterior de los Austrias o algún exitoso experto en técnicas de marketing americano, por no referirme a un brillante teólogo, que después también nos admiraría por el coraje de su testimonio, el Padre Tamayo Ayestarán. No es el menor de los logros de la educación que recibíamos, cuyo recuerdo ahora tal vez algo deformadamente evoco, la ocasión que se nos deparaba, cuando todavía éramos unos niños, de departir con aquellos sabios que rompían con las lindes, no siempre establecidas de modo justificado, entre la enseñanza superior y la del bachillerato.
El Padre Zabala ha dedicado toda su vida al estudio de la poesía popular vasca, recogiendo muchas “kopla zaarrak” o versos viejos, que sin él se habrían perdido. Se trata de testimonios imprescindibles que reflejan con su mentalidad correspondiente los diversos momentos de la vida del campesino, sobre todo del guipuzcoano, ilustrando en su caso sobre su actitud política y de los que ya existían cancioneros establecidos por algunos folkloristas como Lecuona , Azkue o Donosti. A la vida de la ciudad, y preferentemente desde una perspectiva liberal, se referían los versos ya de autores conocidos, aunque de amplia difusión popular, como ocurría en el caso de Bilintx (Indalecio Bizcarrondo, antepasado de la historiadora Marta Bizcarrondo ) o de Serafín Baroja, abuelo de Julio Caro.
No he seguido los avatares profesionales del Padre Antonio Zabala, reconocidos tanto por su pertenencia a Euskalztaindia (La Academia vasca de la Lengua), como por el hondo pesar que su desaparición ha producido en toda Euskalerría, pero aprecio en su labor a favor de la cultura vasca una generosidad y apertura que debieran ser las señas del vasquismo de nuestros días y que yo percibí bien claramente en el ambiente donostiarra de mi formación preuniversitaria.
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