Jueves 08 de enero de 2009
Finalmente, el presidente electo, Barack Obama, rompió su silencio acerca de la guerra en Gaza, expresando su “profunda preocupación” por la pérdida de vida de tantos civiles en la ofensiva israelí en la franja de Gaza. Tras la insistencia de los medios para que hablara sobre el tema, Obama ha “justificado” su postura y su ausencia del escenario apelando al principio de “un presidente a la vez”: según el futuro presidente, debido a la importancia del tema, en este momento sólo el actual mandatario, George W. Bush, está legitimado a ser la voz de la política internacional de los Estados Unidos, mientras sus opiniones alrededor del conflicto serán públicas después de que asuma la jefatura, el próximo 20 de enero.
Sin embargo, el silencio del nuevo inquilino de la Casa Blanca preocupaba, ya que algunos le acusaban de indiferencia: después de haber comentado la crisis económica en detalle, el necesario rescate de la industria automovilística norteamericana e incluso de haber opinado sobre los reciente atentados de Bombay, la ausencia de su voz sobre la escalada de violencia en la franja de Gaza iba generando las primeras especulaciones. De todas formas, sus palabras han sido escasas y muy prudentes. No obstante demuestran que el futuro presidente de los EEUU es consciente que, tras la investidura, tendrá “mucho más que decir”.
La nueva administración deberá dedicarse de forma eficaz y consistente a buscar una solución a los conflictos presentes en el Medio Oriente. El estatus de las fuerzas norteamericanas en Iraq, la preocupación ante un Irán en plena “carrera nuclear” y el reciente desencuentro con Siria tras una incursión estadounidense en su territorio aumentan las preocupaciones de los EEUU en la región y se suman a la necesidad de buscar una paz entre israelíes y palestinos lo más pronto posible.
La búsqueda de una solución a la “cuestión medí-oriental” debe representar una de las prioridades de Obama: en primer lugar, los Estados Unidos deberán refutar la impresión que no posean una verdadera estrategia para estabilizar Oriente Medio. Secundariamente, Obama deberá buscar nuevos equilibrios en el área, operando un cambio en su política local, apostando por el diálogo como el mejor camino para acabar con los conflictos existentes en la región. Finalmente, los Estados Unidos deben asumir un “papel constructivo” en las negociaciones entre Israel y Palestina: este último representa el punto más delicado ya que en los últimos tiempos, la voluntad de acabar con el extremismo islámico de Al Qaeda, la implicación en Iraq y Afganistán han llevado a los Estados Unidos a “ignorar” el conflicto árabe-israelí. Sin embargo, la política estadounidense no puede limitarse a pedir un alto al bombardeo de Gaza y que Hamas detenga sus cohetes, sino debería plantear una estrategia que persiga un pacto duradero, sostenible e indefinido. La marginación social y política de Hizbulá y Hamas –que practican un terrorismo indiscriminado y propagan a los cuatro vientos su voluntad de acabar con Israel- puede realizarse sólo y cuando se le presenta una alternativa; en caso contrario, estos actores se fortalecerán y se aprovecharán de los errores de una política exterior tan discutible como ineficaz. No se pueden esperar milagros, pero sí es lícito desear una actitud dialogante –a la par que contundente y decidida- y que los esfuerzos del futuro presidente sean para llegar a un acuerdo tras seis décadas de un conflicto que envenena mucho más que la región.
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