Artemio Benavides | Viernes 09 de enero de 2009
Aunque es difícil precisar lo que ‘Kafkiano’ significa, quizá sea permitido señalar que por ello se entiende esa invasión de lo sombrío y horrible en cada uno de nosotros, de la presencia del homicida que llevamos dentro y, en fin, ese macabro sometimiento de las gentes a un destino indescifrable.
Claro: nos referimos al enorme número de homicidios debidos al narcotráfico y a su montante presencia de dicha organización en otros rubros: venta ilícita de videos, exacciones a empresas medianas y pequeñas, secuestro y robo (ya de mercancías o de ganado) y de extorsiones (sean de antros u otros giros). Y hasta de su dominio de ridículos certámenes de belleza que culminan en ese novedoso asunto de una “reina de la belleza del mar pacífico Norte”.
Debemos confesar que Franz Kafka nos parece un novelista deslumbrante pero misterioso, con una obra fragmentaria, de parábolas insólitas pero que se antojan inacabadas. Walter Benjamín, un judío lúcido e infortunado, sospechaba un tanto de la creciente fama y leyenda que Kafka cosechaba. Y decía que su obra dispersa podría convertir a Kafka en otro de esos genios despreciados y, al mismo tiempo, santificados que dejan un rastro confuso.
Y todavía no conocemos lo que Kafka dejó a su amigo Max Brod, un sionista consumado, que legó muchos manuscritos del judío checo (o mejor, de Praga) que, aún estos días, deben estar peligrando en Tel Aviv o Jaffa, con el conflicto de Gaza. Lo que se antoja, ahora, una broma de pronóstico reservado.
Hay, tal vez, una visión radical en Franz Kafka, de acuerdo a Walter Benjamín, que dispensa una problemática muy extendida hoy por hoy: ese sentido de fracaso constante en los asuntos humanos. Pero el fracaso, como la derrota, tiene sus lecciones. Y a nuestro entender la más reciente es la creencia que las revoluciones no traen la dicha a los pueblos sino que el progreso se alcanza debido a las reformas y a la evolución sensata en las problemáticas políticas.
Quizá México o tal vez buena parte de los mexicanos, hemos entendido ese mensaje que nos dejó el breve, cruel siglo XX. Lo que comporta, por supuesto, una entrega más decidida a la búsqueda en los difíciles caminos democráticos de mayor pluralismo, avance de la transparencia creciente de gobierno y las corporaciones arcaicas de pretérito autoritario.
Tal sería el mejor deseo para este ‘feroz Año Nuevo’ del milenio que parece debutar con esperanza: en la economía, en el desarrollo humano y en otros rumbos, a pesar del fracaso en Wall Street, en el Oriente Medio, en Cuba y Venezuela. A pesar, sí, de todos los pesares.
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