Opinión

Toreros del invierno

José Suárez-Inclán | Domingo 11 de enero de 2009
Está nevando. La percepción del mundo cambia cuando nieva. La tierra parece entrar en trance místico y nosotros con ella; cuanto somos, cuanto nos sucede, se torna contingente porque el tiempo se congela y una fuerza inconsciente nos transporta al silencio antiguo y blanco de las glaciaciones. Está nevando y los toros desaparecen —“los toros con sol y moscas”— pese al temple que se apodera de cielos y campos. “Si templa, nevará” —se despedía anoche Gregorio en la puerta de jubilados del Centro Social del pueblo. Y paró el frío, templó el aire y mandó la nieve. Cayó templando como una muleta milagrosa, y entonces aparecieron, sigilosos y elípticos, los toreros del invierno.

Toreros blancos y silentes, como José Tomás, de tierras de granito, quedo e invernal como ellas. Sierras madrileñas donde el mugido es vaho, pastos duros por donde anduviera Serranito antes de cuajar los pablorromeros de su sanisidro épico; sotos y lomas de Colmenar, donde vibra la muleta ajustada del Inclusero y sangra aún la herida en el corazón abierto del Yiyo.

Toreros de las tierras viejas castellanas, el segoviano La Serna, pionero apasionado de las manos bajas, la promesa apabullante del cántabro Félix Rodríguez, que desapareció por descuidar sus articulaciones yertas; toreros pertinaces, que iban creciendo, reposándose como la nieve del invierno abulense y trágico de Julio Robles, de la niebla gélida del Pisuerga de Roberto Domínguez, o del campo charro y bravo del Capea. Seriedad helada y salmantina del Viti, al que gustaba vestir de blanco.

Blanco de la seda goyesca de Antonio Ordóñez, blanco de cal de Ronda, que adivina el mar desde La Torrecilla, la cumbre blanca que aparece en el invierno de la serranía. Toreo blanco de vestido blanco, toreo albar, alejado de ese otro, florido y bullidor, blanco de mayo, de primera comunión, con que alternaba en el ruedo el angélico Teruel, pincel de Embajadores, de sonrisa fácil y sabia muleta con aroma a nardos.

Toreo cabal, de tierra adentro, misterioso bajo la capa blanca que espera la resurrección de primavera. Toreo cristalino y recio, congelado en los pies, dolido de engañar al toro en el engaño. Toreo de la oculta pasión del mundo tímido, siempre a punto de romper con su sigilo. Toreo madrileño y blanco de Antoñete, de mechón blanco, con el toro blanco; toreo de Madrid en las canas breves del implacable Marcial, en la cabellera galana del Estudiante que aún “mueve, esparce y desordena” el aire del recuerdo a orillas del Henares, en los sesenta inviernos del torerísimo Frascuelo, en la añoranza de capotes y muletas de José Miguel Arroyo, Joselito.

Nieva en la Mancha y sobreviene el silencio en la cabeza nívea de Domingo Ortega, con la precisión de pases de Dominguín. Cae una nieve hermosa e insonora como la del toreo de aquel Cortés, Sebastián, el de Albacete, o aquel otro, Manolo, el sevillano.

Sopla el viento del este. El temporal impide viajar hasta el Mediterráneo. Nos viene a la memoria el toreo aún enigmático de Castella, que hiela y enciende la sangre, o la frialdad aparente de Juan Bautista, que estalló como una nevada en un otoño en Las Ventas. Tampoco podemos llegar a los asientos siempre reservados a Manzanares, a Ponce…, un lugar para la estética levantina, tan fácil, tan perfecta, que a menudo nos confunde, como el cielo hiperbóreo de hoy.

Nieva en el corazón, en todos lados; llega el frío y paraliza Extremadura como se paraliza la muleta valerosa de las figuras cenceñas de Perera y Talavante; viaja la nieve boreal del toreo hasta Linares, silenciosa y templada en las muñecas de Curro Vázquez —los naturales, a Despeñaperros; los derechazos, a Sierra Nevada—; aparece el hielo en la Córdoba del monstruo Manolete y los califas; se pasea el recuerdo nevado en las franelas de Camas, entre el aroma de Romero y la profundidad dorada de Camino; caen copos amortiguados, de resonancias antiguas, sobre el Cid, sobre Cepeda, y se detiene el temporal en la marisma sanluqueña, en la mirada curiosa y muda de Paco Ojeda, que hablaba con los toros.

Toreros de nieve, toreo sincero y silencioso, sin trampa ni cartón.

Nieva hasta en Jerez, y a Rafael de Paula le ha sorprendido en el campo toreando, soñando pases siderales e imposibles que acompaña en secreto con la mano; pensando, diciendo “la música callada del toreo”.

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