Opinión

La tierra prometida

Javier Rupérez | Lunes 12 de enero de 2009
Desde hace sesenta años, desde el comienzo de la existencia del Estado de Israel, sus ciudadanos han mantenido una aguerrida y feroz defensa contra las diversas embestidas árabes, no menos aguerridas ni feroces, que perseguían su desaparición. Han sido miles las bajas en la contienda, que todavia continúa, e incontables los quebraderos de cabeza para propios y ajenos en una comunidad internacional que lleva ya muchos años -sesenta exactamente- preguntándose si el conflicto tiene alguna solución. Con motivo de cada nuevo estallido de violencia, que siempre cobra el carácter finalista y apocalíptico del precedente, responsables políticos, líderes religiosos y comentaristas de toda laña, con irritación y cansancio apenas disimulados, repiten argumentos, ensayan soluciones, llaman a la calma, lamentan la pérdida de vidas y haciendas y, al final, manifiestan de nuevo su desesperación. No suele desembocar esta en un sentimiento neutral a pesar de todas las matizaciones que el caso requiere: en contra de los mejor intencionados deseos de evitar simplificaciones, cada cual acaba por tomar partido. En el fondo es lo que los contendientes persiguen: lanzarse al abismo en la calurosa compañía de sus incondicionales.

El reciente episodio de Gaza es el ultimo capitulo por ahora de esa guerra mortal. Sus términos no son exactamente los que condicionaron las refriegas anteriores. Israel admite la existencia de un Estado palestino y un número mayoritario de paises árabes estarían dispuestos a reconocer la existencia del Estado de Israel. Los términos más espinosos de la negociación final –el trazado definitivo de las fronteras, la capitalidad de Jerusalén, el realojo de la población palestina desplazada- no constituyen ya obstáculos conceptuales imposibles en el camino hacia la convivencia de los dos Estados. Los esfuerzos realizados por Clinton en Camp David a finales del año 2000 –luego insensatamente rechazados por Arafat- y las mismas, aunque tardías, declaraciones recientes de Ehud Olmert, el dimisionario primer ministro israelí, revelan hasta que punto el camino podría estar expedito para logar un acuerdo definitivo y pacifico. Siempre que, como ahora, el habitual frente del rechazo no se muestre de nuevo dispuesto a emprender todas las provocaciones necesarias para hacerlo descarrilar. Y sabemos quién se encuentra en el frente: Hamas, Hizbollah, Irán, y todos los seguidores de las sangrientas “jihads” islámicas que en el mundo son. Sus intenciones, reforzadas por el imparable camino de Teherán hacia el armamento nuclear, tienen alcances cataclismaticos y contemplan en aniquilamiento del Estado de Israel como primer escalón hacia la construcción universal de la “sociedad de los creyentes”.

Es ese el punto en donde la proclamación de la simpatía por la causa israelí no debería admitir dudas politicas o vacilaciones morales. Las críticas al supuesto carácter “desproporcionado” de la respuesta israelí, la utilización de o la adhesión al calificativo de “genocida” al pueblo judío – -¡al pueblo judío!-, las cuidadosas equidistancias en cualquiera que no tenga puramente funciones humanitarias o religiosas, las mascaradas sedicentemente pro- palestinas, que acaban trocándose en lo que son, muestras terminales del mas primario y violento antiamericanismo, terminan por situarse en el sitio que les corresponde: al lado de los asesinos del 14 de marzo en la estación de Atocha, en la proximidad de los valientes gudaris vascos de ETA y en el revoltijo antisistema de los que al final tienen la tentación de negociar con los terroristas. En cada renovado ataque contra Israel se dispara un punto mas arriba la histeria antisemita de las sociedades occidentales. Los que consciente o inconscientemente a ello se prestan deberían pensar en el último sentido de sus acciones. ¿Alguien quiere reeditar las expulsiones y progroms de siglos pasados; o electrificar de nuevo las alambradas de Auschwitz; o continuar con el ejemplo infame de Haj Mohamed Amin el Husseini, el Gran Muftí de Jerusalén, amigo, colaborador y huésped de Hitler en Berlín durante la II Guerra Mundial?

El Estado de Israel no es el reino de Dios en la tierra y sus defectos, como los de cualquier otra sociedad, deben ser debatidos en igualdad de condiciones. Es urgente que los balbuceos estatales del pueblo palestino culminen pronto en una configuración viable, democrática, próspera y en paz con sus vecinos israelíes. Imprescindible que unos y otros reciban de todos los miembros de la comunidad internacional el reconocimiento debido a su voluntad soberana. Los que hoy se lo niegan a Israel son los bárbaros del tiempo presente. Frente a ellos solo cabe coraje, y firmeza.

Importa saber lo que nos va en el empeño: un determinado sentido de la vida, estrechamente ligado al goce de la libertad. Ni más ni menos.

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