Opinión

En defensa de Magdalena Álvarez

José Antonio Sentís | Martes 13 de enero de 2009
Después de un concienzudo repaso a la hemeroteca, desde la reciente a la veterana, se puede concluir sin mucho esfuerzo que hay unanimidad en la crítica a la actual ministra de Fomento y anterior consejera andaluza de Economía, Magdalena Álvarez.

Las invectivas de los contrarios son lógicas: chula, soberbia, prepotente, provocadora… Y las de los propios, también nerviosos con la ministra, no son menos lacerantes: no sabe hablar, se expresa a trompicones, no se prepara sus comparecencias, deja la imagen del Gobierno por los suelos… Y las del pueblo soberano, cuando sufre alguna consecuencia de su gestión, tampoco son generosas: no acierta una, no prevé los problemas, echa la culpa de sus errores a los ciudadanos…

Un cúmulo de críticas que le vienen a la ministra de Fomento desde su etapa en Andalucía, cuando puso en serios aprietos a Chaves (como con la bronca de las Cajas), que hizo al presidente autonómico incluso despertarse de su eterna siesta andalusí. Razón por la cual, dicen, el presidente del PSOE le endosó la criatura (junto a la no menos inefable Carmen Calvo) a Zapatero, preocupado éste por encontrar mujeres para su proyecto de paridad.

Demasiada unanimidad para no buscar un resquicio de elogio para la ministra. Por ejemplo: puede entenderse como soberbia, cuando realmente es espontánea. No es que no sepa hablar, sino que se expresa de forma coloquial, para que la entiendan en su pueblo. No acierta en la gestión de su departamento, pero ella no puede ser culpable de que no luzca el sol, de que algunos aeropuertos españoles sean muy grandes o que el suelo bajo el que pasa el AVE no sea lo firme que debiera exigirse a todo suelo que se precie. No es responsable, por supuesto, de una tormenta de nieve, cuando todo su Gobierno lleva alertando del calentamiento global durante el último lustro.

A cada uno le toca un papel en la vida y en el Gobierno. A la ministra de Fomento le corresponde ser el pim pam pum, para que la gente no vea lo pésimo de otras gestiones ministeriales. Sin ir más lejos, el ridículo de Moratinos en su viaje negociador por Oriente Medio, para ver si Zapatero se lleva una medalla a guerra pasada en mitad de las negociaciones de verdad por el alto el fuego, que está llevando básicamente Sarkozy. O el ridículo de los planes automovilísticos o energéticos de Sebastián. O del papelón (y éste sí es el definitivamente preocupante) de Solbes, cuando no tiene empacho en decir, este mismo martes, que todavía habría que corregir a peor sus ya de por sí catastróficas previsiones de déficit público para España. O la del propio Zapatero, cuando reconoce, también este martes, que su fantástico plan de rescate del sistema financiero no ha llevado un euro a los bolsillos de los ciudadanos.

No son pocas las razones para defender a Magdalena Álvarez, aunque este modesto columnista se sienta un poco solo en el empeño. Pero es fundamental que se resalte la excelencia de ese ejercicio ministerial. Pues es sabido históricamente que jamás un ministro es destituido por las críticas públicas. Porque lo que ningún presidente del Gobierno admite en esta política nuestra es que se le ponga en entredicho una decisión y se le imponga una actuación.

Por eso, Zapatero respalda con fiereza a Magdalena Álvarez. Y no la despedirá, aunque ni un solo coche pueda circular por las carreteras o aunque el Aeropuerto de Madrid se cierre por una década, en tanto no se entienda como una decisión personal y no impuesta por la opinión pública.

Por eso es imprescindible una defensa cerrada de la ministra de Fomento. Y, a continuación, de los mentados Moratinos, Sebastián y Solbes. Y, que no se me olvide, del ministro del Paro, Corbacho. Incluso, ya al borde del suicidio, el apoyo a Bibiana Aído.
Hay que defenderlos a todos, porque, si no, Zapatero los mantiene. Hay que organizar una recogida de firmas en defensa del oprimido pueblo ministerial, tal vez una manifestación. Quizá, sólo quizá, con todo ello, se consiga que la incompetencia más palmaria salga del Gobierno.

Para tal misión, empiezo con entusiasmo a plantear el apoyo sin fisuras a Magdalena Ávarez, esa mujer espontánea y solvente, luz del Gabinete, gallardete del Gobierno, impronta del Ejecutivo, símbolo del zapaterismo. Y, como se descuiden los demás ministros, también estoy dispuesto a elogiarlos.

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