Carlos Loring Rubio | Martes 13 de enero de 2009
Los medios atienden estos días a una extraña campaña publicitaria, en la que se hace apología del ateísmo. Los anuncios, ubicados en los soportes publicitarios de los autobuses urbanos públicos de la EMT de Madrid, como lo fueron antes en Londres o Barcelona, esgrimen el lema: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Juan José Millás hace mofa a través de una narrativa envidiable de este asunto, aunque quizás desconozca que, la camiseta que porta su musa, hace propaganda de la secta raeliana, la cual cambia a Dios por los alienígenas. Pero acaso Millás tenga razón en una cosa, en que negar a Dios es darle importancia. Este movimiento nihilista, que supone una nueva liberación para los que lo profesan, es tan arcaico, que ya no sé si quedan huesos sin polvo de los cadáveres de Hegel y Nietzsche. Como toda acción tiene su reacción, fervorosos católicos se plantean el mismo tipo de campaña en sentido inverso.
Creer que en la época actual el lema podría resultar provocativo es algo más que ingenuo, no obstante, los autores parecen creer realizar una acción a favor de lo que se les aparece como aplastantemente lógico. Es de resaltar como, sin embargo, han asumido la suficiente cautela para añadir “probablemente” a la soflama, cosa de agradecer, aunque también otorga a sus creadores un halo de cautela que beneficia a su argumento. Analizando el resto de la frase propagandista, no dejo de sorprenderme de que se considere que, por el hecho de ser creyentes, las personas estén más preocupadas respecto de las que los que no lo son o que dejar de profesar amor al prójimo, mediante ayuda desinteresada o, incluso, no realizar el intento de amar al enemigo (aspecto, este último de amar al enemigo, que diferencia el cristianismo del resto de religiones) pudiera producir un mayor disfrute de la vida, sino que, por el contrario, haría a la persona más mezquina y miserable con respecto a los demás.
El promotor de la campaña es la Unión de Ateos y Librepensadores (UAL), que entre sus actividades están las de la defensa del ateísmo y el laicismo. Esta asociación debe relacionar el cristianismo, y más concretamente el catolicismo, con poses y actitudes del pasado, en lo que pudiera parece más bien revanchismo de confrontaciones ya superadas, aunque, por otra parte, pudiera otorgárseles la mejor de las voluntades. En cualquier caso, no se debe olvidar que, tanto regímenes anteriores, como algunos propios de la Iglesia, en nada se acercaron a la significación de esta religión, ya sólo fuera en la pose o en la apropiación indebida de sus símbolos. Se debe entender que, de igual manera, hace falta el mismo esfuerzo para ser ateo que para ser creyente, que el ateísmo es una creencia, una religión. Así mismo, desconocer, que ante el panorama de la España actual, ser católico es ser un gran librepensador, supone una enorme injusticia. Por otra parte yo, como católico, creo en el laicismo. No creo que pueda imponerse o adoctrinarse en ningún sentido; ni como ateos, ni como católicos, ni como agnósticos, musulmanes, ni en cualquier otra opción religiosa o dogmática. Una decisión tan trascendental no debe ser guiada, toda vez que entraña una decisión íntima y personal, en la que únicamente cabe mostrar las diferentes opciones, y no su imposición.
La aparición de esta insólita campaña habrá removido los sentimientos de muchos, pero no los míos. Creo que el aparato de la Iglesia debería hacer frente a sus atavismos y tratar con naturalidad esta circunstancia como lo que realmente es, una queja y una alarma. Los apóstatas son guiados por el rencor hacia una Iglesia que consideran que les ha defraudado, o que de la que creen erróneamente que coarta sus libertades.
Las leyes suntuarias de las que hacen gala los miembros del aparato, ministros de la Iglesia, hacen que resulte bochornosa la visión de ropajes, joyas, medios, así como su participación en inversiones financieras y demás metodos espurios que algunos llevan a cabo, relegando las obras pías a un segundo plano y posiblemente muchos hayan perdido la Fe y sigan adelante en sus encomiendas por inercia, violando preceptos que les son debidos. Como diría Michel de Montaigne: “Es frecuente ver como las buenas intenciones, si están dirigidas sin moderación, empujan a los hombres a actos muy viciosos”. Creo en la pobreza de la iglesia, en la ayuda a los necesitados con todo su patrimonio y en la austeridad y la parquedad de medios de ésta. Creo en los religiosos como verdaderos héroes de la humildad, que inmunes a la humillación, a la incomodidad y a la dureza de su labor, la llevan a cabo con alegría, sin esperar gloria ni reconocimiento y, aunque intrínseco al catolicismo, no entiendo su jerarquización cuasi militar. El peor enemigo de la Iglesia está dentro de ella y en sus valores arcaicos. Sin embargo, según mi criterio, tampoco es lícito dar rienda suelta a la libre aplicación de lo que debe ser los preceptos eclesiales. El aparato de Iglesia Católica, cuna de todos los cultos cristianos, tiene como misión primordial hacer perdurar en el tiempo las enseñanzas que dimanan de las Sagradas Escrituras.
No obstante lo anterior, es de justicia decir que, ha sido en la civilización cristiana, en la que se ha originado la puesta en entredicho de la existencia de Dios, algo inimaginable en el Islam, por ejemplo. No es casualidad que en los países en los que el cristianismo ha sido religión mayoritaria, se hayan producido los mayores progresos ideológicos, técnicos o científicos; y que en estos mismos países se hayan producido la creación de valores solidarios e ideologías revolucionarias, que son de aplicación actual, como son los logros en materia de derechos humanos y de defensa social. Todo ello asentado en las bases del cristianismo y su interpretación, aunque se crea lo contrario.
Los científicos dicen hoy que los valores cristianos de amor y empatía son características inherentes al ser humano para que se dé, de forma más óptima, la supervivencia de la especie. Pero esos científicos tampoco explican que la causa última de los descubrimientos científicos se desconoce. Únicamente se prueba el mecanismo por el que se dan las características de lo investigado, no su causa última. En nada chocan los avances tecnológicos con profesar el catolicismo, si no únicamente en lo relativo a la defensa de la vida, y en la salvaguarda de los inocentes. También teólogos como Miret Magdalena, sostienen que Jesucristo únicamente fue una persona que en su tiempo expuso una serie de cosas muy sensatas. Creer que las cosas sensatas de la actualidad se pueden aplicar al tiempo que le toco vivir a Cristo, es una afirmación más que temeraria. Otros ponen sus esperanzas en religiones místicas y lejanas, de apariencia más atractiva, despreciando el legado de lo más cercano. Quizá piensen que, de esta manera, se encuentran, de alguna forma, más elevados que el resto, puesto que el cristianismo invita a la simplicidad, tanto interna como externa, como forma de vida.
Por esta razón, llegar a Dios por medio de la razón es, según mi criterio, algo que escapa de nuestra lógica. La Fe es un don divino, una intuición de la que no esperamos milagros. La razón de tantos sufrimientos y miserias disminuirían si todos nos comportáramos según la Ley de Dios; quizás las utopías se tornarían realidad.
Y, sin embargo, si, de alguna manera, se llegara a demostrar la inexistencia de Dios, yo seguiría creyendo en Él, en los valores que emanan de la religión a la que me acerqué por propia voluntad y del significado que se desprende de su mensaje; no me importaría. No soy cristiano en pos de ganar la vida eterna, lo soy por convicción de que las buenas obras deben ser realizadas sin esperar nada a cambio, y que esto además de agradarme, complace a Dios, símbolo de la verdad.
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