Javier Zamora Bonilla | Miércoles 14 de enero de 2009
La falta de trabajo, el desempleo, el paro, que es como lo llama el común de la gente, ha sido una preocupación constante de los españoles desde tiempos remotos. En la mitad sur peninsular, la estructura de la propiedad de la tierra hizo que durante siglos, cuando la agricultura era la principal fuente de riqueza (y en España lo fue hasta bien entrado el siglo XX), la mayoría de la población dependiese de los terratenientes para poder trabajar y ganarse los jornales con los que, en muchos casos, sólo malvivir. En el norte de España, el paso de una sociedad agraria a una sociedad industrial y terciaria transformó la relación habitual del mundo del trabajo en aquella zona, donde la pequeña propiedad permitió durante siglos que mucha gente pudiera depender de sí misma para vivir.
Es verdad que en España el mayor porcentaje de población activa está compuesto de autónomos y empleados de pequeñas empresas, pero muchos de éstos y muchos autónomos están sufriendo las consecuencias de la crisis y están engrosando rápidamente las listas del paro. En nuestro país, quizá más que en otros países, se ha trabajado para ganarse la vida, para sobrevivir, porque ha habido tradicionalmente pocos trabajos vocacionales en comparación con la inmensa mayoría de gente que trabaja en lo que salga. Todos sabemos de licenciados, sobre todo en carreras humanísticas, que están trabajando en puestos que poco tienen que ver con su formación y vocación: secretariado, comercio, etc.
Estos días cuando los periodistas se acercan a las largas colas de las oficinas de empleo y preguntan a los parados, la respuesta más habitual es: “a ver si sale algo”, porque la gente necesita trabajar para vivir, necesita ganarse la vida en lo que sea. Esa mentalidad está muy enraizada en la sociedad española, por nuestra propia estructura ocupacional y nuestra tradición histórica. Así, el trabajo se ha visto siempre (salvo en contados periodos) como un bien escaso, el bien que más preocupa a los ciudadanos. A Suárez le fue muy mal en este aspecto y Felipe González no pudo cumplir sus promesas, como parece que no las podrá cumplir Zapatero, que había anunciado en la campaña electoral que iríamos hacia el pleno empleo. Supongo que el presidente, cuya talante humano y cercano ha mostrado en numerosas ocasiones, es consciente del problema, pero el problema no es el paro. El paro es “un” problema. El problema es la creación de riqueza. España ha sido el país europeo que más rápido ha crecido en términos económicos estos últimos años y también el que más empleo creaba, pero la crisis ha mostrado la endeblez de nuestro sistema económico. Insistimos en lo que dijimos fechas atrás, pero ahora con el respaldo de esa cifra simbólica de más de 3.000.000 millones de parados: hay que generar empleo pero cambiando el modelo productivo para crear unas bases más sólidas que permitan a la sociedad española estar en la vanguardia de una sociedad del conocimiento. Cuando en el último plan de medidas contra la crisis sólo algo menos de 500 millones de un total de 11.000 mil van a políticas de innovación y desarrollo y el resto se lo llevan en gran medida “obritas” (todo lo importante que se quieran) en los municipios, esta claro que el Gobierno no está enfocando bien la solución del problema.
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