Jueves 15 de enero de 2009
Es el título de un libro popular en el mundo académico británico de los años setenta del siglo pasado. En realidad, la política no ha cambiado un ápice desde que Aristóteles le puso nombre, probablemente porque la naturaleza humana tampoco lo ha hecho. Pero también puede decirse lo contrario, que la experiencia humana es cambiante y crecientemente compleja y que de la mano de la Historia -que no conoce ciclos idénticos ni remansos en el cambio- la política ha ido renovándose, reinventándose con el correr de los siglos, hasta llegar a formas y relaciones que antes serían inimaginables. Y las dos cosas, en cierto sentido, serían verdaderas pese a ser contradictorias.
Uno de los cambios más notables de la política es el que se ha operado en el siglo XX. Si el lector siente la suficiente curiosidad, puede acercarse a los discursos que daban nuestros políticos en el Parlamento, aquellos que se pronunciaban sin papel en la mano y que una vez transcritos tienen más calidad literaria que cualquier artículo escrito por los gestores de hogaño. Y si se los compara con los discursos de la actualidad, que parecen la secreción de un burócrata con pretensiones, leídos sin alma y sin convencimiento, el contraste es demoledor. Pero los discursos que valen son los de hoy, porque no llaman a la inteligencia y el patriotismo del parlamentario, cuyo voto se decide en despachos ajenos a la Cámara, sino para colar una frase más o menos ingeniosa en el telediario o en los titulares de los periódicos. La política de comienzos del XX se hacía aún en el Parlamento. La del XXI, en la televisión.
José Luis Rodríguez Zapatero lo sabe muy bien. Él no busca la lógica de sus discursos, sino la sugerencia de las frases, flashes, gestos e imágenes que escogerán los medios. Su política habla directamente a los ciudadanos e ignora a sus supuestos representantes. Por eso se produce, con toda naturalidad, lo que ha acontecido este miércoles en el Congreso. Varios grupos de la oposición querían que el presidente del gobierno compareciese con urgencia para dar cuenta de los pavorosos datos de paro de diciembre y el PSOE, con un par de socios, ha retrasado esa comparecencia hasta el 10 de febrero. Para entonces prácticamente se habrá cumplido un mes desde que el Presidente-actor presentara su “Plan E”, como lo ha llamado, en Internet y que contiene esencialmente la respuesta que dará en el Parlamento. Primero, los medios de comunicación. El Parlamento puede esperar.
Esa sustitución del discurso por el reclamo, el slogan, el titular preconcebido por el político y sumisa y vergonzantemente acatado por los medios de comunicación es paralelo a la degradación del discurso público. Es vano lamentarse. La democracia, en cierto sentido, es ahora más auténtica en el sentido de que la comunicación de los políticos con los ciudadanos es directa y no necesita el concurso de sus representantes. Pero esa vulgarización no se ha realizado sin coste: la víctima es el razonamiento.
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