Jueves 15 de enero de 2009
El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York puso sobre el tablero la enorme potencia destructiva de Al Qaeda. Islamistas de todo el mundo vieron en la organización de Bin Laden a una fuerza capaz de desestabilizar Occidente, bajo la bandera del Islam. La imagen del millonario saudí podía verse en carteles de Gaza y en diversas manifestaciones de jóvenes musulmanes. Pero parece que hoy su estela no es la que era. Aunque de vez en cuando suelen aparecer soflamas atribuidas a Osama colgadas en páginas yihadistas, se desconocen tanto su paradero como su estado de salud real. Además, las acciones de Al Qaeda se han caracterizado siempre por un salvajismo indiscriminado. Buena prueba de ello es Irak, donde los atentados atribuidos a la organización terrorista han hecho que más de uno se plantee apoyar a semejantes asesinos en serie. Da la impresión de que su fin último es la destrucción por la destrucción, sin ideologías ni motivaciones racionales.
Al menos en Oriente Medio, el testigo de su liderazgo pude haber sido recogido por dos organizaciones terroristas, islamistas también, pero con postulados de actuación diferentes. Hamas en la franja de Gaza y Hizbolá en Líbano han demostrado su fuerza por medio de las armas y, lo que es más importante, ganándose un indudable respaldo social. En ambos casos existe un punto de origen común: la debilidad del estado, incapaz de hacer frente a determinadas carencias, es suplida por grupos que saben llenar ese vacío. Líbano, envuelto en una cruenta y larguísima guerra civil, quedó devastado. En el sur, fundamentalmente, Hizbolá no sólo se conformó con hostigar al enemigo israelí, sino que construyó escuelas y hospitales, y organizó una amplia red de protección social, con subsidios y ayudas a los más necesitados. El caso de Hamas es algo diferente, ya que su poder nace del descontento generado por la enorme herencia de corrupción dejada por la administración de Arafat. Al mismo tiempo, la inseguridad en Gaza adquiría tintes preocupantes. Y, aun cuando ambas organizaciones son terroristas, lo que las hace realmente peligrosas no es sólo su ánimo inequívoco de matar, sino su respaldo, obtenido de forma inteligente. Por fortuna, cada vez más voces dentro de la comunidad musulmana internacional tratan de marcar las distancias entre lo que es política y terrorismo. Falta hace.
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