Opinión

Reelección indefinida

Enrique Arnaldo | Viernes 16 de enero de 2009
Rodríguez Zapatero está a punto de celebrar su quinto año triunfal. Desde su triunfo el 14-M del 2004 sus comparecencias electorales se han visto coronadas por el éxito. Su partido político está entusiasmado. A algunos (de su partido, claro) no les convence del todo, pero como gana elecciones se convierte en el mejor. Ya se sabe que los partidos sólo quieren tocar poder y repartir bien entre sus allegados, dejando hambrientos a los adversarios carcomidos por la envidia.

Ahora le tocan a Rodríguez Zapatero (porque él sí se presenta, a diferencia de Rajoy que no lo hace) otras dos elecciones agrupadas el 1 de marzo. Los hados le favorecen y puede hacer hasta doblete, lo que le situará en una envidiable posición ante las elecciones al Parlamento Europeo del domingo7 de junio. Y si entonces vuelve a sonarle la flauta se creerá imbatible, el Sansón de la política española, capaz de mojar la oreja al PP por más que diluvie en forma de recesión, truene en forma de ineficacia administrativa o granice en forma de paro, deflación, déficit galopante... El tándem Rodríguez Zapatero-Pepiño será estudiado en los libros de Historia y de Sociología Política. Los magos de las elecciones serán encumbrados por haber logrado anestesiar a una sociedad que se autoinmola con sus dos grandes líderes por más que indicadores, abcisas y coordenadas, datos o informes aseguren que caemos en picado (eso sí mirando al tendido como los toreros buenos).

Es muy factible que consigan eternizarse democráticamente en el poder toda vez que el partido mayoritario de la oposición se ha acostumbrado a perder por poco. Instalado, pues, en el machito del dominio avasallador sobre una sociedad adormilada, inconsciente e inconsecuente, pueden alcanzar el nirvana de la reelección indefinida. ¿De verdad que les parece política-ficción?.

Podría ser sólo una pesadilla, como la que les ha caído a los venezolanos con su Caudillo Hugo Chávez quien acaba de proponer la reelección ilimitada para el Presidente y para todos los cargos de elección popular. El gran valuarte del populismo latinoamericano considera que ampliar el derecho del pueblo a elegir cuantas veces quiera a sus representantes supone “un punto de ruptura con la vieja democracia”. Yo, honradamente, prefiero, por muy anciana que esté la democracia de siempre, con sus frenos y contrapesos, con sus checks & balances, pues es imprescindible –más aún en un régimen presidencial- establecer límites al ejercicio del poder. El principio de temporalidad del poder no comporta sólo que cada cierto tiempo se celebren elecciones para que el pueblo soberano tome la decisión sobre los gobernantes sino que también comporta que el poder sea reversible o reproductivo. La ausencia de alternancia o la continuidad indefinida en sus cargos de los mismos titulares, aun en el hipotético caso de que sea el resultado de un pronunciamiento libre del pueblo, sin fraude ni coacción, es un factor negativo y distorsionante de la democracia por cuanto se la encamina hacia el abismo del personalismo autocrítico. La postulación elección tras elección, por más que se vista con apariencia de limpieza y transparencia, convierte la democracia en pura farsa.

Recuerdo ahora la Constitución de Yugoslavia de 1963. Establecía que el Presidente de la República solamente podría ser reelegido para un segundo mandato de cuatro años. Pero se coló en el texto una disposición transitoria por la que dicha limitación no sería aplicable al Camarada Josef Broz Tito.

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