Opinión

Discreto y pacífico apoyo a Israel

Lunes 19 de enero de 2009
Ayer domingo se llevaron a cabo diversas concentraciones en toda Europa, entre ellas Madrid, con motivo de la que se ha venido en llamar “guerra de Gaza”. Respecto a otras tantas, celebradas con idéntico trasfondo, esta vez hubo una serie de diferencias significativas. Para empezar, sus lemas y consignas: “Palestina sí, Hamas no”, “Queremos la paz” y muchas más pancartas en las que era difícil encontrar algún insulto o invectiva. No hubo incidentes –salvo el provocado por un islamista radical al grito macabro de ¡muerte a Israel!- ni discursos altisonantes. Tampoco declaraciones posteriores fuera de tono. Quizá porque, en esta ocasión, lo que se apoyaba era el derecho que asiste a un estado democrático para defenderse de las agresiones terroristas, y su deber para con sus ciudadanos. Ayer, las muestras de solidaridad fueron no sólo con Israel, sino, como dijo el embajador de este país en España, “con todas las víctimas que ha provocado Hamas, tanto israelíes como palestinas”.


Nadie entre los participantes se alegraba de las víctimas civiles, fuera cual fuera su nacionalidad. Antes al contrario, el sentimiento unánime era de pesar -de hecho, en Madrid se guardó un minuto de silencio por todas ellas-. Dicho sentimiento no se percibió en anteriores convocatorias a favor de Palestina, donde los gritos de “asesinos” y consignas infamantes eran la nota común. No se vio tampoco a ninguno de los integrantes del “No a la guerra”, ni al resto de “asistentes habituales” a concentraciones de signo contrario. Y es que apoyar a Palestina está bien visto, pero a Israel, no tanto. Quienes hacen lo primero, quizá deberían considerar que Palestina no es Hamas, sino un estado que vive subyugado por una organización terrorista cuyo fin es aniquilar no sólo a Israel, sino a todos los que no pasen por su tamiz fundamentalista. Igualmente, aquellos que se apresuran a ponerse la “keffiah” y clamar contra Israel, podían hacer lo mismo cuando Hamas mata a ciudadanos inocentes, lanzando cohetes contra objetivos civiles. O cuando sus milicianos se adosan el cuerpo de explosivos y las hacen estallar con el único fin de matar a cuantos más mejor. Por no hablar de los “otros palestinos”, los que no son de la cuerda de Hamas, y a los que la organización terrorista ha asesinado impunemente. La batalla que libra Israel no es contra Palestina, sino contra el terror fundamentalista. Nueva York, Madrid y Londres ya han sufrido en carne propia como se las gasta el islamismo radical. Por eso mismo, Israel no puede estar solo. Y ayer quedó demostrado que, pese a la ausencia de “destacados intelectuales, artistas y políticos”, no lo está. Porque en la causa de la democracia contra el terror, no debe haber fisuras.