Martes 20 de enero de 2009
La política norteamericana lleva inherente una enorme carga de lenguaje de gestos e imágenes. Allí, un senador o un congresista sin carisma lo tienen difícil si quieren hacer carrera. Desde luego, ese no ha sido el caso de Barack Obama, quien, con una brillante oratoria y un indudable dominio de su imagen pública, ha sabido dar a su electorado lo que el Presidente electo intuía que la opinión pedía. Cuando restan pocas horas para su toma de posesión, aún resuenan en Washington los ecos del concierto que, en su honor, ofrecieron U2, Bruce Springsteen o Stevie Gonder, entre otros. El broche lo puso Beyoncé, con una sentida interpretación del himno estadounidense. Entre los cientos de miles de asistentes, no podían faltar celebridades de la talla de Tom Hanks, Denzel Washington, Marisa Tomei, Forest Whitaker, Jamie Fox o el golfista Tiger Woods. Todo un acontecimiento mediático, en vísperas de la que sin duda será la toma de posesión de un presidente norteamericano que más expectación haya generado nunca.
Hasta su llegada a Washington desde Filadelfia tuvo su carga simbólica, ya que el viaje se hizo en un tren al que tuvieron acceso las cámaras de medio mundo. En este enorme show, previo al inicio formal de la etapa presidencial de Obama, si algo ha quedado patente es el enorme apoyo popular que ha sido capaz de aglutinar el futuro inquilino de la Casa Blanca. Pocos políticos en la historia han contado con semejante dosis de entusiasmo y crédito. Todo es festivo a su alrededor. Hasta dentro de unas pocas horas, pasadas las cuales habrá que poner fin a los fastos -que duran ya demasiado- y empezar a trabajar. Y eso significa tomar las primeras decisiones de estado, inevitablemente impopulares, a veces. Gobernar, en suma, que, en política democrática, consiste en una difícil combinación entre gestos populares y razones de estado.
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