Opinión

FASTOS IMPERIALES

Luis María ANSON | Martes 20 de enero de 2009
Ni los fastos de la coronación de la Reina Isabel II de Inglaterra, emperatriz de la India, ni siquiera los de Napoleón III en 1852 en el París del Imperio nuevo admiten comparación con los que, una vez cada cuatro años, se desbordan en Washington con motivo de la proclamación de presidente.

     No hay una casa real europea que se atreva hoy al despilfarro y al alarde de ese clamor estadounidense en la capital del Imperio, con el que se trata de epatar al mundo. El derroche se produce, además, cada cuatro años mientras que los reyes coronados suelen estar mucho tiempo en el trono.

     Las fiestas más suntuosas, los banquetes más pantagruélicos, las recepciones más deslumbrantes, las concentraciones más multitudinarias, se suceden durante dos semanas para rodear a Barack Obama del fasto imperial, tan al gusto del pueblo americano. La calidad, el buen estilo, la discreción no cuentan para una buena parte de los ciudadanos de Estados Unidos. Lo que importa es la cantidad, el derroche, el deslumbramiento del nuevo rico.

     A mí me parece un espectáculo bochornoso que Obama no ha sabido atajar. Más fiestas que nunca, más dinero que nunca, más alardes que nunca. Los fastos imperiales, en medio de la crisis económica que por culpa de Estados Unidos zarandea al mundo, constituyen un insulto al sentido de la medida. En lugar de hacerse perdonar tanta riqueza y tanta potencia militar, Estados Unidos alardea de su condición privilegiada provocando la repulsa general. La opinión pública mundial, que, en líneas generales, está a favor de Obama, asiste estupefacta a los fastos imperiales que el nuevo presidente no ha sabido moderar.

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