Sábado 24 de enero de 2009
Cada nueva publicación de los datos de paro es un aldabonazo para la sociedad española, y para el Gobierno, que llegó prometiendo a los españoles pleno empleo y que por el momento está rompiendo récords históricos de número de desempleados. El señor Zapatero y el resto del Ejecutivo, de hecho, se están quedando sin apenas argumentos. Insiste en que está preocupado pero quizá la vergüenza sería una reacción más ajustada al resultado cosechado en relación a las promesas formuladas hace tan sólo algunos meses. El mandatario español insiste en que está tomando medidas, pero eso ya lo venimos oyendo desde marzo del año pasado, sin que los resultados lleguen por ningún lado. Es más, la situación está llegando a un punto de cierta desesperación por parte del Gobierno. Por un lado, el ministro de Industria, Miguel Sebastián, hacía un llamamiento a los españoles a que comprasen productos de la tierra, descartando los que vienen de fuera, para mejorar el empleo en nuestro país: ¿una evocación a la autarquía que sufrió España en los primeros años del franquismo, como acaso un ejercicio de la memoria histórica que tanto predica el actual gobierno español?. Por otro lado, el presidente Zapatero pedía a los empresarios que hiciesen un esfuerzo por mantener el empleo. Son dos llamadas al puro voluntarismo que parecen el mejor reflejo de la actitud del propio Gobierno.
Pero los datos de la Encuesta de Población Activa conocidos este viernes no dejan margen para el voluntarismo. No es ya que suba el número de parados, ya que ese aumento, alarmante, está influido por que hay más gente que busca un puesto de trabajo. Es que se destruye empleo neto, y es significativo, y muy preocupante, que el número de trabajadores queda ya por debajo de los 20 millones de personas. Hay cerca de 830.000 familias en las que ninguno de sus integrantes está trabajando. Produce cierto estupor, y un creciente sentimiento de impaciencia, observar cómo el Gobierno está más preocupado en saber qué mensaje lanzar a los españoles para que los datos del paro no se le vuelvan en su contra que abordar el problema: como es costumbre con esta administración, la virtualidad de las encuestas importa más que la realidad. Lo peor de todo es que Zapatero y su Gobierno saben perfectamente cómo podrían hacerlo, ya que todos los analistas, de todas las tendencias, públicos y privados, nacionales e internacionales, coinciden en señalar que el mercado laboral español es muy rígido y que debería acercarlo más al mercado. Subir el salario mínimo no es, desde luego, de ninguna ayuda. Todo lo contrario. Pero dar los pasos correctos para facilitar el trabajo al creciente número de personas y empresas que lo necesitan le exigiría a Zapatero renunciar, al menos en parte, a su discurso socializante e intervencionista. Y a ello no parece dispuesto.