Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 26 de enero de 2009
De todos los múltiples y variopintos comentarios que se han hecho al discurso inaugural de Obama los más chuscos son los que han salido de la boca de Zapatero. Resulta que no sólo se siente la inspiración del nuevo presidente de los Estados Unidos -lo que es de prolongada carcajada tonta- sino que se atreve a calificarle de “socialdemócrata puro” y eso me lleva a preguntarme (y ya no es la primera vez que lo hago desde esta columna) ¿pero este hombre sabe bien lo que es la socialdemocracia? Ante trances similares siempre recuerdo lo que me contaba un importante miembro del PSOE de la época felipista que un día me confesaba que tenía problemas en el partido. Ante mi sorpresa, porque desde fuera parecía uno de los más importantes personajes del momento, le pregunté por la razón de esos problemas. Y su repuesta me dejó de piedra: “Es que dicen que soy socialdemócrata”. “¿Y eso es malo?”, le pregunté yo con una buena carga de fingida ingenuidad. “Por supuesto –me contestó- Todo lo que no sea ser socialista, en el más estricto sentido de la palabra está mal visto y lo peor de todo es que te etiqueten como socialdemócrata porque en el ambiente del PSOE suena a traidor que ha olvidado el viejo sueño del cambio de modelo social y económico y acepta el odiado sistema capitalista y se pone a su servicio”. Yo me acordé enseguida de cuando los comunistas llamaban “socialtraidores” a los socialdemócratas alemanes, que, por cierto, se denominaron así desde el momento de la fundación de su partido, el SPD, pero que eran socialistas sin más.
Lo cierto es que en aquellos años de la Transición, lo de socialdemócrata se puso de moda y surgían especímenes de ese género bajo las piedras. Un día escribí un artículo en el que me preguntaba qué se podía hacer con una palabreja que había perdido su sentido porque se acogían a ella gentes tan dispares como Emilio Romero y Miguel Bosé. Por el contrario, el liberalismo no estaba bien visto y en eso coincidían el franquismo y la oposición democrática. Presentarse bajo esa etiqueta era una apuesta segura por el fracaso. Sonaba a capitalismo, (¡horror!) y eso bastaba para descalificar a la palabra y a la idea. Poco a poco se fueron clarificando los conceptos y se empezó a saber qué significaban las distintas etiquetas. Algo más tarde, ya en los finales años ochenta, los socialistas españoles se olvidaron de sus prevenciones contra la socialdemocracia y se adornaron orgullosamente con la polémica palabreja. Razones no les faltaban. El fracaso del socialismo era patente en todas partes, especialmente después de la primera etapa de Mitterrand y si primer ministro Mauroy, el laborismo británico hacía agua y estaba a punto del naufragio total y el famoso modelo escandinavo entraba en fase de franca reconsideración. Eran los tiempos de la llamada revolución conservadora que encabezaron Thatcher y Reagan que no solo supuso un golpe de timón sino que produjo una prosperidad insospechada hasta ese momento. Tony Blair no vaciló en sentirse heredero de la inflexible “Dama de Hierro” y su New Labour tenía que ver muy poco con lo que hasta entonces se había llamado socialdemocracia.
Entró entonces este concepto en horas bajas, contabilizadas, por supuesto, en años. Hasta ahora en que gentes como Zapatero quieren hacer de la crisis económica el clavo ardiendo al que agarrarse para tratar de reivindicar al socialismo que no se atreve a decir su nombre. Pero Zapatero no ha escuchado bien a Obama o no se lo han explicado bien. Nada en su discurso huele a la rancia socialdemocracia europea, entre otras cosas porque se trata de una idea ajena por completo a la manera de hacer política de los norteamericanos. Sabemos muy bien que el modelo económico basado en el mercado a veces falla, sobre todo porque hay mucho pirata que trata de aprovecharse sin cumplir los mínimos legales y morales. Pero en Obama está muy clara la idea de que el sistema capitalista no tiene alternativa y que si ahora es necesaria una cierta intervención del Estado es evidente que debe ser limitada, transparente y con la única finalidad de ayudar al mercado, no de sustituirlo.
Resulta, además, un tanto curioso el que sea un personaje como Zapatero el que se atreva a reivindicar la socialdemocracia porque el socialismo que él practica está en los antípodas de la moderación y el pactismo que hicieron suyos los socialdemócratas clásicos. Desde el principio él se ha instalado en la radicalidad más intransigente, por mucho que quiera envolverla en gestos, talante… y toneladas de mentiras. Reivindicar como él ha hecho al PSOE de la época de la II República, sobre el que otros socialistas más sensatos que él habían procurado pasar con el mayor de los silencios es la prueba definitiva. Es de risa pensar que Zapatero pueda pensar que él es el modelo de Obama, pero es mucho más inimaginable pensar que Obama y Zapatero compartan ideología.
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