Opinión

¿Cambios en la Universidad?

Santiago Muñoz Machado | Jueves 29 de enero de 2009
Querido editor:

Me he vuelto a instalar en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense al terminar mi estancia en la de Harvard. Te escribiré ahora desde este territorio universitario más próximo y familiar.

Voy cada mañana a las 9,30 horas. Imparto clase a un grupo de cincuenta alumnos, más o menos. Este año parecen listos y aplicados. Después de las 10,30 paso por la Sala de Profesores. Firmo en unas hojas distribuidas en la mesa central, donde se recoge el testimonio de nuestra asistencia. Me encuentro con los colegas que tienen un horario coincidente. Analizamos lo que ocurre en el mundo, en España, en Madrid, en la Universidad; los disparates que se suceden en la formación y aplicación del Derecho… Excepcionalmente nos paramos a tomar café. Echo una ojeada en la librería para comprar las novedades de interés. Atiendo, las raras veces que me lo piden, a alumnos y doctorandos, y, cumplida mi dedicación a tiempo parcial, me voy a mi despacho profesional.

Los meses iniciales de este curso 2008/2009, he notado mucho el contraste entre el funcionamiento de Harvard y los viejos usos de nuestra Universidad.

Le dije al Decano (al anterior; acabamos de elegir otro) que podíamos organizar algún tipo de actividades académicas que nos sacaran del aislamiento y nos acercaran más a la sociedad y al mercado. Traía diseñado, desde la Universidad americana, un master interesante en Derecho de la Economía. Me dijo que, en efecto, era actualísimo y muy importante para completar la formación de nuestros alumnos, pero me recomendó que desistiera de hacerlo. Razones: la tramitación hasta que lo aprueben es penosísima; no podemos cobrar matrículas caras porque somos una Universidad Pública; no podemos pagar bien a los Profesores, porque la regulación de las retribuciones lo impide; no podemos competir con las escuelas privadas en esta clase de enseñanzas…

Desistí. Iniciaré este Master el próximo curso amparado por una prestigiosa fundación privada.

Algunos profesores con un bagaje de experiencia insuperable se plantean marcharse, o se han ido ya. En algún supuesto por temor a no sé qué medida presupuestaria con la que resultan amenazados los derechos pasivos de los que tienen la jubilación en un horizonte inmediato. Otros (Alvaro Gil Robles, por ejemplo) porque les aburre explicar la expropiación forzosa y las licencias, después de haber sido durante muchos años, en España, y a escala europea, Defensor del Pueblo. Le han dejado ir sin que a nadie le preocupe aprovechar su experiencia.

No se distingue en la Facultad, porque tienen encargos docentes idénticos (cincuenta alumnos, programa general estándar y cuatro horas de clase a la semana), entre profesores con la máxima experiencia, en plena madurez, y los doctores recién aprobados, o los asociados reclutados en sus dignísimos oficios para que echen una mano y ayuden a aliviar la carga docente de los profesores profesionales.
Asistí, hace unos días, como miembro del Tribunal, a la defensa de una tesis doctoral. La aprobamos con las máximas notas, como es habitual, pero esta vez con plena justificación. El candidato tendría, calculo, 26 años. Pensé: acabamos de nombrar un nuevo Catedrático de la Complutense. Nunca jamás, según las normas que acaban de establecerse, tendrá que mostrar su capacidad y habilidades en público para alcanzar dicha cima de los honores profesorales. Podrá formar su curriculum en secreto. Y llenarlo de méritos variopintos. Entre otros, y quizá preferentemente, ocupar cargos burocráticos en el gobierno de la Universidad. Sumará puntos hasta completar un baremo. Autocertificará que reúne las condiciones y una Agencia casi secreta controlará la autocertificación. Después sólo tendrá que esperar la convocatoria de una cátedra, que le adjudicarán en su propia Facultad, porque lo preferente ahora es la “promoción interna”, según se ha dado en llamar la endogamia más cruda.

A todas las Facultades interesa retener a la gente de mérito formada en ellas. Es muy importante cuidar la cantera. Pero si se aplica la fórmula generalmente (y es imposible que no se haga: ¿cómo se discrimina entre aspirantes?), la Complutense, que ha sido siempre una Universidad donde acababan su carrera profesional buena parte de los mejores, será un conjunto de centros sin nervio ni interés, ni la más mínima competitividad.

Encuentro, al regreso a mi Facultad, un nuevo plan de estudios en proyecto, impulsado por el llamado programa de Bolonia. Indudablemente hace falta renovar y modernizar el plan de estudios, anclado todavía en 1953. Pero no se trata tanto de eso como de unificar el contenido y el tiempo de duración de las enseñanzas universitarias, a los efectos de asegurar la libre circulación de profesionales y su formación indiferente en las Universidades europeas. Este impulso tiene razonable justificación para las enseñanzas científicas y técnicas, pero ¿lo es también para la enseñanza del Derecho?. No es posible homologar las enseñanzas de Derecho porque el Derecho positivo es distinto esencialmente en cada uno de los países europeos. Además, los estudiantes deben formarse para servir en instituciones públicas (Administraciones, registros, notarías, magistratura, fiscalías…) que se rigen por diferentes reglas en cada uno de los países europeos ¿Libre circulación y establecimiento de notarios, jueces, fiscales, abogados…? ¿Sin límite de ordenamientos peculiares y lenguas?. Es un hermoso sueño…

En Alemania las Facultades de Derecho, por las razones expuestas, entre otras, han dicho que el programa de Bolonia no les concierne. He preguntado a un colega de Bolonia por lo que pasa con el programa de Bolonia en su Facultad. Me ha dicho que no le están haciendo el menor caso…

¿Nos hemos vuelto locos?

Te seguiré escribiendo, querido editor, desde la Complutense.

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