Opinión

Perera en México

José Suárez-Inclán | Jueves 29 de enero de 2009
“Este toreo me parece que va a gustar mucho en México”, comentaba pausado, con voz mesurada y acusado acento, una mano agarrada al brazo de una bella mujer y la otra a una petaquita de tequila —bonita también. Hacía frío en Las Ventas; un otoño auténtico, con rachas de viento que enloquecían la bandera, los capotes, las muletas sangrantes de los toreros y los pensamientos del público. Pero el mejicano, que combatía el frío entre amores y tequilas, no se dejaba amedrentar por la aspereza de la concurrencia madrileña. “Esto me gustó. Qué bueno, qué poderoso y qué valiente estuvo. Y templa hasta lo imposible”. Y la multitud, apenas unas palmas sueltas y obligadas. Cuando, tras dos serias cogidas —la segunda gravísima, que había de mantener al diestro convaleciente durante meses— Perera templaba al toro sin inmutarse, sin un gesto de dolor ni un guiño que reclamase conmiseración, y el público comenzaba a entregarse irremediablemente, el mejicano callaba y sonreía, apretando, imperceptible, el brazo de la mujer entre traguitos cortos de tequila. Pasó Miguel Ángel Perera a la enfermería y dejó los trofeos en manos de su cuadrilla. Se preparaba el sobresaliente para lidiar el último toro, y aquel hombre, se levantó sonriente, se despidió amable de la afición taciturna que le rodeaba, y se fue. “Buenas tardes, señores; yo ya vi lo que quería. Menudo torero, este Perera.” Obviamente no tenía necesidad ni interés alguno en regalarse con el sobresaliente. Ni mucho menos en juzgarlo. Por lo que concluyó: “Hace mucho frío”. Y la frase, dicha con la naturalidad de las reflexiones inteligentes, cayó sin pena ni gloria sobre el tendido de sombra. Miré a mi alrededor, observé los movimientos de acomodación de quienes nos disponíamos a medir el último apuro de la tarde, y recordé los versos del viejo maestro Antonio Machado, tan buen conocedor de la sangre que late bajo esta piel de toro: “Frente al reo, los jueces con sus viejos / ropones enlutados; / y una hilera de oscuros entrecejos / y de plebeyos rostros: los jurados”. Y por un momento comprendí el sentimiento descorazonado de don Antonio al contemplar la cicatera condición de nuestro ser en las gentes de sus amadas tierras de Castilla. En la oscuridad de anochecida que ya se adueñaba de la plaza, vi los tendidos llenos de un público castellano y benemérito, más propenso a la retranca y a la sanción que al regalo, la alegría y la tolerancia. Un público de los que piensan que disfrutar ha de costar caro y ha de ser, necesariamente, pecaminoso. Y de los que entre sus máximas predilectas —que considera, ingenua y toscamente, sabia— se halla la de “aquí no se regala nada”.

Hace unos días Miguel Ángel Perera confirmó su doctorado en la Monumental de Insurgentes y cortó un rabo. El rabo número 120 desde que se inauguró esta plaza y que paseara, con su paso lento, ceremonioso y torero, el gran Silverio por primera vez en el 46. Poco después lo haría Manolete y en el mismo año cortaría el primero como novillero el genio artístico de Pepe Luis Vázquez. No es cualquier cosa cortar un rabo en el mayor coso del mundo taurino, y salir a hombros durante kilómetros por las calles de la ciudad más desmesurada del planeta hasta llegar a las puertas del hotel. No pude estar allí. Hubiera dado oro por verlo. Dicen que cuando los toreros españoles conocen México, los enamora de tal forma que muchos de ellos ya no quieren regresar. Que le pregunten al inigualable Cagancho. Cuando le entrevistaron a Perera para ABC radio (publica Mundotoro) hablaba con emoción de un “toreo largo y lento” y de una afición extraordinaria: “Si no es por el público, uno no haría estos esfuerzos”. Sin duda se trata también de un público largo y lento, deseoso de disfrutar y capaz de esperar y de apreciar el arte luminoso del toreo. Cuando el diestro extremeño declaraba en entrevista a Mario Juárez (Burladero.com) “que La México ha podido ver el torero poderoso, el valiente y el templado”, rememoré las palabras entusiastas y el tono mesurado de aquel mejicano “largo y lento” en una fría y turbulenta tarde de otoño en Las Ventas de Madrid: “Este toreo me parece que va a gustar mucho en México”.

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