Opinión

Dos formas de no decir las cosas

Javier Cámara | Jueves 29 de enero de 2009
Existen dos formas de decir las cosas y conseguir que no se te entienda “ni papa”. No sé si será casualidad pero se trata de dos formas muy utilizadas por miembros de este Gobierno que nos rige.

Por una parte está la del presidente del Ejecutivo, que consiste en darle vueltas y más vueltas a la misma idea hasta que la argumentación presente una cosa y la contraria. Así siempre podrá decir después que él no dijo tal o cual cosa. Por otra parte, nos encontramos con la de la ministra de Fomento, a la que, directamente, no se le entiende nada de lo que dice. Lo peor es que a veces ni siquiera se intuye lo que quiere decir.

En el caso de Zapatero es evidente que ahora todos somos tontos y no entendimos que él no prometió crear puestos de trabajo, que eso del pleno empleo –aunque se hicieran carteles electorales con ese eslogan– era sólo un objetivo. Del mismo modo, no acabo de comprender que el presidente reconozca que España pierda más empleo que otros países y seguir insistiendo en que la culpa es de EEUU. Perdón, es algo que se me escapa…

Realmente me resulta difícil de asumir que todos los españoles no nos hayamos dado cuenta de que tanto él como su equipo de Gobierno no han negado nunca la crisis. Además, para colmo de ceguera y sordera, es increíble que medio mundo –no sólo en España– haya pensado que Zapatero no se levantó al paso de la bandera estadounidense durante un desfile en Madrid.

Los españoles somos duros de mollera. No entendemos o no queremos entender que una frase como “lo importante es que no se pierda el espíritu emprendedor” significa “lo siento, siga buscando trabajo”.

Zapatero intentó explicar que el Gobierno respalda financieramente a la Banca para que esto repercuta positivamente en los ciudadanos, pero, a pesar de que esto no está sucediendo, la contestación es la misma que para cualquier otra cuestión. La cosa sería algo así como: “Presidente, tengo una pregunta para usted”. Él contestaría, “y yo una respuesta para todas”.

Por otra parte está el triste caso de la ministra Álvarez. No voy a criticar un acento determinado –no seré yo el que se meta con los andaluces, teniendo como tengo familia en Jaén, Málaga, Córdoba, Sevilla y Huelva–, se trata de pronunciar con claridad y saber lo que se quiere decir. Cuando a una responsable de Fomento no se le entiende en ningún caso la palabra “Infraestructuras” es difícil llegar a un entendimiento.

Lo peor es ver a una ministra que se ríe de los ciudadanos y, además, pretende hacer un trabalenguas: "Si la borrasca cambió de una forma impredecible, no la pueden predecir. Pero si no la predicen los que la tienen que predecir, ¿cómo piensan ustedes que la vamos a predecir aquellos que estamos esperando la predicción?".

Esto es una tomadura de pelo, ya sea en andaluz, castellano, catalán, mallorquín, valenciano, gallego, bable o castúo. Asume su papel de mártir y parece que le encanta ser la “pobrecita” que todo el mundo se mete con ella. Desde luego, sabe para qué está donde está, que no es otra cosa que aguantar el chaparrón y distraer la atención sobre cuestiones delicadas. Siempre será mejor liarla y llamar “primitivo” al de enfrente que aceptar su nefasta gestión.

Lo que sí parece que tiene claro es que de dimisión nada. La ministra a lo suyo y, como dijo, “que cada palo aguante su vela” porque ella no es “el candelabro de todas las velas”. ¡Pero qué tendrán que ver los barcos con los candelabros!

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