Domingo 01 de febrero de 2009
Michael Steele era elegido ayer sábado por el Comité Nacional Republicano -RNC-como el primer presidente de color de esta formación política. El nombramiento es especialmente significativo, no sólo por el hecho racial en sí, sino también por la situación interna que vive el Partido Republicano. La herencia de Bush será difícil de digerir y más aún con la presencia de otra persona de color, Barak Obama, al frente de la presidencia de la nación. Ello recordará a los republicanos no solo que han perdido la Casa Blanca, sino que además han de hacer frente a una profunda renovación en las estructuras del partido.
Y es que, como el propio Bush ya advirtiera a los suyos en 2007, o los republicanos se replantean sus posiciones y empiezan a hacer política de inclusión, o corren el riesgo de convertirse en un partido de minorías anquilosadas. Baste un dato par ver la realidad actual: en las pasadas elecciones, el candidato presidencial republicano, John McCain, obtuvo el 31 por ciento del voto hispano, en comparación con el 67 por ciento que logró Barak Obama. La proporción era todavía mayor en el caso de los votantes afroamericanos, que se decantaron masivamente por Obama. Como dato anecdótico, hasta el general Colin Powell, primer general negro en ocupar el cargo de Jefe del Estado Mayor Conjunto en la administración Bush, se decantó por Obama públicamente. Puede que todos estos condicionantes hayan pesado a la hora de designar a Michael Steele, pero lo deseable sería que su elección hubiese girado únicamente a criterios de capacidad personal. Sí, cuestiones raciales, sociológicas o de otra índole pueden tener una influencia más o menos relativa, pero a la hora de la verdad, lo que realmente cuenta son las aptitudes de cada uno, con independencia de la raza, sexo o religión. Ojalá éste sea el caso de Steele.