Opinión

El mito del Arte Contemporáneo

Carlos Madrid Casado | Domingo 01 de febrero de 2009
Hacía rato que habíamos abandonado la sala pintada de blanco. Una hilera de espejos reflejaba, cada tres o cuatro segundos, las descargas luminosas procedentes de unos neones estratégicamente situados en el techo. Más allá, junto a una estantería y una lámpara estilo Ikea, un guía alternativo y posmoderno nos hacía señas para continuar la visita. Y, de repente, tras apartar unos cortinajes negros y cruzar un estrecho túnel, la oscuridad. Nos acabábamos de sumergir en la más completa negrura, sólo perturbada por rachas de gélido y cortante viento. “¡Dios mío! Esto es un efecto parecido a la calle”, dijo extasiado un turista que se encontraba a mi derecha. “No”, le corrigió otro visitante, “estamos ya en la calle”.

Esto que termino de relatarles no es sino mi última visita al MUSAC, al Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León. Más precisamente a la exposición “Love for eternity” de Terence Koh. Llevo tiempo con la sospecha de que el arte contemporáneo se encuentra a medio camino entre el mito y el timo, y la vivencia que les he contado ha reforzado mi opinión. Sé que la gran mayoría de “críticos artísticos” no compartirán mi pequeña teoría del arte. Es posible que aduzcan que quienes no hemos estudiado arte en detalle no estamos en condiciones de criticar una obra; pero, desde que el arte es cultura de masas y para masas (si el MUSAC no atrajera visitantes a León, no se habría fundado), cualquiera con unas mínimas nociones de arte tiene todo el derecho de argumentar lo que tenga a bien. Aparte de que estudiar bellas artes no garantiza, ni mucho menos, la formación de un criterio certero. Es muy probable que dos críticos que hayan estudiado exactamente lo mismo no se pongan de acuerdo en un porcentaje significativo de sus juicios estéticos, pero ¿a que no se imaginan algo análogo entre dos científicos?

A mi entender, hay que empezar distinguiendo dos cuestiones que suelen ser peligrosamente confundidas. Un tema es discutir si una obra es o no es arte; y otro tema, bien distinto, decidir si una obra es o no es bella. La primera pregunta es de naturaleza objetiva, mientras que la segunda es –a mi juicio– subjetiva. Por ejemplo: todos sabemos que la música clásica es arte, aunque a unos les guste y a otros les disguste. En otras palabras, creo que es posible alcanzar cierto convenio a la hora de discernir si una obra es o no artística, aunque nunca a la hora de calificarla de bella o fea, por cuanto –como decía Espinosa– la belleza no está en el objeto sino en el ojo del sujeto que mira.

De todas formas, tampoco se trata de dar con un criterio eterno, fijo e inmutable de arte (labor a todas luces imposible), sino con un puñado de condiciones necesarias y, en el mejor de los casos, suficientes. Aquí van unas cuantas de mi cosecha: que la obra tenga autor humano, aunque no vaya firmada; que esté dada a una escala técnica precisa; que posea alguna finalidad interna a la propia categoría arquitectónica, escultórica, pictórica... Y atención, porque estas condiciones, de aspecto trivial, ya eliminan de raíz dos posibilidades habitualmente formuladas en cualquier charla de café. Por una parte, la posibilidad de que un chimpancé produzca arte, aunque los trazos al tuntún que haga con un pincel y una paleta de colores recuerden a ciertos cuadros de arte moderno. Por otra, la posibilidad de que la naturaleza pueda ser considerada como una obra de arte, pese a que algunos quieran ver a Dios como Sumo Arquitecto tras de ella. Además, según esto, gran parte del mal llamado “arte contemporáneo” no sería arte, o sólo sería “arte basura”, “arte degenerado”, por su deshumanización, por no estar dado a una escala corporal o manual precisa (aquí entraría la intrincación, que viene de lejos, entre el ars latino y la tekhné griega). Una serie de salas decoradas estrambóticamente no constituyen una obra de arte, por cuanto desbordan la propia escala humana, borrando los límites entre la supuesta obra artística y su entorno (el turista de la anécdota no se percató de que la exposición había concluido: en lugar de a la calle, podría haber salido al pasillo de la casa del artista y hubiera seguido creyéndose en el MUSAC).

Desde luego, como afirma el filósofo Gustavo Bueno en El mito de la cultura, los museos han sustituido en gran medida a los templos. La Cultura ha asumido las funciones de la Gracia. Múltiples obras, muchas veces incomprensibles, que se custodian y exhiben en algunos museos, son los fetiches del mundo contemporáneo. Pero, ojo, con todo esto no quiero sugerir que se deje de ir a los museos de arte moderno. Nada más lejos de mi intención. Quien esto escribe no dejará de ir a visitar el MUSAC, aunque no por mirar las “obras de arte” sino las caras de los que acuden embobados a admirarlas. No sé qué da más miedo.