Opinión

Sobrevolando el estrecho

Víctor Morales Lezcano | Martes 03 de febrero de 2009
Cuando los reyes de España visitaron las ciudades de Ceuta y Melilla en la primera semana de noviembre de 2007, se levantó un revuelo de “padre y muy señor mío” en los medios de prensa -y me imagino que también en radio-televisión marroquíes-. Algunos intervinimos en torno al carácter un tanto sorpresivo de aquella visita y no, en menor medida, sobre lo apropiado -o no- de la fecha que eligió el gobierno de España para llevar a cabo la visita real a esa parte española del norte de África. Yo mismo preparé unas cuartillas para el recién salido cotidiano Público bajo el título “Historia de dos ciudades y un litigio” (6 de noviembre de 2007).

No está en mi intención hacer rememoración de cómo Palacio y el gobierno en Rabat encajaron el envite. Sería baladí y, sobre todo, intempestivo.

No obstante, los tiempos difíciles que atraviesan ahora las economías profundamente capitalistas, invitan a desempolvar un dato de estadística macroeconómica que incumbe -¡y con qué elocuencia!- a Ceuta y Melilla.

Me refiero al diferencial de PIB que media entre España (548,85 dólares per capita) y Marruecos (100,00), según el repertorio titulado The World Economy. Historical Statistics, publicado bajo los auspicios de la OECD en 2003.

Este diferencial tan notorio se produce en dos sociedades limítrofes, colocadas por doña Geografía a menos de 15 km de distancia la una de la otra. El efecto llamada que España ha venido ejerciendo sobre el proletariado que nutre las filas de la emigración marroquí en dirección a la Unión Europea, es probable que esté sufriendo un recorte a raíz de la crisis económica que viene asolando a los países desarrollados desde hace un año y medio por lo menos. Recuérdese el verso: “el camino se estrecha... el choque es inevitable”: no se trata de ningún augurio fácil, sino -quizá- de una apelación al sentido de la realidad.

De lo que se trata, aquí y ahora, es de que no sea así, de que se impongan pautas de procedimiento negociadas por ambos vecinos -y en ocasiones, litigantes- y de que se den pasos que contribuyan a la bondad que debe de presidir el diálogo entre países ribereños.

Volvamos a lo de las antiguas “plazas de soberanía”. Ceuta y Melilla no son un par de entelequias hijas de elucubraciones contra-fácticas, sino dos realidades históricas que hacen de España un Estado europeo bicontinental.

Ceuta y Melilla se encuentran situadas en una estratégica posición desde la cual se están haciendo -y se seguirán lanzando- iniciativas de toda suerte que las harán atractivas y codiciables, no sólo para los ciudadanos marroquíes que han hecho un modus vivendi del trasiego inter-fronterizo, sino porque este trasiego constituye un factor residencial (mercantil y laboral, sobremanera) considerable para configurar una estructura productiva sólida en las dos ciudades de marras.

Como apunta José Martínez Bueno en un libro que merece consultado, el porvenir de la política europea de vecindad pasa también por ambas ciudades, por Melilla muy especialmente. A causa tanto de la voluntad de los responsables del desarrollo económico de Marruecos a lo largo de este último decenio, como de la comprensión y largueza crediticia de que viene haciendo gala Madrid últimamente. La sinergia resultante podría contribuir a que las antiguas “plazas de soberanía” sean sede en el futuro de iniciativas audaces de toda suerte.

Con frecuencia la improvisación y el aspaviento han sido las causas de una política española al sur de Tarifa poco pensada y deficitaria en planificación realista.

No pretendo apuntar a que este modus operandi garantice toda la seguridad del mundo, pero sí a que contribuirá significativamente a posponer la hora de la verdad. Y quien sabe, si, incluso ésta, puede no ser incontournable, abriendo a largo plazo unos horizontes insólitos a la cooperación hispano-marroquí.

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