Javier Zamora Bonilla | Martes 03 de febrero de 2009
Una de las principales fuentes de ingresos de los bancos -no se le escapa a nadie- son los créditos. Los bancos, además de sus inversiones, viven de prestar dinero, pero evidentemente se lo prestan a quien creen (de ahí “crédito”) que puede devolvérselo en los plazos previstos y con los intereses acordados. El flujo de dinero entre los bancos a nivel internacional, que es el que permite la liquidez del sistema, se ha contraído por la falta de credibilidad de unos bancos en otros sobre el verdadero estado de sus balances y, principalmente, por la desconfianza respecto a la cantidad de dinero que cada entidad financiera tenga invertida en fondos basura u otras porquerías financieras nacidas en estos años de bonanza, cuando las bolsas se convirtieron en el gran casino global, con sus vedettes y croupiers incluidos.
Los gobiernos han intentado frenar la crisis financiera inyectando, con diversas fórmulas, liquidez en los bancos, y es razonable que ahora les exijan que hagan el esfuerzo para que esa liquidez llegue a lo que se viene llamando “economía real” frente a esa economía de flujos monetarios del gran casino global que ha resultado ser una porqueriza enmascarada dentro de un dorado castillo de hadas, con sus Madoff o magos incluidos. Es razonable, pero también es razonable que los bancos miren por sus resultados y no estén dispuestos a prestar sino a aquéllos que creen que les van a devolver lo prestado. Pedir a los bancos que abran el crédito a riesgo de asumir un número de impagados que ponga en peligro sus beneficios es una insensatez. El Gobierno puede, a través del ICO o de otras instituciones y de las cajas de ahorro en coordinación con las Comunidades Autónomas, poner más dinero en el mercado para prestar a quien no presta la banca, pero es muy posible que esto genere una deuda enorme, la cual tendrá tarde o temprano (y tal y como vuela hoy la economía más bien temprano) el mismo efecto que las subprime. Si los bancos aceptan la exigencia del presidente del Gobierno o el Gobierno se convierte en el principal banquero de la economía, ¿quién correrá con los gastos de los impagados si éstos se producen, que se producirán?
Uno de los problemas de la economía quebrada ha sido precisamente la gran liquidez, la posibilidad de endeudamiento casi infinita que se ha dado a empresas y familias contra la garantía de unos bienes inmobiliarios absolutamente supravalorados. La receta para salir de la crisis no puede ser nuevamente el crédito infinito. Es comprensible que Zapatero vele por sus intereses políticos y quiera reconducir cuanto antes las alarmantes cifras macroeconómicas, y es seguro que también en sus medidas hay un alto grado de bonhomía y preocupación por la microeconomía que afecta a los ciudadanos concretos y muy especialmente a los parados, pero las soluciones que está dando a la crisis carecen de fundamentos sólidos, y a este paso quien pide a los bancos que den crédito va ser quien más descrédito acumule, aunque la oposición en esto, como en otras tantas cosas, dicho sea de paso, no se lo pone fácil al presidente, porque también lleva acumulado un enorme descrédito.
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