Mariana Urquijo Reguera | Miércoles 04 de febrero de 2009
Cambio energético, diplomacia en vez de armas, imaginación y esfuerzo para una nueva era.
Una de las cuestiones que se desprende de su discurso de investidura es que el sueño era el mensaje de promesa de la campaña, de las primarias y de las generales. Si lo elegían, él tenía un plan. Pero ahora, ya presidente, el sueño ya está comprado y tiene que empezar a materializarse. No se trata de un sueño individual de un iluminado, es el sueño de un hombre pragmático, que conoce las miserias de los suburbios de Chicago y de las aldeas keniatas e indonesas. Es el sueño de un hombre que conoce la complejidad del mundo actual y que ha propuesto a los americanos cambiar para modernizarse, imaginar para innovar más allá de las convenciones hacia la nueva era que estamos construyendo a base de sustos e incertidumbres.
Estar al lado de Obama, después de su discurso de investidura, es creer que el sistema que ha esgrimido la política de EEUU en los últimos decenios, puede cambiar. Cambiar primero por dentro para cambiar por fuera.
El discurso de Obama no es sólo una propuesta de ideales, es también un diagnóstico de la realidad. La política estadounidense anterior a él está obsoleta porque el mundo ha cambiado y ella no. Por eso, ante el cambio climático y la constante amenaza terrorista, de otras guerras y de las armas nucleares, su propuesta no es ‘cuanta más fuerza militar mejor’. Sino todo lo contrario.
El diagnóstico es claro: no podemos seguir por los mismos caminos con los mismos instrumentos. No podemos seguir priorizando el individualismo egoísta a toda costa, sino que hay que unir los esfuerzos de uno y cada uno. La fuerza de la unión no es el sumatorio de individualidades sino la potenciación de sus fuerzas mutuas. Si la potencia humana toma esta invitación no cabe duda de que en un plazo razonable de tiempo pueden sorprenderse a ellos mismos y al mundo.
Su capacidad de unir votos republicanos y conservadores a su candidatura no es una cuestión baladí. Ha logrado que lo que separaba al país en dos, sea una fuente de unión, una vuelta a las raíces para encontrarse con lo mejor de ellos mismos y con ello, una potenciación de su fuerza que con el 80% de apoyo popular le dará confianza para adoptar medidas que no gustarán.
Ha avisado. Desprevenido no está nadie y los cambios implican sacrificio. Sobretodo de los más beneficiados hasta ahora: “hay que rebajar las miras” aseguró, no se pude reestructurar la economía sin sacrificar ganancias. Y todo por haber dejado al mercado hacer, “sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse” porque el desarrollo histérico del capitalismo de los mercados ha puesto en evidencia que es capaz de desestabilizar el resto de los sectores de la vida pública.
Para un desarrollo económico con futuro, Obama, como el mesías que viene a combatir el escepticismo, el relativismo y la desconfianza que han poblado el tránsito de un siglo a otro, ha pedido la alianza de las fuerzas del cielo, el viento, la Tierra y el sol para desarrollar máquinas que despejen “el espectro del calentamiento del planeta” y que, aunque no lo diga, cambien el modelo energético de EEUU. Cambios por dentro que son cambias afuera. Un cambio en la política energética no es sino el primer paso para un cambio en la política exterior. Sólo pretendiendo cambiar la dependencia del petróleo, EEUU se puede plantear un cambio respecto a los países extractores (que no productores) de petróleo. Irán sobre todo.
Sólo a través de este cambio puede tender una mano a sus actuales “enemigos” que no esté sucia de sangre ni en el presente ni en el futuro. Sólo así puede hablar con verosimilitud de una nueva era de paz y esperar que el resto afloje el puño.
“Nueva era de paz”. Lo repite hasta tres veces en su discurso, a raíz de diferentes motivos. Paz entre tribus, entre religiones, con la ley y los derechos humanos por bandera, como hicieran los constructores de la primera unión de Estados a finales del siglo XVIII, dando ejemplo al resto del mundo y a la historia. Con ese legado, por encima de la destrucción sembrada en estos siglos, por encima de todo, la ley, los derechos humanos, y sus ideales revolucionarios, el respeto al otro y a su soberanía territorial, de recursos y de futuro, de la necesidad de que todos vivamos, más allá de las fronteras, con proyectos de futuro. Hacer futuro para uno mismo y para los otros con los otros. Nada más y nada menos.
Obama propone seguir siendo el Imperio, pero el Imperio de la paz, para un desarrollo global, sostenible, digno y en paz con los amigos y con los, ahora enemigos, futuros amigos a los que les tiende la mano para que aflojen sus puños. Un país que no ostente sus armas, como en la Guerra Fría, para mantener la paz, sino que crea como él, Barack Hussein Obama, y como ahora todos los estadounidenses, que creen en las palabras y en su magnífico poder recobrado.
Paz, prudencia, virtud, moderación, contención, justicia, dignidad, y sobretodo, igualdad y libertad. Estos ideales recobrados de lo mejor de las revoluciones de finales del siglo XVIII, de la Ilustración y de la sabiduría occidental antigua (pensemos en la prudencia aristotélica como la virtud de virtudes), son los que escenifican el renacer del Fénix, de la ilusión que todos pensábamos irrecobrable y que hoy es un proyecto plural, igualitario (véase sus usos en cuanto al género) y global, que pone por encima la dignidad humana y social sobre los bienes materiales. Unos ideales que crean realidad. La reorganización jerárquica de los ideales y valores de la América constitucional es la gota que colma el vaso de un discurso a la altura de los retos globales del siglo XXI que son responsabilidad de todos, políticos y ciudadanos por fin embarcados en un mismo proyecto.
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