José Varela Ortega | Lunes 11 de febrero de 2008
El genitivo del enunciado no es una errata que conduzca a un error en la semántica constitucional y en la práctica parlamentaria. Constituye uno de los éxitos más clamorosos de un gobierno mago de la representación, dueño de la escena y maestro en el diseño virtual. En este aspecto, la ventaja sobre sus rivales del PP es más que considerable. Ejemplos los hay a docenas. Me detendré en uno que, a mi entender, ha calado toda la legislatura y lo ha hecho -como todo marketing sagaz y eficazmente manejado- sin brusquedades, como si del orden natural de la cosa política se tratara. ¿O no es cierto acaso que nos han convencido que aquí hemos gozado del "maleficio" de dos gobiernos? El primero, el habitual en cualquier régimen representativo, ha sido el ejecutivo Zapatero, resultante de su mayoría, legal y legítima, en la Cámara. Pero lo pintoresco es que, de la brujería profesional de los nigromantes del mercadeo gubernamental, ha surgido el fantasma de un segundo gobierno, como realidad producto de una imagen poderosa. Aquí -y por si no fuera bastante con el calvario del ejecutivo- hemos padecido también el gobierno de la oposición. No se trata de un shadow cabinet a la inglesa. Entre nosotros no tenemos la realidad de una "sombra" platónica como reserva de recambio. Aquí la chistera de la ficción ha proyectado una imagen que, en la medida que se percibe con fuerza como realidad, como tal opera en la opinión. De modo tal -y este es el truco del genial vendedor- que la oposición, aunque de hecho no ejecute, gobierna porque aparece como responsable ante la opinión de una agenda que marca y realiza el ejecutivo. Así, el papel de control y contestación que corresponde a la oposición, se ha logrado teñir de una responsabilidad equivalente y comparable a la acción de gobierno. De esta suerte, a la natural responsabilidad del gobierno Zapatero en el temario elegido -y en la ejecutoria realizada-(negociación con ETA, reapertura del problema religioso, apertura de una subasta de Estatutos, en general, y el de Cataluña, en particular, apertura de frentes diplomáticos con los EE.UU., Marruecos y Argelia y aproximación a los regímenes anti-parlamentarios o dictatoriales americanos, cambio de política en relación a los fondos estructurales europeos, variación en la política de inmigración, giro secular de la política del agua), en todo ello, ha venido a corresponderle a la oposición una cuota de responsabilidad similar a la del ejecutivo -un hecho de naturaleza independiente a los frecuentes errores de juicio, pero no de hecho porque no pueden, de la oposición. La idea es fantástica: los comerciales del gobierno han fabricado una oposición accountable; a quien se pide cuentas, aunque carezca de la llave del presupuesto -que es de donde viene la etimología de responsabilidad parlamentaria- y de la imprenta del BOE. Como casi todo, esta idea de un parlamento travestido tiene su precedente, aunque con los colores políticos cambiados. Se le ocurrió a Cánovas, cuando gobernaba en 1880, al exigirle a la izquierda que demostrara su responsabilidad para ser merecedora del poder. Y le sentó cátedra de responsabilidad parlamentaria, de frente y por lo derecho, D. Manuel Alonso Martínez señalándole al "monstruo" que "la cuenta" de lo ejecutado, la responsabilidad, en suma, era deuda del gobierno que no de la oposición, cuya tarea consistía precisamente en pedir cuentas.
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