Enrique Arnaldo | Jueves 05 de febrero de 2009
Me reconoció el otro día un Consejero de Comunidad Autónoma recientemente retirado que cuando en televisión aparece un político dando una rueda de prensa, el ciudadano cambia inmediatamente de canal. La credibilidad de la clase política está por los suelos. Se está produciendo la desconexión, agravada y acentuada por días, en una escala semejante a la que ha presentado la curva de crecimiento del índice de desempleo de los últimos meses.
Los políticos siguen alimentándose de su propio discurso. Disfrutan con sus estériles polémicas. Se regocijan en la crítica al adversario, que siempre lo hace mucho peor. Viven en la autocontemplación, abstraídos en sus propias cuitas. Cocinan en el caldero de las palabras vacías, con el condimento a veces de pimienta negra, un discurso insípido, incoloro y carente de sabor. Aparentan proximidad a los problemas reales y cotidianos pero inmediatamente toman distancia. No les gustan, pues prefieren hablar de política, y, por tanto, de nada.
Que si la culpa es de Estados Unidos (y sobre todo de Bush hijo), que si la responsabilidad es del capitalismo salvaje y egocéntrico, que si hay que pedir cuentas a los bancos, que si otros (ignotos y sin nombre) han construido una burbuja, que si la oposición es antipatriota y desleal y no piensa en los españoles... Palabrería que se lleva el viento. Intento de desviar la atención. Creencia de que, situando el foco en otros, se salvan. Ya Franco habló de los comunistas y masones...
El último de los modelos de confusionismo político, para crear ambiente en las tertulias, es la provocación de las discusiones internas, entre compañeros del propio Gobierno. Cuando Zapatero saca el puro que le regaló Pepiño Blanco (tras su viaje a Cuba), se lanzan con proyectiles distintos Solbes, Sebastián o cualquier Presidente de Comunidad Autónoma afín.
El único objetivo es ganar tiempo, esperar a que escampe (por cierto, desde que Al Gore anunció el calentamiento global del planeta no deja de nevar, llover y bajar la temperatura). Zapatero anunció que las cifras de paro darían un respiro en marzo, si bien era plenamente consciente que se harían públicas después del domingo día 1, fecha de celebración de las elecciones gallegas y vascas. A continuación, tras el paréntesis de las Fallas y la Semana Santa, el busto parlante volverá a lanzar otra consigna del que Álvaro Pombo ha llamado con acierto “optimismo de la voluntad”, o voluntarismo de la nadería. Y así mes a mes –ante los ojos semicerrados de una oposición en búsqueda de su identidad- hasta ver qué pasa y se maquilla algún dato, índice, estadística o lo que sea.
Las cosas están mal, muy mal. Y lo saben, pero no parece que se les ocurra nada. Y pueden ir peor, mucho peor. Los ciudadanos y las empresas esperan desesperados. ¿Hasta cuándo? A lo mejor, hasta siempre y bajo el grito de “sálvese quien pueda”. Desde luego nadie cree que los políticos puedan transformar nada. Muchos ya comentan que agravan las cosas.
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